El Último Poder Del Olimpo

Negociaciones con muebles voladores

La primera negociación del día comenzó con una mesa. No con una conversación. No con una propuesta. No con una frase razonable pronunciada entre dos adultos inmortales que supuestamente podían resolver sus diferencias mediante palabras. Una mesa. Grande. Redonda. De madera oscura. Con ocho sillas alrededor. Apolo entró en el comedor y la encontró flotando a casi un metro del suelo. Se detuvo.Dámetor estaba sentado debajo, desayunando con absoluta tranquilidad. El dios cerró los ojos.

—No.

Dámetor bebió vino.

—Buenos días.

—Son las nueve de la mañana.

—Sigue siendo vino.

—Ese no era el punto.

Apolo señaló hacia arriba.

—Baja la mesa.

Dámetor miró. Como si acabara de notar que estaba allí.

—Ah.

—Dámetor.

—Estoy pensando.

—¿Debajo de una mesa flotante?

—Me ayuda.

Apolo soltó aire lentamente.

—¿Qué quieres?

Dámetor sonrió. La mesa descendió cinco centímetros.

—Estamos aprendiendo.

—Eso me preocupa.

—Quiero pasear solo por el bosque.

Apolo cerró los ojos otra vez.

—Ayer saliste casi una hora.

—Cincuenta y nueve minutos.

—Exactamente.

—No fue una hora.

—Dámetor.

—Exactitud.

La mesa volvió a subir. Apolo la miró. Después a él.

—¿Cuánto quieres?

—Tres horas.

Silencio. Apolo permaneció inmóvil. Dámetor siguió comiendo.

—No.

La mesa subió.

—Dos horas y media.

—No.

La lámpara también se elevó.

—Dos.

—Una.

Dos sillas empezaron a flotar. Apolo señaló.

—No conviertas esto en chantaje.

—No es chantaje.

—¿Entonces?

Dámetor sonrió con picardía.

—Visualización de desacuerdo.

Apolo se quedó mirándolo.

—Eso es la definición de chantaje con decoración.

Dámetor soltó una carcajada.

—Hora y media.

—Una hora y diez.

—Una hora y cuarenta y cinco.

—Acabas de subir.

—Correcto.

Apolo frunció el ceño.

—No puedes negociar hacia arriba.

—Puedo mover una mesa de trescientos kilos con la mente. Puedo hacer muchas cosas.

El dios cerró la boca. Buen punto.

—Una hora y veinte.

—Una hora y treinta y cinco.

Apolo pensó. Dámetor levantó una cuchara.

—No.

—Todavía no hice nada.

—La cuchara es amenaza.

—La cuchara es expresión emocional.

Apolo soltó una risa.

—Una hora y treinta.

Dámetor sonrió. La mesa bajó al suelo.

—Acepto.

El dios se quedó quieto.

—¿Eso fue todo?

—Sí.

—¿No vas a pedir más?

Dámetor lo miró.

—¿Quieres que pida más?

—No.

—Entonces aprende a disfrutar las victorias.

Apolo tomó asiento.

—No siento que haya ganado.

—Porque no ganaste.

La taza del dios se levantó. Apolo la atrapó antes de que escapara.

—Dámetor.

—Buenos días.

El problema fue que la negociación de la mañana estableció un precedente. Dámetor descubrió que los muebles funcionaban. No porque Apolo tuviera miedo de ellos. Era un dios. Podía detenerlos. Podía desintegrarlos. Podía construir otros. El problema era psicológico. Ver una mesa flotando parecía recordarle inmediatamente que Dámetor estaba molesto. Y Apolo, muy lentamente, estaba empezando a preferir negociar antes que convertir cada conversación en una guerra.

Dámetor decidió aprovecharlo. Naturalmente. La segunda negociación ocurrió en la biblioteca. Apolo estaba leyendo cuando una silla pasó flotando frente a él. No reaccionó. La silla volvió. El dios bajó el libro.

—¿Qué?

Dámetor estaba a quince metros, sentado junto a una ventana.

—Nada.

La silla pasó otra vez.

—Dámetor.

—Estoy practicando.

—Claro.

La silla se detuvo frente al dios. Después giró. En el respaldo había un papel. Apolo frunció el ceño. Lo tomó.

QUIERO ACCESO A LA TERRAZA OESTE DESPUÉS DE MEDIANOCHE.

El dios miró hacia Dámetor.

—¿En serio?

El joven sonrió.

—Negociación escrita.

—Podrías haber venido hasta aquí.

—Estoy cómodo.

Apolo tomó una pluma. Escribió.

NO.

Pegó el papel nuevamente en la silla. Dámetor levantó una ceja. La silla regresó. El joven leyó. Después escribió. La silla volvió hacia Apolo.

¿POR QUÉ?

El dios respondió.

HAY DEFENSAS ACTIVAS DURANTE LA NOCHE.

Dámetor escribió.

DESACTÍVALAS PARA MÍ.

Apolo.

NO.

Dámetor.

DOS HORAS.

Apolo.

TREINTA MINUTOS.

Dámetor.

NOVENTA MINUTOS.

Apolo.

CUARENTA.

Dámetor.

SETENTA Y CINCO.

Apolo dejó caer la cabeza contra el respaldo. Lysander, que estaba cerca, observaba en silencio.

—¿Todo bien?

Apolo levantó el papel.

—Está negociando conmigo por silla.

Lysander intentó no reír.

—Innovador.

—No ayudes.

La silla regresó. Nuevo mensaje.

SESENTA MINUTOS Y TE DEJO ELEGIR EL VINO DE LA CENA.

Apolo levantó una ceja. Pensó. Escribió.

TRATO.

La silla regresó. Dámetor leyó. Sonrió. Levantó el pulgar. Apolo lo observó. Después se volvió hacia Lysander.

—He negociado el acceso a una terraza a cambio de elegir vino.

Lysander sonrió.

—Estás mejorando.

—No quiero mejorar en esto.

—Demasiado tarde.

La tercera negociación fue más complicada. Porque involucraba a personas. Y Apolo no sabía compartir. Seguía siendo el problema. Dámetor quería cenar con Mara, Lysander y otras dos personas del castillo sin que Apolo estuviera presente. No porque odiara al dios. Precisamente porque quería comprobar si podía tener una vida allí que no estuviera construida únicamente alrededor de él. Apolo reaccionó como Dámetor esperaba. Mal. Muy mal.




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