El Último Poder Del Olimpo

El primer paseo a solas

Apolo descubrió que conceder libertad era mucho más sencillo cuando se hablaba de ella que cuando uno tenía que verla alejarse por un sendero. Dámetor había ganado aquel paseo de la peor manera posible. Sin gritos. Sin amenazas. Sin elevar mesas. Eso inquietó al dios mucho más que cualquier sofá suspendido. La conversación empezó durante el desayuno.

Dámetor estaba sentado frente a una ventana abierta, vestido de negro y violeta, con la chaqueta que Apolo le había regalado unos días atrás. El detalle no pasó inadvertido. Naturalmente. Apolo lo vio apenas entró. Se detuvo. Dámetor siguió untando miel sobre un trozo de pan.

—No.

El dios levantó una ceja.

—¿Qué?

—No pongas esa cara.

—¿Cuál?

—La de estar excesivamente satisfecho porque llevo tu regalo.

Apolo sonrió más.

—Te queda bien.

—Lo sé.

—Y lo elegí yo.

Una cuchara empezó a elevarse. Apolo señaló inmediatamente.

—Orgullo irritado.

Dámetor la bajó.

—Un día voy a destruir esa clasificación.

—No puedes destruir algo que ya vive en la cultura colectiva del castillo.

—Puedo destruir el papel.

—Mara hará otro.

Dámetor hizo una mueca.

—Necesito hablar contigo.

La sonrisa de Apolo desapareció ligeramente.

—Eso nunca anuncia nada sencillo.

—Quiero salir.

—Puedes hacerlo.

—Solo.

Silencio. El dios dejó de caminar. Dámetor tomó un sorbo.

—Ya empezó.

—¿Qué?

—Tu cara.

—No estoy haciendo ninguna cara.

—Pareces haber recibido una profecía sobre el fin del mundo.

Apolo tomó asiento.

—¿Cuánto tiempo?

Dámetor se quedó inmóvil.

—¿Eso fue todo?

—¿Qué esperabas?

—Un no.

—Lo estoy considerando.

El joven dejó la copa.

—Entonces todavía hay esperanza de desastre.

Apolo ignoró la provocación.

—¿Cuánto?

—Dos horas.

—No.

Dámetor cerró los ojos.

—Ahí está.

—Una.

—Dos.

—Una hora y quince.

—Dos.

Apolo levantó una ceja.

—Eso no es negociar.

—Estoy experimentando con firmeza.

—Una hora y veinte.

—Una hora cuarenta y cinco.

—Una hora y treinta.

Dámetor sonrió.

—Una hora y cuarenta.

Apolo pensó. Nada levitaba. Eso lo desconcertaba.

—¿Por qué no estás levantando nada?

—Porque quiero comprobar si puedes decirme que sí sin que el mobiliario sufra.

El dios abrió mucho los ojos.

—Eso ha sido casi ofensivo.

—Pero justo.

Apolo respiró.

—Una hora y cuarenta.

Dámetor dejó de sonreír.

—¿De verdad?

—Sí.

—¿Solo?

—Sí.

—¿Sin seguirme?

Apolo hizo una mueca.

—Sí.

—¿Sin usar el anillo?

Silencio. Ahí estaba la parte difícil. Dámetor lo observó. No había burla ahora. Solo expectativa. Apolo miró su mano izquierda. El anillo dorado con diamante amarillo brillaba bajo la luz. Podía sentirlo. Podía localizarlo. Podía saber si Dámetor se aproximaba a una barrera. Y aquello le resultaba tranquilizador. Demasiado.

—No quiero usarlo —dijo.

Dámetor inclinó ligeramente la cabeza.

—No pregunté qué quieres.

Pausa.

—Pregunté si lo harás.

El dios sostuvo sus ojos.

—No.

Silencio. Dámetor asintió.

—Entonces trato.

Apolo soltó aire.

—Bien.

—Sin muebles.

El dios sonrió.

—Estoy orgulloso.

Una servilleta salió disparada. Apolo la atrapó.

—Eso no cuenta.

—Muchísimo.

El paseo sería después del mediodía. Apolo tuvo cuatro horas para arrepentirse. Las utilizó todas. Primero revisó mentalmente las defensas del bosque. Después envió a Lysander a inspeccionar un sendero. Luego se dio cuenta de lo que estaba haciendo.

—No.

Lysander, que ya estaba junto a la puerta, giró.

—¿No qué?

—No vayas.

—¿Por qué?

Apolo cerró los ojos.

—Porque estaría preparando el camino.

Lysander levantó una ceja.

—Sí.

—Eso es control.

—Probablemente.

—Dámetor quiere caminar solo.

—También.

El dios apretó los labios.

—Entonces no hagas nada.

Lysander sonrió.

—Ya no estaba haciendo nada.

—Bien.

—¿Quieres que me quede aquí para recordártelo?

Apolo lo miró.

—Vete.

—Eso sí puedo hacer.

Después intentó trabajar. No funcionó. Leyó una carta tres veces. Seguía sin saber qué decía. Mara entró en su estudio.

—¿Problemas?

—No.

—¿Dámetor?

Apolo levantó la mirada.

—¿Por qué todo el mundo supone inmediatamente que cualquier problema es Dámetor?

Mara pensó.

—Porque desde que llegó, el cuarenta por ciento del mobiliario ha volado al menos una vez.

—Eso no responde.

—Y porque llevas diez minutos mirando el mismo párrafo.

Apolo bajó los ojos. Maldita mujer.

—Va a salir solo.

Mara sonrió.

—Ah.

—No hagas ese sonido.

—¿Cuánto?

—Una hora y cuarenta minutos.

—Muy específico.

—Negociación.

—Naturalmente.

Mara cruzó los brazos.

—¿Y vas a dejarlo?

—Sí.

—¿Sin seguirlo?

—Sí.

—¿Sin usar el anillo?

Apolo la fulminó.

—Sí.

Mara abrió mucho los ojos.

—Eso sí es nuevo.

—No necesito comentarios.

—Yo creo que sí.

—No.

—Muchísimos.

Apolo cerró los ojos.

—Todos están arruinados por esa palabra.

Mara empezó a reír. Dámetor apareció poco antes de la hora acordada. No llevaba demasiadas cosas. Un cuchillo pequeño, una botella de agua, la capa oscura y nada más. Apolo lo miró.

—¿Solo eso?

—¿Qué quieres que lleve?

—Algo para comer.

—No voy a pasar una semana.

—Podrías tener hambre.

—Apolo.

—Una fruta.

—No.

—Pan.

—No.

—Algo.

Dámetor levantó una ceja.

—¿Estás intentando convertirme en una excursión escolar?




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.