El Último Poder Del Olimpo

El bosque prohibido

Dámetor decidió que no quería dos horas. Quería toda la tarde. El problema fue que tuvo esa idea después de que Apolo ya hubiera aceptado noventa minutos.

Y, para Dámetor, cualquier concesión conseguida dejaba inmediatamente de parecer suficiente apenas comprobaba que podía conseguir otra. Apolo debería haberlo aprendido. No lo había hecho. Todavía.

Aquella mañana, el dios encontró al joven de ojos violetas en uno de los salones orientados hacia el bosque. Dámetor estaba sentado en el alféizar de una ventana enorme, con una pierna doblada, una copa de zumo en la mano y el anillo dorado brillando en el dedo anular izquierdo. No había muebles flotando. Apolo se detuvo. Eso era sospechoso. Muy sospechoso.

—Buenos días.

Dámetor giró.

—Hola.

Nada levitó. Apolo entrecerró los ojos.

—¿Qué quieres?

El joven abrió mucho los ojos.

—¿Perdón?

—No hay objetos flotando.

—Quizá estoy de buen humor.

—Eso es más preocupante.

Dámetor sonrió.

—Qué poco confías en mí.

Apolo cruzó los brazos.

—Después de que ayer intentaras negociar acceso a una torre mediante un piano...

—Funcionó parcialmente.

—Dámetor.

—Está bien.

El joven dejó la copa.

—Quiero modificar el trato.

Apolo cerró los ojos. Naturalmente.

—¿Qué parte?

—El bosque.

—No.

—Ni siquiera escuchaste.

—Eso me parece eficiente.

Una maceta cercana comenzó a elevarse. Apolo abrió los ojos.

—Ya empezamos.

—Quiero toda la tarde.

—No.

La maceta subió.

—Dos horas y media.

—Noventa minutos.

Una lámpara se unió.

—Dos horas.

—Una hora cuarenta y cinco.

—Dos horas.

Una silla comenzó a despegar del suelo. Apolo señaló.

—Eso ya es nivel cuatro.

Dámetor levantó una ceja.

—¿Ahora utilizas la escala?

—Todo el castillo la utiliza.

—Traidores.

Apolo sonrió.

—Una hora cincuenta.

Dámetor lo estudió.

—Dos horas y no me sigues.

—Una hora cincuenta y cinco, y puedo sentir el anillo.

Silencio. La silla dejó de subir..Dámetor se puso serio.

—No.

Apolo frunció el ceño.

—Es solo para saber si...

—No.

La respuesta fue inmediata. La lámpara descendió. La maceta también. Eso hizo que el dios prestara más atención.

—Dámetor.

—Quiero estar solo de verdad.

—Ya estás solo cuando no estoy físicamente cerca.

—No si puedes sentir exactamente dónde estoy.

Apolo guardó silencio.

—No me gusta.

—Lo sé.

—Entonces no lo uses.

El dios apretó la mandíbula. Eso era distinto. La barrera seguía cerrada. El bosque podía ser peligroso. Dámetor todavía desconocía casi todo de aquellas tierras. Y, además Apolo sintió el pensamiento antes de admitirlo. Si dejaba de percibir el anillo, no sabría dónde estaba. Solo dos horas. Parecía sencillo..No lo era.

—No puedo desactivar el vínculo completamente sin estudiar sus efectos.

—No te estoy pidiendo eso.

—¿Entonces?

—No lo consultes.

Silencio..Apolo lo miró.

—Puedes elegir no hacerlo —añadió Dámetor—. ¿Verdad?

—Sí.

—Entonces elige.

La frase le desagradó..Precisamente porque tenía razón. Apolo miró hacia el bosque..Después hacia Dámetor.

—Dos horas.

El joven levantó una ceja.

—¿Sin usar el anillo?

El dios respiró.

—Sin usarlo.

Dámetor sonrió.

—Trato.

Apolo hizo una mueca.

—Voy a arrepentirme.

—Probablemente.

Dámetor salió poco antes del mediodía..No llevó arco. Apolo protestó por eso..Dámetor levantó una piedra enorme con la mente y la sostuvo sobre su hombro sin tocarla.

—Tengo esto.

—Eso no es un arma.

La piedra giró.

—Podría serlo.

Apolo cerró los ojos.

—Lleva al menos un cuchillo.

Dámetor levantó una ceja.

—¿Recomendación?

El dios se detuvo.

—Sí.

—Aceptada.

Apolo sonrió apenas. Aquello también era nuevo. Dámetor tomó un pequeño cuchillo del equipo que le habían preparado y lo sujetó al cinturón.

—¿Feliz?

—No.

—Honesto.

—Muchísimo.

Dámetor se acercó al inicio del sendero..Apolo permaneció detrás.

—Dos horas.

—Sí.

—No cruces el arroyo de piedra.

Dámetor se volvió.

—¿Por qué?

—Porque más allá hay una región que todavía no conoces.

—Eso no significa que sea peligrosa.

—Hay criaturas que reaccionan mal a la energía divina.

Dámetor levantó la mano marcada.

—Esto parece bastante divina.

—Precisamente.

—Entonces quizás debería saber defenderme.

Apolo frunció el ceño.

—No uses esto como entrenamiento experimental.

—No prometo nada.

El dios cerró los ojos.

—Dámetor.

El joven sonrió.

—No cruzaré el arroyo.

Apolo abrió los ojos.

—¿De verdad?

—Sí.

—Eso fue demasiado fácil.

—Estoy madurando.

—Eso sí que es mentira.

Dámetor rio y comenzó a caminar. Apolo lo observó alejarse..Diez metros. Veinte..Cincuenta. Después desapareció entre los árboles. El dios sintió inmediatamente el impulso de tocar el vínculo del anillo. No lo hizo. Cinco segundos. Diez.

—Esto es horrible.

Lysander apareció detrás.

—¿Qué cosa?

Apolo giró bruscamente.

—¿Desde cuándo estás ahí?

—Lo suficiente.

El dios hizo una mueca.

—No uses esa frase.

Lysander sonrió.

—¿Está solo?

—Sí.

—¿Y no estás usando el anillo?

Apolo lo miró.

—No.

Lysander levantó las cejas.

—Eso es progreso.

—Todos van a dejar de decirme eso.

—No parece.

Dámetor caminó durante varios minutos sin rumbo..Eso era precisamente lo que quería..No saber..No tener una ruta marcada. No sentir que alguien había decidido dónde podía detenerse..Aunque técnicamente Apolo sí había trazado un límite..El arroyo de piedra. Dámetor intentó no pensar demasiado en él..El bosque era diferente sin el dios. Más silencioso..Menos brillante. Tal vez porque Apolo literalmente alteraba la luz cuando caminaba entre los árboles. Dámetor encontró un sendero estrecho. Lo siguió. Llegó a una zona donde pequeños cristales amarillos crecían entre las raíces. Se agachó. Uno se elevó. Después otro. Los hizo girar.




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