La primera noche en el castillo de Apolo había sido puro desconcierto. La segunda, rabia. Para el tercer día ya conocía qué corredores desembocaban en las terrazas, cuáles escaleras conducían a la biblioteca y qué puertas estaban protegidas con barreras solares que ni siquiera su telequinesis conseguía desplazar. Aquello no significaba que hubiera aceptado nada. Significaba que estaba aprendiendo el terreno.
Y Dámetor siempre había sido bueno aprendiendo aquello que después necesitaba desafiar. Esa mañana estaba sentado en uno de los grandes balcones orientados hacia el bosque, con una copa de zumo frente a él y el anillo amarillo brillando en su dedo anular izquierdo. Lo miraba con profundo resentimiento.
—Sigues ahí.
El anillo no respondió.
—Una pena.
Un pequeño plato comenzó a flotar sobre la mesa. Dámetor lo observó.
—No estoy enfadado.
El plato ascendió.
—Estoy reflexionando.
Una cuchara se unió.
—Eso es distinto.
Después una taza. Dámetor cerró los ojos.
—Traidores.
—Buenos días.
La voz de Apolo llegó detrás. La taza salió disparada. El dios inclinó la cabeza. El objeto pasó junto a su rostro y quedó suspendido a varios metros..Apolo se detuvo.
—Definitivamente buenos días.
Dámetor ni siquiera se volvió.
—Podrías anunciarte.
—Estoy en mi castillo.
La mesa se levantó dos centímetros. Apolo cerró los ojos.
—Tu balcón.
La mesa descendió..Dámetor sonrió ligeramente.
—Aprendes.
—No te emociones.
Apolo caminó hasta la mesa y se sentó frente a él. Vestía de dorado y blanco. Sus cabellos rubios estaban sueltos esa mañana y la luz parecía encontrarlo aunque el cielo estuviera parcialmente cubierto. Dámetor lo miró. Solo un segundo. Dos. Demasiado. Apolo sonrió.
—¿Qué?
—Nada.
—Me estabas mirando.
—Estoy verificando si todavía eres insoportablemente brillante por la mañana.
—¿Resultado?
Dámetor tomó su bebida.
—Lamentablemente sí.
Apolo soltó una carcajada. La cuchara flotó un poco más alto. Dámetor la bajó inmediatamente. No quería analizar por qué el sonido de aquella risa hacía que su telequinesis se volviera menos agresiva.
—Hoy tenemos un trato —recordó Dámetor.
Apolo dejó una fruta sobre el plato.
—Veinticinco minutos.
—Treinta.
—Veinticinco.
—Pensé que habíamos acordado veinticinco anoche porque estabas cansado.
El dios levantó una ceja.
—No me canso de negociar.
—Deberías.
—Tampoco me canso de ganar.
El sillón de Apolo comenzó a elevarse. El dios miró hacia abajo.
—Eso ya es predecible.
—Y sigue funcionando.
—Veintiséis minutos.
El sillón subió.
—Veintisiete.
Más.
—Veintiocho.
Apolo quedó a medio metro del suelo.
—No voy a llegar a treinta.
Dámetor sonrió.
—Entonces disfruta la vista.
El dios lo miró. Dámetor permaneció completamente serio. Cinco segundos. Diez. Apolo suspiró.
—Treinta.
El sillón descendió.
—Excelente.
—Eres insoportable.
—Eso también es mío.
Apolo tomó su copa.
—No. Creo que eso lo inventé yo.
Dámetor levantó una naranja. Apolo levantó ambas manos.
—Bien. Tuyo.
La fruta descendió. El paseo comenzó poco antes del mediodía. Por primera vez, Dámetor pudo atravesar uno de los límites interiores sin sentir la barrera solar rechazándolo. No era libertad completa. Ni remotamente. Apolo caminaba a su lado. Las defensas exteriores continuaban cerradas. El anillo seguía permitiendo al dios sentir dónde estaba. Pero era algo.
El bosque era hermoso de una manera que Dámetor detestaba reconocer. Árboles enormes formaban arcos naturales sobre los senderos. Algunas hojas tenían tonos dorados incluso fuera del otoño. Flores que Dámetor no conocía crecían junto a pequeños cursos de agua cristalina. Aves brillantes volaban entre las ramas.
—¿Todo esto es tuyo? —preguntó.
—Mis tierras.
—Eso no responde.
Apolo lo miró.
—No poseo los árboles.
Dámetor levantó una ceja.
—Mira. Una filosofía nueva.
—Puedo poseer cosas sin creer que poseo todo.
Silencio. Dámetor volvió lentamente hacia él. Apolo comprendió demasiado tarde.
—No.
—¿No qué?
—No uses eso contra mí.
—No he dicho nada.
—Tu cara.
Dámetor sonrió.
—Ahora tú haces eso.
—Culpa tuya.
Continuaron caminando. Varios jóvenes aparecieron cerca de un pequeño puente. Dos mujeres y un hombre. Todos parecían de alrededor de veinte años. Dámetor se detuvo. Apolo también.
—¿Quiénes son?
—Viven aquí.
—Eso ya lo veo.
Una de las jóvenes saludó al dios con familiaridad.
—Buenos días.
Apolo respondió.
El joven de cabellos oscuros miró a Dámetor.
—¿Él es...?
—Sí —respondió Apolo demasiado rápido.
Dámetor levantó una ceja.
—¿Yo soy qué?
El joven se quedó incómodo. Apolo habló:
—Mi elegido.
Dámetor permaneció quieto.
—Tu qué.
El dios lo miró. Error.
—Dámetor...
—No.
La corriente del arroyo empezó a elevarse en pequeñas gotas. No porque Dámetor pudiera controlar agua. Porque podía controlar cada gota como objeto. Los tres habitantes del castillo miraron fascinados. Apolo hizo una mueca.
—No aquí.
Dámetor señaló al hombre.
—Tú. ¿Cómo te llamas?
El joven miró primero a Apolo. Eso empeoró todo.
—No lo mires a él.
Apolo cerró los ojos.
—Dámetor.
—¿Nombre?
—Lysander.
—Perfecto. Lysander. ¿Qué significa «elegido»?
El joven abrió la boca. La cerró.
—Bueno...
Apolo intervino:
—No hace falta.
Dámetor levantó un tronco pequeño.
—Sí hace falta.
Lysander tragó saliva.