Apolo supo que Dámetor estaba enfadado antes incluso de entrar en el comedor. Se detuvo en el corredor, cerró los ojos y escuchó el sonido inconfundible de madera arrastrándose por el aire.
—Perfecto —murmuró—. Ni siquiera hemos desayunado.
Cuando cruzó la puerta encontró una escena que, apenas cuatro días atrás, habría considerado imposible. Dámetor estaba sentado tranquilamente frente a una taza de té. Alrededor de él flotaban doce objetos. Dos jarras. Tres platos. Cuatro cubiertos. Una bandeja de plata. Una maceta. Y la mesa auxiliar. Todo giraba lentamente alrededor del joven como los planetas de un sistema cuyo sol tenía cabellos negros, ojos violetas y una expresión de indignación absolutamente hermosa. Apolo se quedó mirándolo. Dámetor bebió un sorbo.
—Llegas tarde.
—Vivo aquí.
—Eso no impide llegar tarde.
—¿Teníamos una cita?
La maceta subió treinta centímetros. Apolo suspiró.
—Una conversación. Teníamos una conversación.
La maceta descendió.
—Mejor.
Apolo entró.
—¿Puedo preguntar qué hicieron la mesa y los cubiertos para merecer esto?
Dámetor señaló hacia una puerta.
—No se abre.
Apolo la miró.
—Es un almacén.
—Quiero verlo.
—Hay sábanas.
—Entonces no tienes nada que ocultar.
—No estoy ocultando nada.
—Abre.
Apolo permaneció en silencio. Dámetor sonrió peligrosamente. La mesa auxiliar comenzó a girar.
—No.
—¿Por qué?
—Porque no puedes exigir acceso a cada habitación del castillo solo porque descubriste que existe.
—Estoy encerrado aquí.
—Puedes recorrer casi todo.
—Casi.
La bandeja subió. Apolo miró hacia el techo.
—Estamos negociando una despensa.
—Almacén.
—Peor.
—Ábrela.
—No.
El sillón que Apolo iba a utilizar se elevó. El dios se detuvo.
—Eso ya es personal.
—Muchísimo.
—Dámetor.
—Apolo.
—Deja mi mobiliario en paz.
—Abre la puerta.
—No.
El sillón se colocó boca abajo. Apolo cerró los ojos.
—Eres un terrorista doméstico.
Dámetor soltó una carcajada.
—Eso podría ser mi título.
—No.
—Dámetor, Destructor de Decoraciones.
—Definitivamente no.
—Señor de los Muebles Flotantes.
—Peor.
—Pesadilla de los Carpinteros.
Apolo intentó mantener la seriedad. Fracasó. La risa llegó primero pequeña y después abierta. Dámetor lo miró. La mesa dejó de girar. Apolo consiguió controlarse.
—No uses mi sentido del humor contra mí.
—No estoy haciendo nada.
—Bajaste la mesa.
Dámetor miró hacia ella. La hizo subir otra vez.
—Corregido.
Apolo comenzó a reír nuevamente. La puerta terminó abierta. No porque Dámetor ganara. Según Apolo. Sino porque el dios decidió que aquella discusión estaba alcanzando niveles absurdos. Dámetor entró. Había sábanas. Exactamente como Apolo había dicho. Montañas de telas. Cojines. Manteles. Cortinas. Dámetor permaneció en silencio. Apolo se apoyó contra el marco.
—¿Satisfecho?
—No.
—¿Qué esperabas?
—Un secreto.
—Es un armario.
—Almacén.
—No importa.
Dámetor tomó una manta. La hizo levitar.
—Podrías esconder muchas cosas aquí.
—¿Como qué?
—Personas.
Apolo abrió mucho los ojos.
—No guardo personas entre sábanas.
Dámetor lo miró.
—Me secuestraste.
Silencio.
—Punto para ti —admitió el dios.
El joven sonrió.
—Estoy acumulando demasiados.
—No te emociones.
Aquella mañana, Dámetor decidió explorar. No pasear. No recorrer. Explorar. La diferencia consistía en que abrió todo aquello que podía abrir y examinó todo aquello que Apolo habría preferido que ignorase. Cajones. Pasillos. Escaleras. Salones. Bibliotecas pequeñas. Galerías olvidadas. Una sala llena de esculturas donde descubrió seis representaciones diferentes del propio Apolo. Se detuvo delante de la primera. La observó. Después la segunda. Después la tercera.
—¿Cuántas estatuas tuyas necesitas?
Apolo, que había decidido seguirlo después del desastre del almacén, respondió:
—No son todas mías.
Dámetor señaló.
—Esa tiene tu cara.
—Representa la luz.
—Con tu cara.
—Es simbólico.
—Esa también.
—La música.
—Con tu cara.
Apolo hizo una mueca. Dámetor caminó hasta otra.
—Esta literalmente sostiene una placa que dice «Apolo».
Silencio. El joven cruzó los brazos.
—Humildad olímpica.
—Fueron regalos.
—Naturalmente.
—No las encargué yo.
—¿Ninguna?
Apolo miró hacia una enorme estatua dorada del fondo. Dámetor siguió su mirada.
—Ah.
El dios cerró los ojos.
—Una.
—¿Una?
—Dos.
Dámetor levantó una ceja.
—Cinco.
Apolo murmuró:
—Cinco.
El joven comenzó a reír.
—Esto explica demasiadas cosas.
—No.
—Te secuestraste a ti mismo en mármol durante siglos.
—No tiene sentido.
—Muchísimo.
Dámetor levantó una de las pequeñas esculturas con telequinesis y la hizo girar.
—Devuélvela.
—Estoy evaluando.
—¿Qué?
—Si el escultor exageró.
Apolo cruzó los brazos.
—¿Resultado?
Dámetor miró la estatua. Después al dios. Después la estatua.
—No.
Apolo sonrió.
—¿No exageró?
Dámetor dejó caer la escultura. Apolo la atrapó.
—¡Cuidado!
—Fue un accidente.
—Mentiroso.
Dámetor abrió mucho los ojos.
—Otra vez estás robando mis palabras.
—Me gustan.
—Ladrón.
—Secuestrador, según tú.
—También.
Apolo sonrió. La exploración terminó en una habitación cerrada. Otra. Dámetor miró la puerta. Apolo la vio.
—No.
El joven ni siquiera había hablado.