El Último Poder Del Olimpo

El dios que no sabía compartir

Apolo descubrió que los celos eran una emoción profundamente indigna de un dios.

No porque fueran débiles. Todo lo contrario. Eran demasiado fuertes. Demasiado inmediatos. Demasiado humanos. Y, sobre todo, demasiado ridículos cuando el motivo era un joven de ojos violetas riéndose con otra persona en una galería del castillo. Dámetor estaba apoyado contra una columna, hablando con Mara. No hacía nada sospechoso. Ese era precisamente el problema. Simplemente conversaba.

Mara había vivido en aquellas tierras durante casi cuatro siglos. Era inteligente, directa, divertida y suficientemente antigua como para no sentirse intimidada por el carácter de Apolo. Dámetor parecía encantado con ella. Mara dijo algo. El joven soltó una carcajada. Apolo, a veinte metros de distancia, dejó de caminar. Lysander, que iba a su lado, también se detuvo. No porque quisiera. Porque chocó contra el brazo del dios.

—¿Qué?

Apolo no respondió. Miraba a Dámetor. Lysander siguió la dirección.

—Ah.

Apolo giró lentamente.

—¿Qué significa ese «ah»?

—Nada.

—Mientes.

Lysander sonrió.

—Eso lo aprendiste rápido.

Apolo volvió hacia Dámetor. Mara le estaba mostrando algo. Un pequeño objeto. Dámetor se inclinó para verlo. Demasiado cerca. Ridículamente cerca. Inaceptablemente cerca.

—¿Qué le está mostrando? —preguntó Apolo.

Lysander abrió mucho los ojos.

—No tengo idea.

—¿Por qué están tan cerca?

—Porque el objeto parece pequeño.

—Podría sostenerlo más lejos.

Lysander contuvo una risa.

—Claro.

Apolo lo miró.

—¿Qué?

—Nada.

—Tu cara.

—No dije nada.

Apolo volvió hacia ellos. Dámetor tomó el objeto de la mano de Mara. Sus dedos se tocaron. Algo dentro del dios se tensó. Una luz dorada apareció brevemente alrededor de sus manos. Lysander la vio.

—No.

Apolo levantó una ceja.

—¿Qué?

—Nada.

—Acabas de decir «no».

—Le hablaba a...

Lysander miró alrededor. No había nadie.

—A mí mismo.

Apolo entrecerró los ojos.

—Cobarde.

—Sobreviviente.

Dámetor notó la presencia del dios varios segundos después. No tuvo que verlo. La tensión llegó primero. Giró. Apolo estaba al otro extremo de la galería con los brazos cruzados y una expresión tan severa que cualquier mortal habría supuesto que estaba decidiendo el destino de una nación. Dámetor sonrió. Oh. Esto podía ser divertido. Mara siguió su mirada.

—Ah.

Dámetor volvió hacia ella.

—¿Por qué todo el mundo hace ese sonido alrededor de él?

—Porque es muy fácil reconocer cuando está celoso.

Dámetor abrió mucho los ojos.

—¿Celoso?

Mara levantó una ceja.

—Muchísimo.

Dámetor miró otra vez. Apolo seguía allí. Ahora fingía observar una pintura. Una pintura que probablemente conocía desde hacía quinientos años..Dámetor se mordió el interior de la mejilla para no reír.

—¿Siempre es así?

Mara pensó.

—Peor.

—Excelente.

—Eso no debería entusiasmarte.

—No conoces mis prioridades.

Mara empezó a reír. Apolo giró inmediatamente. Dámetor vio el gesto. Y entonces decidió cometer un pequeño acto de crueldad. Se acercó un poco más a Mara. Nada exagerado. Solo lo suficiente.

—¿Qué estabas diciéndome?

Ella lo comprendió. La sonrisa apareció.

—Sobre el vino del valle oriental.

—Ah.

Mara levantó la botella pequeña que tenía en la mano.

—Este.

Dámetor la tomó.

—¿Es bueno?

—El mejor de estas tierras.

—¿Mejor que el que sirve Apolo?

Apolo dejó de fingir interés por la pintura. Mara sonrió.

—Mucho mejor.

Dámetor abrió mucho los ojos.

—Eso es casi una declaración de guerra.

—Sobreviví cuatrocientos años. Puedo soportarla.

Apolo comenzó a caminar hacia ellos. Dámetor tuvo que contener la risa.

—Aquí viene.

Mara levantó una ceja.

—Cinco monedas a que pregunta qué hacemos.

—Diez a que intenta disimular.

—Acepto.

Apolo llegó. Se detuvo. Dámetor sonrió inocentemente.

—Hola.

—Hola.

Silencio. Mara observó. Dámetor también. Apolo miró hacia la botella.

—¿Qué hacéis?

Dámetor soltó una carcajada. Mara extendió una mano.

—Diez monedas.

Apolo frunció el ceño.

—¿Qué?

Dámetor ya no podía hablar. Mara respondió:

—Nada.

El dios los miró a ambos.

—¿Qué está pasando?

Dámetor consiguió finalmente recuperar aire.

—Acabas de hacerme perder una apuesta.

Mara abrió mucho los ojos.

—¿Perder?

—Yo aposté que disimularía.

—Eso fue tu error.

Apolo cerró los ojos.

—¿Apostasteis sobre mí?

Dámetor sonrió.

—No.

Mara respondió al mismo tiempo:

—Sí.

Silencio. Dámetor giró lentamente hacia ella.

—Traición.

—Honestidad.

Apolo respiró.

—¿Qué hacíais?

Dámetor levantó la botella.

—Hablando de vino.

—Podrías hablar conmigo de vino.

—Puedo hablar con ambos.

La respuesta fue simple. Pero produjo algo. Apolo miró a Mara. Después a Dámetor.

—Sí.

El joven levantó una ceja.

—¿Sí?

—Sí.

—Eso sonó doloroso.

—No.

Mara soltó una pequeña risa. Apolo la miró. Ella levantó las manos.

—Me voy.

Dámetor abrió mucho los ojos.

—Cobarde.

—Sabia.

Mara recuperó la botella.

—Esto sigue siendo mío.

—Traición doble.

—Puedes pedirme otra.

—Lo haré.

La mujer se alejó. Dámetor quedó frente a Apolo. Esperó. El dios no dijo nada.

—Bueno.

—¿Qué?

—Ahora puedes empezar.

—¿Empezar qué?

Dámetor cruzó los brazos.

—La parte donde finges que no estás celoso.

Apolo levantó una ceja.

—No estoy celoso.

Una cuchara decorativa que había sobre una pequeña mesa comenzó a levitar. Dámetor la miró. Después al dios.




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