El Último Poder Del Olimpo

El primer regalo

Dámetor descubrió el regalo antes de que Apolo pudiera entregárselo. Eso arruinó por completo el plan del dios. No porque el presente estuviera mal escondido. Apolo había utilizado una caja de madera oscura, cerrada con un pequeño sello solar, y la había dejado dentro de un armario privado de su vestidor.

El problema era que Dámetor tenía telequinesis. Y curiosidad. Una combinación peligrosa. Aquella mañana, el joven estaba solo en el dormitorio de Apolo porque había perdido una apuesta. Eso era importante. Muy importante. La noche anterior había asegurado que jamás volvería a dormir en aquella cama enorme. Apolo, naturalmente, había apostado lo contrario. Dámetor había aceptado porque el premio era irresistible: una hora adicional solo en el bosque.

Había despertado aquella mañana junto al borde izquierdo de la cama de Apolo..No recordaba exactamente cuándo había cruzado la puerta comunicante. Eso era humillante. Muchísimo. Apolo sí lo recordaba. Y lo estaba disfrutando demasiado.

—No vuelvas a sonreír —advirtió Dámetor mientras se abrochaba la camisa.

Apolo estaba sentado contra el cabecero con una expresión insoportablemente satisfecha.

—No dije nada.

—Tu cara.

—Dormiste aquí.

—Fue accidente.

—Abriste la puerta.

—Estaba sonámbulo.

—Me preguntaste si estaba despierto.

Dámetor se quedó quieto.

—No lo recuerdo.

—También dijiste que mi cama era mejor.

—Eso es mentira.

Apolo levantó una ceja.

—Mentirosa.

—¡ESA PALABRA SIGUE SIN CORRESPONDER!

El dios comenzó a reír. Dámetor tomó una almohada. No necesitó tocarla. La almohada salió disparada. Apolo la atrapó.

—Ahí está.

—¿Qué?

—La violencia matutina.

—Te la ganaste.

Apolo dejó la almohada.

—Y yo gané la apuesta.

Dámetor cerró los ojos.

—Lo sé.

—Una cena.

—Sí.

—Elegida por mí.

—No.

Apolo abrió mucho los ojos.

—Era parte...

—Dijiste una cena juntos. No dijiste que eligieras todo.

Silencio. El dios pensó. Dámetor sonrió lentamente.

—Lee la letra pequeña.

—No había letra.

—Precisamente.

Una lámpara empezó a levitar. Apolo levantó las manos.

—Bien.

La lámpara descendió.

—Excelente.

—Pero la cena será hoy.

Dámetor hizo una mueca.

—Eso sí puedo aceptarlo.

Apolo se levantó.

—Necesito salir unas horas.

El joven giró.

—¿Adónde?

La pregunta salió demasiado rápido. Ambos lo notaron. Dámetor se corrigió inmediatamente:

—No porque me importe.

Apolo sonrió.

—Naturalmente.

—Curiosidad logística.

—Voy a las tierras del oeste.

—¿Por qué?

—Reunión.

—¿Con quién?

La sonrisa del dios aumentó. Dámetor levantó una silla.

—No.

—¿Qué?

—No pongas esa cara.

—¿Celos?

La silla subió.

—Información.

—Con dos dioses menores y varios administradores.

La silla quedó quieta.

—¿Diosas?

Apolo abrió mucho los ojos. Silencio. Dámetor cerró los suyos.

—No.

El dios empezó a reír.

—Eso ha sido adorable.

—Retiro la pregunta.

—Demasiado tarde.

Dámetor levantó la silla hasta dejarla cerca del techo.

—¿Quieres bajar?

—Muchísimo.

—Entonces olvida la conversación.

Apolo sonrió.

—Trato.

El sillón descendió.

—Habrá una diosa.

La silla volvió a subir.

—¡APOLO!

—¡DIJE QUE OLVIDARÍA LA CONVERSACIÓN, NO QUE MENTIRÍA!

Dámetor lo miró. Después empezó a reír.

—Te odio.

—Mucho.

—No uses eso.

—Muchísimo.

La silla giró. Apolo levantó ambas manos.

—Ya me voy.

El dios salió poco después. Dámetor permaneció solo. Debería haber aprovechado para ir a la biblioteca..O al bosque. O a cualquier lugar donde no pudiera pensar en una diosa desconocida hablando con Apolo. No estaba celoso. Naturalmente. Solo le molestaba la idea. Por razones racionales. Probablemente.

—No.

Una cuchara se elevó desde la bandeja del desayuno. Dámetor la señaló.

—Ni se te ocurra.

La cuchara descendió.

—Perfecto.

Se dirigió hacia la puerta. Entonces sintió algo..No magia. Un objeto. La telequinesis hacía aquello cada vez con mayor frecuencia. En lugares que conocía, podía percibir objetos incluso sin mirarlos, sobre todo si tenían cierta densidad o energía acumulada..Algo dentro del vestidor. Una pequeña caja. Dámetor se detuvo.

—No.

Continuó caminando. Dos pasos. Se detuvo.

—Privacidad.

Otra vez dos pasos. La curiosidad ganó.

—Solo voy a comprobar qué es.

Caminó hacia el vestidor..El armario estaba cerrado. Dámetor lo miró.

—Privacidad.

Silencio.

—Sí.

Se dio vuelta..La caja dentro pareció existir todavía más fuerte en su percepción..Dámetor cerró los ojos.

—Odio mis poderes.

Una pequeña llave flotó desde una mesa. El joven la atrapó. La miró.

—Esto es terrible.

Cinco segundos después estaba abriendo el armario. Encontró la caja. Oscura. Elegante. Con un pequeño sol grabado. Dámetor la levantó con telequinesis. No la tocó.

—Podría ser cualquier cosa.

El sello brilló. Magia de Apolo. Dámetor frunció el ceño.

—Claro.

Intentó abrirla. No pudo.

—No.

Más fuerza. Nada.

—No vamos a empezar otra guerra entre magia solar y mi paciencia.

El sello se iluminó. Dámetor sintió la barrera. No era peligrosa. Solo impedía abrir. Una sonrisa apareció.

—Entonces sí es importante.

Se concentró. La caja tembló. El sello resistió. Dámetor aumentó presión. El oro vibró. Después escuchó algo. Un pequeño crujido.

—Oh.

La barrera se abrió. Dámetor sonrió triunfante.

—Te estoy alcanzando, Apolo.

Levantó la tapa. Y dejó de sonreír. Dentro había ropa. No una sola prenda. Varias. Una camisa negra de tejido suave con detalles violetas en cuello y puños. Un pantalón oscuro de corte elegante. Una chaqueta negra con bordados dorados tan discretos que no parecían pertenecer al gusto exagerado de Apolo. También había una segunda camisa, violeta profunda, y una capa ligera diseñada para caminar por el bosque. Dámetor se quedó inmóvil.




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