El Último Poder Del Olimpo

El beso que ninguno planeó

El beso ocurrió por culpa de una botella de vino. Al menos esa fue la versión que Dámetor sostuvo durante los siguientes tres días. Apolo, naturalmente, se negó a aceptarla. Según él, la botella no tenía responsabilidad alguna y culpar a un objeto inanimado era una forma cobarde de evitar la verdad.

Dámetor respondió que, viniendo de alguien que había discutido durante diez minutos con un sofá flotante, aquella reflexión resultaba bastante hipócrita. Pero todo aquello ocurrió después. Aquella tarde, ninguno de los dos sospechaba nada.

Habían pasado varias horas separados. Dámetor había recorrido el bosque durante las dos horas que Apolo le había concedido sin necesidad de una nueva guerra diplomática. El dios no lo había seguido, no había consultado el anillo y, para sorpresa de ambos, tampoco había pasado la tarde caminando desesperadamente de un lado a otro. Había trabajado. De verdad. Casi.

Mara lo había encontrado mirando una ventana solamente tres veces. Aquello podía considerarse progreso. Dámetor regresó antes de que el sol comenzara a descender. No porque hubiera prometido hacerlo. Tampoco porque existiera una hora límite. Simplemente había terminado su paseo. Cuando apareció en el castillo, llevaba los cabellos negros ligeramente desordenados por el viento y varias hojas enganchadas a la capa. Apolo lo encontró en el corredor principal. Se detuvo. Dámetor también.

—Hola.

—Hola.

Silencio. Apolo miró hacia la puerta del bosque. Después hacia él.

—¿Eso es todo? —preguntó Dámetor.

—¿Qué?

—No preguntas dónde estuve.

El dios levantó una ceja.

—En el bosque.

—Muy observador.

—Me dijiste que saldrías.

—¿Y no quieres saber qué hice?

Apolo pensó.

—Sí.

Dámetor sonrió.

—Pero.

—Puedo esperar a que quieras contarlo.

El joven se quedó quieto. Maldita sea. Otra vez. Otra respuesta correcta.

—Eso es muy irritante.

Apolo frunció el ceño.

—¿Por qué?

—Porque cada vez que haces algo razonable pierdo material para discutir.

El dios comenzó a reír. Dámetor sintió aquella reacción molesta en el pecho. Otra vez.

—No hagas eso.

—¿Reírme?

—Sí.

—Sigue siendo una prohibición extraña.

—Recomendación extremadamente firme.

Apolo sonrió.

—No aceptada.

Dámetor levantó una hoja con telequinesis.

—Cuidado.

—¿Qué nivel es una hoja?

—Advertencia estética.

—Eso no estaba en la lista.

—La lista es ilegal.

—Mara dice que piensa ampliarla.

—Mara quiere morir.

—Es inmortal.

Dámetor hizo una mueca.

—Detalles.

Cenaron juntos aquella noche. No había apuesta. No había negociación. Ninguna obligación. Dámetor simplemente había pasado por el salón donde Apolo estaba organizando algunos documentos y había preguntado:

—¿Comemos?

El dios tardó tres segundos en responder. Tres segundos demasiado largos. Dámetor levantó una ceja.

—Olvídalo.

—¡Sí!

Silencio. Apolo cerró los ojos.

—Quise decir sí.

Dámetor empezó a reír.

—Eso sonó desesperado.

—No.

—Muchísimo.

El joven salió hacia el comedor. Apolo lo siguió intentando recuperar dignidad. No funcionó. Eligieron un salón pequeño. Esta vez sin velas estratégicamente colocadas. Sin música. Sin decoración. Solo comida, vino y dos personas que ya empezaban a descubrir que podían pasar horas juntas sin necesitar una excusa. Dámetor examinó la botella.

—Este no es el vino de mis tierras.

—No.

—¿De tus viñedos?

—Sí.

El joven hizo una mueca.

—Entonces tenemos competencia.

Apolo levantó una ceja.

—No necesito competir.

—Eso diría alguien preocupado.

—Soy dios del vino...

Dámetor abrió mucho los ojos.

—No.

Apolo se detuvo.

—No soy dios del vino.

—Exactamente.

—Solo iba a decir que sé apreciar...

—Peor.

El dios soltó una carcajada.

—Prueba.

Dámetor sirvió. Bebió. Permaneció completamente serio. Apolo esperó.

—¿Y?

Dámetor pensó.

—Aceptable.

El dios abrió mucho los ojos.

—Aceptable.

—Sí.

—Ese vino fue elaborado con uvas cultivadas en terrazas sagradas durante...

Dámetor bebió otra vez.

—Bastante aceptable.

Apolo dejó la copa.

—Estás provocando.

—No.

—Mientes.

—Ahora sí corresponde.

El dios sonrió.

—Te gusta.

Dámetor levantó una ceja.

—No demasiado.

—Mucho.

Una cuchara flotó.

—Apolo.

—Muchísimo.

La cuchara salió disparada. El dios la atrapó.

—Entonces sí te gusta.

—Eso solo significa que me irritas.

—Según la escala oficial...

—No termines esa frase.

La botella permaneció entre ambos. Y acabó convirtiéndose en el centro de una disputa absolutamente innecesaria. Dámetor afirmó que el vino humano que Apolo había conseguido para él como regalo seguía siendo mejor. Apolo se sintió personalmente atacado.

—No puedes comparar.

—Acabo de hacerlo.

—Este vino tiene siglos de tradición.

—El otro también tiene sabor.

Silencio. Apolo se llevó una mano al pecho.

—Eso fue ofensivo.

—Objetivo cumplido.

—Pruébalo otra vez.

—Ya lo probé.

—No correctamente.

Dámetor levantó una ceja.

—¿Ahora existe una forma correcta de beber?

—Sí.

—¿Inventada por ti?

—En parte.

El joven comenzó a reír. Apolo tomó la botella. Dámetor la hizo levitar antes de que pudiera servir. El dios miró.

—Dámela.

—No.

—Estábamos bebiendo.

—Ya no.

—Dámetor.

La botella subió.

—¿Qué haces?

—Protegiendo tu dignidad.

—Mi dignidad está perfectamente bien.

—No después de perder contra vino humano.

Apolo levantó una mano. La botella se detuvo. Dámetor frunció el ceño. Telequinesis. Magia solar. La misma botella suspendida entre ambos.




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