El Último Poder Del Olimpo

Cuando Apolo sintió miedo

Apolo descubrió que el miedo podía adoptar la forma de una habitación vacía. No había sangre. No había señales de lucha.

Ninguna barrera destruida, ninguna ventana rota, ninguna amenaza escrita sobre las paredes. Nada indicaba que hubiera ocurrido una tragedia. Precisamente por eso fue peor. Porque cuando abrió la puerta de la habitación de Dámetor aquella mañana y encontró la cama vacía, el miedo no tuvo nada concreto contra lo cual pelear. Solo ausencia. El dios se detuvo en el umbral.

—Dámetor.

Nada. Entró. La ventana estaba abierta. Las cortinas negras se movían suavemente con el viento de la mañana. Sobre una silla descansaba la chaqueta que Apolo le había regalado. Había varios libros sobre una mesa, una copa vacía y dos almohadas en el suelo. Todo normal. Excepto él. Apolo recorrió la habitación con la mirada.

—Dámetor.

Silencio. Frunció el ceño. No era extraño que saliera temprano. El joven había conseguido suficiente libertad dentro del castillo para moverse sin avisar. Podía estar desayunando con Mara. En la biblioteca. En los jardines. En la sala de música. Nada preocupante. Apolo respiró.

—Bien.

Se dio vuelta. Entonces vio algo sobre la mesa. El anillo no. Dámetor seguía llevándolo. Podía sentirlo. Muy débilmente. Aquella presencia tenue que había prometido no utilizar deliberadamente estaba allí. Pero extraña. Demasiado lejana. Apolo quedó inmóvil. No. No utilizaría el vínculo. Lo había prometido. Podía encontrarlo sin hacerlo. Salió al corredor. Mara estaba desayunando.

—¿Has visto a Dámetor?

Ella levantó la cabeza. La pregunta fue demasiado rápida. Demasiado seca.

—Buenos días para ti también.

—Mara.

La mujer dejó el pan.

—No.

Apolo sintió una punzada.

—¿Desde cuándo?

—¿Cómo voy a saber desde cuándo no veo a alguien?

El dios cerró los ojos.

—¿Lo viste anoche?

—Durante la cena.

—¿Después?

—No.

Apolo giró. Lysander venía por el corredor.

—Lysander.

El joven se detuvo.

—¿Sí?

—¿Viste a Dámetor?

—No desde anoche.

Otra punzada. Más profunda. Mara observó la expresión del dios. La sonrisa desapareció.

—¿Qué ocurre?

—Nada.

—Apolo.

—Nada.

—Tu cara.

El dios cerró los ojos. Malditos todos.

—No está en su habitación.

Lysander levantó una ceja.

—¿Y?

—Y no sé dónde está.

Silencio. Mara comprendió.

—Pensabas que se fue.

Apolo la miró.

—No he dicho eso.

—Lo estás pensando.

—No.

—Muchísimo.

El dios se dio vuelta.

—Voy a la biblioteca.

Mara lo llamó:

—Apolo.

Se detuvo.

—No uses el anillo.

Silencio. Eso dolió porque era exactamente lo que estaba considerando.

—No lo haré.

Y siguió caminando. La biblioteca estaba vacía. No completamente. Tres jóvenes leían cerca de una ventana y una mujer ordenaba pergaminos. Dámetor no estaba. Apolo cruzó la sala demasiado rápido. Revisó la galería superior. Nada. La sección de historia. Nada. El rincón donde Dámetor solía dormirse detrás de montañas de libros. Vacío. El dios apretó la mandíbula.

—Dámetor.

Nada. Bajó. La mujer de los pergaminos lo miró.

—¿Busca algo?

—A Dámetor.

—No lo vi hoy.

Apolo salió. Sala de música. Vacía. La lira que Dámetor utilizaba estaba donde la había dejado el día anterior. Apolo se acercó. La tocó. Fría. No había sido utilizada recientemente. Eso fue cuando el miedo empezó realmente. No la preocupación. Miedo. Una idea apareció.

Se fue.

Apolo la rechazó. No podía haber atravesado la frontera. Las barreras seguían activas. Pero Dámetor ya había agrietado una de ellas una vez. Había movido energía divina. Había detenido una flecha solar. Quizá había aprendido algo durante la noche. Quizá había conseguido romperlas. Quizá...

Apolo cerró los ojos. No. No utilizaría el anillo. Había prometido. Pero aquello era diferente. Era seguridad. La palabra apareció. Y con ella el recuerdo de Dámetor diciéndole:

Qué maravillosa palabra. Puedes usarla para justificar cualquier cosa.

Apolo abrió los ojos.

—Maldito seas.

No Dámetor. Él mismo. Porque incluso aterrorizado podía reconocer la trampa. Si utilizaba el vínculo solo porque estaba asustado, convertiría el miedo en permiso. Otra vez. El dios salió de la sala. El jardín estaba vacío. El lago también. Los establos. Nada. Pasaron veinte minutos. Después cuarenta. Apolo dejó de caminar. Empezó a aparecer y desaparecer. Galería. Biblioteca. Terrazas. Bosque interior. Campos de entrenamiento. Cocinas. Habitaciones de invitados. Nada. Cada vez que no lo encontraba, una parte del dios se volvía más oscura. Mara terminó siguiéndolo.

—Apolo.

—No.

—Detente.

—No puedo.

—Puede estar en cualquier parte del castillo.

—Ya revisé casi todo.

—¿Casi?

El dios la miró.

—La biblioteca oriental.

Mara levantó una ceja.

—La cerraste hace siglos.

Silencio. Apolo desapareció. Mara cerró los ojos.

—Naturalmente.

La biblioteca oriental ocupaba una torre. Había permanecido cerrada porque parte del techo estaba siendo restaurado y nadie utilizaba aquellas salas desde hacía mucho tiempo. Apolo apareció frente a la puerta. Cerrada. La abrió. Polvo. Oscuridad. Filas de estanterías.

—Dámetor.

Nada. Entró. Otra sala. Otra. Nada. Subió. El miedo empezó a convertirse en rabia. No contra el joven. Contra sí mismo.

¿Por qué no había preguntado adónde iría aquella mañana?

Porque no quería controlarlo. Correcto.

¿Por qué no había comprobado el anillo?

Porque había prometido. Correcto.

¿Por qué todo aquello se sentía entonces como una estupidez monumental?

Porque el miedo no tenía lógica. Apolo llegó al último nivel.

—Dámetor.

Nada. Una silla vieja se movió con el viento. El dios giró. Por una fracción de segundo creyó verlo. No. Solo sombra. Apolo cerró los ojos. Y algo que jamás habría admitido ante Zeus atravesó su pecho. Desesperación.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.