Caminaba a su lado con una sonrisa apenas disimulada, vestido de blanco y dorado, con los cabellos rubios iluminados por el sol que atravesaba las copas de los árboles. Parecía haber olvidado por completo que Dámetor solo lo había invitado durante media hora y actuaba como si acabaran de firmar una alianza eterna.
—Deja de sonreír así —dijo Dámetor.
Apolo giró hacia él.
—¿Así cómo?
—Como si hubieras ganado algo.
—Me invitaste.
—A caminar.
—Conmigo.
—Sí.
—Voluntariamente.
Dámetor cerró los ojos.
—No debí hacerlo.
Apolo soltó una carcajada. Una rama seca se elevó del suelo.
—Eso es amenaza leve —comentó el dios.
Dámetor abrió mucho los ojos.
—No clasifiques.
—Según la escala oficial, una rama todavía no tiene categoría.
—Porque la escala no es oficial.
—Está escrita y colgada en el comedor.
—Por traidores.
Apolo volvió a reír. La rama salió disparada hacia un arbusto.
—Vas a asustar a los animales.
—Ellos tienen más posibilidades de sobrevivir que yo.
—Dramático.
—Vivo contigo.
—Punto para ti.
Dámetor intentó permanecer serio. No pudo. Una sonrisa apareció. Apolo la vio. Naturalmente.
—Ah.
—No.
—Sonreíste.
—No.
—Sí.
Dámetor levantó una piedra.
—Sigue caminando.
Apolo obedeció, todavía sonriendo. Habían salido temprano. Dámetor quería llegar hasta la zona de cristales amarillos que había descubierto durante su paseo anterior y Apolo había prometido mostrarle un sendero más corto. Prometido. No ordenado. Aquello era importante. El joven todavía lo notaba cada vez. Apolo estaba aprendiendo a sustituir frases como vas a venir conmigo por ¿quieres venir?, aunque algunas veces parecía pronunciar las preguntas con tanto sufrimiento que resultaba cómico. Dámetor se detuvo junto a una bifurcación.
—¿Derecha o izquierda?
—Derecha.
Dámetor caminó hacia la izquierda. Apolo cerró los ojos.
—¿Por qué preguntas?
—Quería información.
—Y acabas de ignorarla.
—Conocer una respuesta no me obliga a seguirla.
—Eso resume demasiado bien tu personalidad.
Dámetor sonrió.
—Gracias.
—No era elogio.
—Lo acepto igualmente.
Apolo lo siguió por el sendero izquierdo. Después de varios minutos, Dámetor miró alrededor. Más árboles. Un terreno más empinado. Nada de cristales.
—¿Estamos cerca?
Apolo respondió con una calma ofensiva:
—No.
Dámetor frunció el ceño.
—¿Por qué?
—Porque elegiste izquierda.
Silencio. El joven lo miró. Apolo levantó una ceja. Dámetor hizo levitar tres piedras.
—No.
—¿Qué?
—No uses telequinesis contra la geografía.
—Podrías haberme advertido.
—Lo hice.
—Dijiste derecha.
—Exactamente.
—No dijiste que izquierda fuera incorrecta.
Apolo quedó inmóvil.
—Eso es...
—Precisión.
—Eso es insoportable.
—Y sin embargo aquí estás.
Apolo respiró profundamente.
—Volvemos.
Dámetor levantó una ceja.
—¿Orden?
El dios cerró los ojos.
—Propongo que volvamos.
Dámetor sonrió.
—Acepto.
Llegaron finalmente a la zona de los cristales. La luz de la mañana convertía aquellas pequeñas formaciones amarillas en puntos dorados entre las raíces oscuras. Algunos apenas sobresalían de la tierra; otros formaban grupos completos alrededor de troncos enormes. Dámetor se quedó inmóvil.
—Son mejores con sol.
Apolo lo observó.
—Naturalmente.
—¿Qué?
—Todo mejora con sol.
Dámetor giró lentamente.
—Eso ha sido ofensivamente narcisista.
—También soy literalmente el dios del sol.
—No ayuda.
Se agachó junto a uno de los cristales. Lo hizo levitar. Después otro. Y otro. En segundos había una docena suspendida alrededor de su cabeza. Apolo sonrió.
—No los rompas.
—No pienso hacerlo.
—Son parte del bosque.
—Ya entendí.
Dámetor hizo girar las piedras. Los cristales atraparon la luz y la reflejaron sobre los árboles. Pequeños destellos amarillos comenzaron a bailar entre las ramas. Apolo dejó de bromear. Era hermoso. Dámetor estaba en el centro de aquella luz con los cabellos negros cayendo sobre los hombros, los ojos violetas concentrados y la piel casi blanca bajo los reflejos dorados. Apolo sintió algo. Demasiado. No lo dijo. Dámetor lo notó de todas formas.
—¿Qué?
—Nada.
—Tu cara.
El dios sonrió apenas.
—Eres hermoso.
Los cristales quedaron inmóviles. Silencio. Dámetor lo miró. Apolo se arrepintió inmediatamente. No de pensarlo. De decirlo.
—Ah.
Dámetor parpadeó. Uno de los cristales cayó. Apolo levantó una ceja.
—Eso fue nuevo.
—Cállate.
—¿Qué significa un cristal caído?
—Que estás hablando demasiado.
—No.
—Sí.
Apolo sonrió.
—Te puse nervioso.
Tres cristales salieron disparados hacia él..El dios se apartó.
—¡DÁMETOR!
—¡REFLEJO!
Apolo empezó a reír. Dámetor también. Cuando los cristales regresaron al suelo, continuaron caminando. Quedaban diecinueve minutos de la media hora prometida. Dámetor lo sabía. Apolo también. Ninguno mencionó el tiempo. Aquello fue extraño. Llegaron a un sendero estrecho rodeado de árboles de hojas doradas. Dámetor levantó una mano. Varias hojas se desprendieron y comenzaron a seguirlos.
—¿Haces eso siempre?
—¿Qué?
—Mover cosas cuando estás tranquilo.
Dámetor pensó.
—No lo hacía antes.
—¿Antes de mí?
—Antes del castillo.
Apolo se quedó callado. Dámetor continuó: