El Último Poder Del Olimpo

Una habitación demasiado grande

Dámetor descubrió que una cama podía ser demasiado grande cuando la persona equivocada insistía en que debía compartirla.

La discusión comenzó después de medianoche, aunque ninguno de los dos habría sabido explicar por qué habían terminado exactamente allí. Lo último que Dámetor recordaba era haber estado en la sala de música, intentando repetir una melodía que Apolo le había enseñado. Después habían hablado, discutido sobre cuál de los dos era más insoportable, bebido una copa de vino y recorrido medio castillo mientras seguían conversando. Y entonces Dámetor había descubierto que Apolo tenía un plan. Uno terrible.

—No —dijo por tercera vez.

Apolo permanecía junto a la puerta del dormitorio principal con los brazos cruzados.

—Ni siquiera has escuchado todo.

—Escuché suficiente.

—Dije que esta noche deberías dormir aquí.

—Exactamente.

—Porque ayer casi te quedaste dormido en la biblioteca.

Dámetor levantó una ceja.

—Eso no explica por qué debería dormir contigo.

—Mi habitación está más cerca.

—Tengo una habitación.

—Al lado.

—Precisamente.

—Pero aquella cama es más pequeña.

Dámetor miró hacia el enorme lecho situado en el centro de la habitación. Después volvió lentamente hacia Apolo.

—Tu cama podría alojar una familia completa.

—Eso es exagerado.

—Un ejército pequeño.

—Dámetor.

—Tal vez dos.

Apolo se llevó dos dedos a la frente.

—No estoy sugiriendo nada extraño.

El joven cruzó los brazos.

—Has secuestrado a alguien, lo volviste inmortal sin preguntarle y después le pusiste un anillo que todavía no puede quitarse — Pausa —Comprenderás que mis estándares para «nada extraño» son bastante estrictos.

Apolo abrió la boca. La cerró.

—Bien.

—Excelente.

—Pero sigo pensando que deberías dormir aquí.

Una almohada se levantó. Apolo la señaló.

—Nivel bajo.

—Todavía.

—¿Cuál es el problema real?

Dámetor lo miró.

—La elección.

El dios dejó de bromear. La almohada permaneció suspendida entre ambos.

—Si quiero dormir en mi habitación, duermo allí.

—Sí.

—Entonces ya está.

Apolo apretó ligeramente los labios.

—No me gusta.

—Permitido.

—Muchísimo.

Dámetor sonrió.

—Mira qué rápido aprendes.

El asunto debería haber terminado allí. No terminó. Porque Apolo cometió el error de decir:

—Solo quiero tenerte cerca.

La almohada dejó de flotar. Dámetor quedó inmóvil. Apolo lo vio. Y supo inmediatamente que había dicho algo peligroso. No porque fuera ofensivo. Precisamente porque no lo era.

—Ah —murmuró Dámetor.

—¿Qué?

—Nada.

—Tu cara.

—No empieces.

Apolo intentó ocultar la sonrisa.

—No estaba diciendo que tienes que quedarte.

—Bien.

—Solo que me gustaría.

Silencio. Dámetor miró hacia la enorme cama. Después a Apolo.

—¿Por qué?

El dios tardó demasiado.

—Porque...

Dámetor esperó. Apolo era magnífico en profecías, música, combate, poesía y prácticamente cualquier arte donde pudiera lucirse. Hablar de sentimientos parecía destruirle el idioma.

—Porque me acostumbré a saber que estabas al otro lado de la pared.

Dámetor levantó una ceja.

—Sigo estando.

—Sí.

—Entonces.

Apolo hizo una mueca.

—No es lo mismo.

—¿Qué cambia?

El dios bajó ligeramente la voz.

—Nada racional.

Dámetor sonrió.

—Excelente comienzo.

—No te burles.

—Es imposible no hacerlo.

Apolo soltó una pequeña risa.

—Solo...

Volvió a intentarlo.

—Me gusta tu presencia.

Aquello fue peor. Mucho peor. Porque el corazón de Dámetor hizo algo completamente innecesario. Una copa empezó a levitar. Apolo la vio. La sonrisa regresó.

—Confusión.

—No.

—Afecto reprimido.

—No.

—Emoción intensa no catalogada.

La copa salió disparada. Apolo la atrapó.

—Eso fue defensivo.

—Eso fue precisión.

Dámetor caminó hacia la puerta comunicante.

—Buenas noches.

Apolo lo siguió.

—Dámetor.

—No.

—Solo dije tu nombre.

—Con tono.

—¿Qué tono?

El joven abrió la puerta.

—Ese.

Entró en su habitación. Apolo se detuvo en el umbral. Dámetor giró.

—No.

El dios levantó ambas manos.

—No he entrado.

—Bien.

—Pero quiero decir una cosa.

—Una.

Apolo sonrió apenas.

—Me gustaría que alguna vez quisieras dormir conmigo porque te sientes seguro.

El humor desapareció. Dámetor lo miró. Aquello no era una exigencia. Ni una orden. Era algo mucho más incómodo. Un deseo. Y los deseos de otra persona eran más difíciles de combatir porque no podía simplemente declararlos injustos.

—Alguna vez —repitió.

Apolo asintió.

—No hoy.

Dámetor se quedó quieto.

—Bien.

El dios dio un paso atrás.

—Buenas noches.

—Buenas noches.

Apolo cerró la puerta. Dámetor permaneció mirando la madera. Después miró la cama. Su cama. Perfectamente cómoda. Totalmente suya..Se acostó. Cerró los ojos. Cinco minutos. Diez. Quince. Nada. Abrió los ojos.

—No.

Se dio vuelta. Intentó otra posición.

—No.

Una almohada se elevó.

—No necesito ir.

La almohada cayó.

—Estoy perfectamente bien.

Silencio. Se sentó.

—Esto es ridículo.

Desde el otro lado de la pared llegó la voz de Apolo:

—¿Todo bien?

Dámetor abrió mucho los ojos.

—¡DEJA DE ESCUCHAR!

—¡ESTÁS HABLANDO EN VOZ ALTA!

—¡PRIVACIDAD!

—¡LA PARED ES MUY DELGADA!

Dámetor miró hacia ella.

—¡ES TU CASTILLO!

Silencio. Después Apolo respondió:

—Buen punto.

Dámetor cayó nuevamente sobre la cama.

—Insoportable.

Desde el otro lado:

—Muchísimo.

Dámetor lanzó una almohada contra la pared. Media hora después seguía despierto. No tenía sueño. No realmente. El problema era otro. Pensaba demasiado. En Apolo riendo. En la música. En el paseo por el bosque. En aquella frase.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.