Pero aquella tarde fue diferente..No rompió nada. No levantó la voz. Ni siquiera caminó hacia ellos. Solo observó. Y eso resultó mucho peor. Dámetor estaba en el jardín oriental hablando con un joven llamado Caelion, uno de los inmortales encargados de cuidar los caballos solares. Era alto, de cabellos castaños y ojos claros, llevaba casi trescientos años viviendo en las tierras de Apolo y tenía la desafortunada costumbre de hablar con todo el mundo como si fueran viejos amigos.
Apolo nunca había tenido ningún problema con él. Hasta aquel momento. Caelion dijo algo. Dámetor soltó una carcajada. Apolo dejó de leer. Estaba sentado en una terraza distante con un pergamino abierto entre las manos. Mara, frente a él, continuó hablando durante varios segundos antes de darse cuenta de que el dios no estaba escuchando.
— Y por eso creo que deberíamos mover los establos del norte antes de...
Silencio. Mara siguió la dirección de su mirada. Vio a Dámetor. Vio a Caelion. Volvió hacia Apolo.
—Ah.
El dios no apartó los ojos.
—No.
—No dije nada.
—Ese sonido cuenta.
Mara sonrió.
—¿Qué hacen?
—Hablan.
—Peligrosísimo.
Apolo la miró.
—No te burles.
—Estoy intentando entender el riesgo.
—No hay riesgo.
—Entonces.
El dios volvió la mirada. Caelion estaba enseñándole algo a Dámetor. Una pequeña herradura dorada. Dámetor se inclinó para observarla. Demasiado cerca. Apolo sintió una punzada. Mara la vio reflejada en su expresión.
—No.
—¿Qué?
—No vayas.
—No iba a ir.
—Tu cuerpo acaba de inclinarse hacia adelante.
Apolo se recostó inmediatamente.
—Estaba acomodándome.
—Claro.
—Mara.
—Estoy orgullosa.
El dios levantó una ceja.
—¿Por qué?
—Porque todavía estás sentado.
Apolo cerró los ojos.
—Estoy rodeado de personas insoportables.
—Dámetor tuvo influencia.
—Muchísima.
Mara sonrió.
—Ya usas la palabra solo.
—Vete.
Dámetor notó la mirada mucho antes de volver hacia la terraza. Ya conocía esa sensación. No era magia. Era Apolo. Podía estar a cien metros y, aun así, sus celos parecían desarrollar presencia propia. Caelion seguía hablando.
—Los caballos reconocen energía divina, pero también reaccionan a emociones fuertes. Si estás enfadado, probablemente...
Dámetor miró hacia la terraza. Apolo. Sentado. Muy quieto. Demasiado quieto. Una sonrisa empezó a formarse..Caelion siguió la mirada.
—Ah.
Dámetor cerró los ojos.
—No hagas ese sonido.
—Perdón.
—Todo el castillo lo hace.
—Porque es muy fácil saber cuándo...
Se detuvo..Dámetor levantó una ceja.
—Continúa.
Caelion tomó aire.
—...cuando está preocupado.
Dámetor comenzó a reír.
—Cobarde.
—Quiero vivir otros trescientos años.
—Es inmortal.
—Uno puede tener una existencia eterna y aun así preferir evitar discusiones con Apolo.
Dámetor miró otra vez. E dios seguía observando. No se había acercado. Eso importaba. Mucho.
—Está intentando —murmuró.
Caelion sonrió.
—Sí.
Dámetor volvió hacia él.
—Entonces terminemos antes de que se convierta en estatua.
Caelion le mostró cómo acercarse a uno de los caballos solares. El animal era enorme, blanco y dorado, con una crin que parecía encendida bajo la luz. Dámetor lo observó.
—Es hermoso.
—No le digas eso a Apolo.
—¿Por qué?
—Competencia.
Dámetor soltó una carcajada. Desde la terraza, Apolo entrecerró los ojos. Mara lo vio.
—¿Qué dijo?
—No escuché.
—Entonces ¿por qué esa cara?
—Dámetor se está riendo otra vez.
Mara apoyó la frente contra una mano.
—Esto va a ser largo.
El caballo acercó el hocico. Dámetor levantó una mano. No usó telequinesis. Lo tocó suavemente. El animal permaneció quieto.
—Le agradas —dijo Caelion.
—Tiene buen gusto.
—Eso también se pega de Apolo.
Dámetor giró.
—Retira.
Caelion empezó a reír. El caballo también pareció hacer un sonido extraño. Dámetor lo señaló.
—Tú no participes.
Entonces Caelion cometió el error. No enorme. Ni siquiera consciente. Simplemente extendió una mano y retiró una hoja que había quedado atrapada entre los cabellos negros de Dámetor. Un gesto mínimo. Dos segundos. Apolo se levantó. Mara cerró los ojos.
—No.
—Solo voy...
—No.
—Tenía algo en el cabello.
—Una hoja.
—Podía quitársela él.
—No la vio.
—Yo sí.
Mara abrió mucho los ojos.
—Desde cien metros.
Apolo se quedó quieto. Silencio.
—Tengo buena visión.
—Eso ya lo sabemos.
El dios empezó a caminar. Mara lo sujetó del brazo.
—Apolo.
Él miró la mano. Después a ella. Mara la retiró.
—Recuerda.
—¿Qué?
—Sentir no es prohibir.
La frase golpeó. Apolo miró nuevamente hacia Dámetor. Caelion ya estaba hablando de otra cosa. No había ocurrido nada. Nada. Absolutamente nada. El dios respiró.
—Lo sé.
—Entonces si vas, ve porque quieres hablar con Dámetor. No porque quieras quitar a Caelion del jardín.
Apolo hizo una mueca.
—Puedo querer ambas cosas.
—Una es problema tuyo.
Silencio. El dios cerró los ojos.
—Odio tu amistad con él.
Mara sonrió.
—No tanto como te gusta que te enseñe cosas.
—Vete.
Apolo no fue. Eso sorprendió a Dámetor. Esperó cinco minutos. Diez. Nada. Cuando terminó con el caballo, Caelion se despidió.
—Mañana puedo enseñarte a montarlo.