El Último Poder Del Olimpo

Nada cambia por un beso

Dámetor despertó convencido de que el beso no había cambiado nada. Lo decidió antes incluso de abrir los ojos. Nada. Absolutamente nada.

Seguía siendo el mismo joven de cabellos negros, ojos violetas y paciencia limitada. Seguía encerrado en un castillo que no había elegido como hogar. Seguía llevando en el dedo anular izquierdo un anillo que Apolo había colocado sin su consentimiento. Seguía queriendo recorrer el bosque cuando quisiera, volver algún día a la ciudad y ver nuevamente a sus amigos. Un beso no podía borrar todo aquello. Mucho menos uno tan breve. Ni siquiera había sido particularmente elaborado.

Solo labios. Calor. Sorpresa. Un instante. Nada. Dámetor abrió los ojos. La primera cosa que vio fue el techo de su habitación. La segunda fue una almohada flotando sobre su cabeza. La tercera fue otra almohada. Y la cuarta, una cuchara que no recordaba haber llevado hasta allí. Cerró los ojos otra vez.

—No.

Los objetos siguieron flotando.

—Esto no significa nada.

La cuchara giró.

—Nada.

Una almohada subió unos centímetros. Dámetor abrió los ojos.

—Traidoras.

Desde la habitación contigua llegó la voz de Apolo:

—¿Ya estás discutiendo con objetos?

Silencio. Dámetor miró hacia la pared.

—¡NO!

—Escuché «traidoras».

—¡NO ERA CONTIGO!

—Eso me tranquiliza parcialmente.

El joven dejó caer las almohadas.

—Buenos días.

Se produjo una pequeña pausa.

—Buenos días —respondió Apolo.

Dámetor esperó. Nada más. Eso fue extraño. No hubo comentario sobre el beso. Ni insinuación. Ni frase insoportablemente satisfecha. Nada. Dámetor se incorporó.

—¿Estás bien?

La pregunta salió antes de que pudiera detenerla. Silencio. Después:

—Sí.

—Ah.

—¿Por qué?

Dámetor miró hacia la puerta comunicante.

—Nada.

Apolo soltó una pequeña risa.

—Mentirosa.

—¡SIGUE SIN CORRESPONDER!

La risa creció. Dámetor sonrió contra su voluntad. Y entonces recordó. El beso. Otra vez. Se llevó una mano a la boca. Solo un segundo. Después la retiró inmediatamente.

—Nada cambia por un beso —murmuró.

La cuchara volvió a levantarse. Apolo, al otro lado de la pared, tenía exactamente el mismo problema. Solo que, en su caso, no flotaban cucharas. Flotaba una botella. La botella. La del beso. La había guardado en un armario la noche anterior porque, según él, constituía un objeto histórico. Ahora estaba sobre su mesa. No recordaba haberla sacado. Eso era mentira. La había sacado cinco minutos después de despertar. La miró.

—Ridículo.

La botella permaneció inmóvil. Apolo apoyó los brazos sobre la mesa. No podía negar que algo había cambiado. Él sí quería repetirlo. Muchísimo. Quería caminar hasta la habitación contigua, tocar la puerta, esperar permiso, entrar y besar a Dámetor otra vez. Pero sabía que no debía hacerlo. No porque un segundo beso fuera necesariamente incorrecto. Sino porque Dámetor necesitaba saber que podía besarlo una noche y seguir siendo completamente libre al día siguiente. Eso era nuevo para Apolo. Muy nuevo.

Normalmente, los dioses convertían los acontecimientos importantes en pactos. Juramentos. Símbolos. Promesas. El primer beso entre dos personas podía terminar fácilmente convertido en una declaración de pertenencia. Apolo había hecho cosas peores. Precisamente por eso no quería repetirlas. Dámetor había dicho que el beso no cambiaba el significado del anillo. Tenía razón. No borraba el secuestro. No borraba la inmortalidad impuesta. No borraba las barreras.

Y Apolo empezaba a comprender que, si alguna vez conseguía un vínculo real con aquel joven, tendría que permitir que cada cosa nueva conviviera con las heridas antiguas hasta que fueran reparadas. No cubiertas. Reparadas. La idea era incómoda.bPero correcta.

—Nada cambia por un beso —murmuró.

Desde la habitación contigua llegó la voz de Dámetor:

—¡ESO MISMO DIJE!

Apolo se quedó inmóvil. Después comenzó a reír.

—¡DEJA DE ESCUCHARME!

—¡TÚ TAMBIÉN ME ESCUCHASTE!

—¡LA PARED ES MUY DELGADA!

—¡SIGUE SIENDO TU CASTILLO!

Apolo apoyó el rostro entre las manos. Esto iba a ser un día largo. El desayuno fue peor. No porque discutieran. Porque no lo hicieron. Dámetor llegó primero al comedor. Se sentó. Tomó pan. Sirvió vino. Apolo apareció varios minutos después. Se detuvo al verlo. Dámetor levantó los ojos.

—Hola.

—Hola.

Silencio. Demasiado silencio. Apolo se sentó frente a él. Dámetor bebió. El dios tomó fruta. Ninguno habló. Mara estaba al otro extremo de la mesa. Lysander a su lado. Ambos fingían no observar. Mal. Muy mal. Dámetor lo notó.

—No.

Mara levantó una ceja.

—¿Qué?

—No digas nada.

—No iba a decir nada.

—Tu cara.

Lysander tomó su copa.

—Yo tampoco.

Dámetor lo señaló.

—Especialmente tú.

—¿Por qué yo?

—Porque perdiste dinero por esto.

Silencio. Apolo levantó la cabeza.

—¿Qué?

Mara cerró los ojos. Lysander palideció. Dámetor sonrió lentamente.

—Ah.

Apolo miró a Mara.

—¿Qué dinero?

—Nada.

—Mara.

La mujer suspiró.

—Una apuesta insignificante.

Dámetor abrió mucho los ojos.

—¿INSIGNIFICANTE?

Lysander murmuró:

—Cinco monedas.

Apolo quedó inmóvil.

—¿Apostasteis sobre nosotros?

Mara levantó las manos.

—Técnicamente apostamos sobre cuánto tardarían.

Silencio. Dámetor dejó la copa. Apolo también. Lysander empezó a retroceder en la silla.

—No.

Mara miró hacia él.

—No qué.

—No quiero estar presente.

Dámetor sonrió. Una cuchara se elevó. Mara miró la cuchara.

—Nivel uno.

Otra cuchara.

—Nivel dos no existe.

Un plato se unió. Apolo cerró los ojos.

—Esto va a escalar.

Mara sonrió.

—Vale la pena.

Dámetor levantó una ceja. Todo el servicio de cubiertos comenzó a flotar. Lysander se puso de pie.




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