No a quitarlo. Eso ya lo había intentado. Arrancarlo con los dedos había sido inútil. Girarlo, empujarlo, tirar de él hasta que la piel del dedo se enrojeciera tampoco había funcionado. Incluso había probado introducir entre el oro y la piel la hoja finísima de uno de los abrecartas que encontró en su nueva habitación. Nada. La joya parecía formar parte de él.
Así que aquella mañana decidió cambiar de estrategia. Si no podía sacarlo, lo destruiría. Se sentó en el centro de la cama, todavía vestido con la camisa negra que había llevado la noche anterior, y levantó la mano izquierda frente a sus ojos. El diamante amarillo brilló. Dámetor frunció el ceño.
—No me mires así.
El diamante, naturalmente, no respondió.
—No tienes nada de bonito — Pausa.—Excepto quizá el color.
Otra pausa.
—Y el diseño.
Dámetor cerró los ojos.
—No.
No iba a empezar a elogiar la joya que lo marcaba como propiedad de un dios arrogante. Se levantó. Abrió el cajón más cercano y empezó a revisar su contenido. Peines. Cintas. Un pequeño cuchillo ceremonial. Varias monedas antiguas. Perfumes.
—¿Por qué hay perfumes en mi habitación?
Desde el otro lado de la pared llegó la voz de Apolo:
—Porque la habitación estaba preparada para huéspedes.
Dámetor se quedó inmóvil.vGiró lentamente hacia la puerta comunicante. Cerrada. Bien.
—¡DEJA DE ESCUCHAR!
—No estoy escuchando. Gritas.
—¡NO ESTABA GRITANDO!
—Eso ha sido un grito.
Dámetor tomó un frasco de perfume. Lo levantó con la mente. La puerta tembló. Silencio. Apolo habló otra vez:
—No rompas nada antes del desayuno.
—No prometo nada.
—Eso me preocupa.
—Excelente.
Dámetor sonrió. Encontró finalmente lo que buscaba. Una pequeña herramienta metálica. Probablemente utilizada para ajustar los cierres de alguna pieza de joyería. Perfecto. Se sentó frente a un espejo. Colocó la herramienta contra el anillo.
—Bien.
Presionó. Nada. Más fuerte. Nada. La herramienta se dobló. Dámetor quedó inmóvil. Miró el metal deformado. Después el anillo.
—Te odio.
El diamante brilló.
—Eso no fue coquetería.
Veinte minutos después había probado cinco métodos diferentes. Ninguno funcionó. Primero utilizó agua fría. Después caliente. Después aceite. Después jabón. Luego intentó expandir el metal mediante telequinesis. Aquello fue lo más frustrante. Podía sentir el anillo. Su peso. Su estructura. Los diminutos relieves grabados en el oro. Podía moverlo. O al menos debería haber podido. Pero cada vez que intentaba separar el metal, encontraba una resistencia que no pertenecía a la materia. Magia. Apolo. La joya estaba protegida. Dámetor apretó los dientes.
—Tramposo.
Un cepillo comenzó a levitar. Después un peine. Después tres frascos. La ira crecía. Más objetos se elevaron. Dámetor miró hacia ellos.
—No.
Los objetos quedaron suspendidos.
—No vamos a hacer esto cada vez que me enfado.
Un frasco giró lentamente.
—Bajen.
Ninguno bajó. Dámetor cerró los ojos.
—Perfecto.
La puerta exterior se abrió. Una joven entró llevando una bandeja con desayuno. Vio los objetos flotando. Se quedó completamente quieta. Dámetor abrió los ojos. Silencio. La joven miró primero los frascos. Después a Dámetor. Después otra vez los frascos.
—Buenos días.
Dámetor sonrió con absoluta dignidad.
—Buenos días.
La mujer dejó la bandeja.
—¿Desea que...?
Un peine pasó flotando entre ambos.
—No.
—Bien.
Otro frasco giró. La joven retrocedió.
—Entonces regresaré después.
—Excelente idea.
Salió. La puerta se cerró. Dámetor apoyó el rostro entre las manos.
—Esto va a convertirse en un problema.
Desde la pared llegó la voz de Apolo:
—Ya lo es.
Dámetor levantó la cabeza.
—¡APOLO!
Una silla se elevó. El dios apareció directamente dentro de la habitación. Dámetor gritó.
—¡¿QUÉ TE PASA?!
Apolo levantó una ceja. Vestía una túnica blanca con detalles dorados. Sus cabellos rubios estaban recogidos parcialmente y la luz de la mañana parecía seguirlo como si también ella obedeciera. Dámetor lo odió inmediatamente por verse así de bien.
—¿Qué?
—¡No puedes aparecer dentro de mi habitación!
—Es mi castillo.
La silla subió. Apolo la miró.
—Ya empezamos.
—Mi habitación.
—Dentro de mi castillo.
Otra silla se elevó.
—Mi habitación.
Apolo suspiró.
—Bien. Tu habitación.
Las sillas bajaron.
—Excelente.
El dios observó la mesa. Herramientas. Aceite. Agua. Jabón. Metales doblados.
—¿Qué estabas haciendo?
Dámetor levantó la mano izquierda.
—¿Qué crees?
Apolo miró el anillo.
—Intentando quitártelo.
—Destruirlo.
El dios frunció ligeramente el ceño.
—Eso no va a funcionar.
—Ya lo descubrí.
—Está protegido por mi magia.
—También lo descubrí.
Apolo se acercó. Dámetor retrocedió.
—No.
El dios se detuvo. Una pequeña reacción. Pero se detuvo.
—Solo quiero ver tu dedo.
—Está unido a mi mano. Lo veo bastante.
Apolo soltó una pequeña risa.
—Podrías haberte lastimado intentando romperlo.
—Qué tragedia.
—Dámetor.
—¿Qué?
—No quiero que te lastimes.
El joven levantó una ceja.
—Me secuestraste.
—Lo sé.
—Me hiciste inmortal sin preguntarme.
—Lo sé.
—Me colocaste una marca.
—Sí.
—Y ahora estás preocupado por un rasguño.
Apolo abrió la boca. La cerró. Dámetor sonrió sin humor.
—La lógica divina es fascinante.
El dios se sentó en un sillón. Dámetor lo miró.
—¿Qué haces?
—Esperando.
—¿Qué?
—Que termines de enfadarte.
El joven abrió mucho los ojos.
—¿PERDÓN?
El sillón se levantó. Apolo cerró los ojos.