Dámetor estaba sentado frente a una ventana abierta, con una copa de zumo en una mano y tres cucharas flotando sobre su cabeza. No estaba enfadado. Al menos no demasiado. Las cucharas giraban lentamente, como si fueran pequeños satélites atraídos por el humor imprevisible del joven. Apolo entró en el comedor, las vio y se detuvo.
—¿Qué nivel es ese?
Dámetor levantó los ojos.
—¿Qué?
—Tres cucharas.
—No todo necesita clasificación.
—La última vez una cuchara significaba confusión.
—Hoy significan aburrimiento.
Apolo tomó asiento.
—Estamos ampliando el sistema.
—No hay sistema.
—Mara actualizó la lista ayer.
Dámetor cerró los ojos.
—Voy a quemar esa lista.
—No controlas fuego.
—Encontraré a alguien.
Apolo soltó una carcajada. Las cucharas descendieron un poco. Dámetor lo miró. Aquello empezaba a ocurrir con demasiada frecuencia. Cada vez que Apolo reía de verdad, su telequinesis parecía calmarse. Le molestaba. Muchísimo.
—No hagas eso —murmuró.
Apolo tomó una fruta.
—¿Qué?
—Reírte.
El dios levantó una ceja.
—¿Ahora tampoco puedo reír?
—Puedes hacerlo menos.
—¿Por qué?
Dámetor bebió.
—Es irritante.
—Eso no responde.
—No necesito responder todo.
Apolo sonrió.
—Entonces seguiré.
—Amenaza.
Una cuchara ascendió. El dios la señaló.
—Confusión.
—Aburrimiento.
—Negación.
La cuchara salió disparada. Apolo la atrapó antes de que golpeara una pared.
—Eso ya es hostilidad.
—Te lo ganaste.
La conversación podría haber terminado allí. Pero Apolo vio algo sobre una mesa cercana. Una pequeña lira. Había pedido que la llevaran porque pensaba practicar después del desayuno. Dámetor siguió su mirada. Error. Apolo sonrió.
—Hoy aprenderás.
El joven frunció el ceño.
—¿Qué cosa?
—A tocar.
—No.
—Ni siquiera preguntaste qué instrumento.
—No importa.
—La lira.
—Peor.
Apolo levantó la ceja.
—Es uno de los instrumentos más nobles que existen.
Dámetor observó la pequeña pieza dorada.
—Parece complicada.
—No lo es.
—Eso lo dices porque eres el dios de la música.
—Precisamente por eso deberías confiar en mí.
Dámetor soltó una risa.
—Esa frase contiene demasiados problemas.
—Solo será una clase.
—No.
Apolo tomó la lira. Tocó una secuencia breve. Perfecta. Hermosa. Dámetor intentó no mostrar interés. Fracasó. Apolo lo vio.
—Te gusta.
—No.
—Mucho.
—No.
—Muchísimo.
Una servilleta flotó.
—Deja de usar esa palabra.
El dios sonrió.
—Entonces prueba.
Dámetor miró la lira. Después a Apolo.
—¿Qué gano?
Silencio.
—¿Tiene que ser una negociación?
—Estoy aprendiendo tu idioma.
Apolo suspiró.
—¿Qué quieres?
Dámetor sonrió lentamente. Mala señal.
—Una hora extra en el bosque.
—No.
La mesa tembló.
—Media.
—Quince minutos.
—Cuarenta y cinco.
—Veinte.
—Cuarenta.
—Veinticinco.
Dámetor levantó una cuchara.
—Treinta y cinco.
Apolo levantó ambas manos.
—Treinta.
El joven pensó. La cuchara bajó.
—Trato.
El dios cerró los ojos.
—Acabo de comprar una clase de música con media hora de bosque.
—Exactamente.
—Esto es absurdo.
—Y sin embargo funciona.
La sala de música estaba iluminada por enormes ventanales orientados hacia el este. El suelo de mármol reflejaba la luz y las paredes estaban cubiertas por instrumentos de distintas épocas. Dámetor entró. Miró alrededor.
—Todavía pienso que tienes demasiados.
Apolo caminó hacia una mesa.
—Y yo sigo pensando que no existe algo como demasiados instrumentos.
—Eso lo diría alguien que tiene siete liras prácticamente iguales.
—No son iguales.
Dámetor señaló.
—Dorada.
Otra.
—Dorada.
Otra.
—Dorada.
Apolo hizo una mueca.
—Tienen sonidos distintos.
—Naturalmente.
El joven levantó una de ellas con telequinesis.
—Bájala.
—Estoy observando.
—Con las manos.
—Tengo poderes.
—Eso no significa que debas utilizarlos para todo.
Dámetor hizo flotar la lira hasta colocársela delante.
—Estoy optimizando.
Apolo respiró.
—Primera regla.
—No acepto reglas.
—Primera recomendación extremadamente firme.
Dámetor sonrió.
—Mejor.
—No uses telequinesis.
Silencio.
—¿Por qué?
—Porque quiero que aprendas a sentir las cuerdas con los dedos.
Dámetor miró sus manos. Después la lira.
—Eso parece innecesario.
—No.
—Puedo tocarlas sin contacto.
—No es lo mismo.
—¿Cómo sabes?
—Soy Apolo.
Dámetor cerró los ojos.
—Ahí está.
—¿Qué?
—La respuesta divina para todo.
El dios rio.
—Si alguna vez tienes miles de años de experiencia musical, podrás usarla.
Dámetor se sentó.
—Qué insoportable.
—Muchísimo.
Apolo se colocó detrás de él. Demasiado cerca. Dámetor lo sintió antes de que el dios tocara nada. La espalda se le tensó. Apolo lo notó inmediatamente. Se apartó medio paso.
—¿Así?
Dámetor lo miró por encima del hombro. Aquella pregunta. Otra vez. Pequeña. Importante.
—Sí.
Apolo asintió.
—Coloca la mano aquí.
Dámetor lo hizo.
—Y esta...
El dios dudó.
—¿Puedo?
El joven bajó la mirada hacia sus dedos.
—Sí.
Apolo acomodó suavemente su mano izquierda sobre la lira. Fue un contacto breve. Nada más. Pero Dámetor sintió aquel calor extraño otra vez. Su telequinesis reaccionó. Una pequeña campanilla situada al otro extremo de la habitación comenzó a levitar. Apolo la vio.