Seguía siendo el mismo aro de oro impecable, ajustado a su dedo anular izquierdo, con el diamante amarillo capturando cualquier destello de luz que atravesara las ventanas del castillo. Los símbolos de Apolo permanecían grabados alrededor del metal: el sol, la lira, la flecha.
Hermoso. Demasiado hermoso para algo que había comenzado siendo una cadena. Aquella contradicción lo irritaba. Muchísimo. Dámetor estaba sentado en la biblioteca con cuatro libros abiertos frente a él. Uno hablaba de vínculos divinos. Otro, de objetos de inmortalidad. El tercero estaba escrito en una forma arcaica de griego que había obligado a Apolo a traducirle media tarde.
El cuarto simplemente tenía dibujos. Dámetor prefería el cuarto. Una pluma flotaba sobre su cabeza mientras leía. Después otra. Un tintero se levantó.
—No.
Los objetos permanecieron suspendidos.
—No estoy enfadado.
El tintero giró.
—Estoy pensando.
Una silla cercana se elevó dos centímetros. Dámetor cerró los ojos.
—Eso ya parece una acusación.
Desde el otro extremo de la biblioteca llegó una voz conocida.
—Diría que estás entrando en nivel tres.
Dámetor abrió los ojos..Apolo estaba apoyado contra una columna, vestido de negro y dorado. Negro. Otra vez. Dámetor lo observó demasiado tiempo. El dios sonrió.
—¿Qué?
—Nada.
—Me estás mirando.
—Estoy evaluando una mala decisión estética.
—Me dijiste que me quedaba mejor.
Dámetor levantó una ceja.
—Eso no significa que debas usarlo para manipularme.
Apolo comenzó a reír. La silla descendió. La pluma también. El dios lo vio.
—Curioso.
—No.
—Cada vez que me río...
—No termines.
—...tus objetos bajan.
Dámetor levantó el tintero.
—También puedo hacer que suban.
—Demostrado.
El tintero descendió lentamente.
—No abuses.
Apolo caminó hacia la mesa.
—¿Puedo sentarme?
Dámetor levantó una ceja.
—Sí.
El dios tomó asiento frente a él.
—Sigues investigando.
—Sí.
—¿El anillo?
Dámetor levantó la mano.
—El problema dorado.
Apolo hizo una mueca.
—Tiene un diamante bastante bonito.
—No defiendas al enemigo.
—Lo diseñé yo.
—Precisamente.
Dámetor cerró uno de los libros.
—Quiero preguntarte algo.
Apolo se puso serio. Ya había aprendido que aquella frase podía preceder una conversación peligrosa.
—Pregunta.
El joven giró lentamente el anillo.
—¿Qué significaba para ti cuando me lo pusiste?
Silencio. Apolo no respondió inmediatamente. Dámetor lo miró.
—No quiero la versión bonita.
—No iba a darte una.
—Bien.
—¿Quieres la verdad exacta?
—Sí.
El dios bajó los ojos hacia la joya. Pareció resultarle más fácil hablar mirando el oro que mirando a Dámetor.
—Propiedad.
El joven quedó inmóvil. Aunque lo sabía, escuchar la palabra produjo un pequeño golpe.
—Así de simple.
Apolo cerró los ojos.
—Sí.
—¿Pensabas que me poseías?
—Pensaba que podía hacerlo.
Dámetor apoyó la espalda contra el sillón.
—Eso es peor.
—Lo sé.
—¿Y estabas orgulloso?
Apolo tardó.
—Sí.
No hubo defensa. Ni contexto. Ni excusa. Solo sí. Dámetor observó su rostro.
—Explícamelo.
El dios levantó los ojos.
—Los dioses hemos utilizado marcas desde antes de que la mayoría de las ciudades humanas existieran.
—Eso no convierte algo en correcto.
—No.
—Continúa.
Apolo asintió.
—Algunas marcas eran pactos. Otras eran bendiciones. Algunas protegían sacerdotes o guerreros. Y otras...
—Eran propiedad.
—Sí.
El joven volvió a girar el anillo.
—¿Y tú elegiste esa.
Apolo respiró.
—Cuando te encontré, sentí tu poder antes incluso de comprenderlo. Después vi lo que podías hacer. Supe que otros dioses podrían sentirte también.
—Entonces llegaste primero.
La frase fue fría. Apolo hizo una mueca.
—Sí.
—Qué romántico.
—No lo fue.
Silencio. Eso detuvo la ironía. Apolo sostuvo la mirada violeta.
—No voy a fingir que lo fue.
Dámetor bajó la mano.
—¿Por qué oro?
La pregunta sorprendió.
—¿Qué?
—El anillo. ¿Por qué oro?
Apolo miró la joya.
—Es uno de mis metales.
—Naturalmente.
—Y porque resiste muy bien la magia solar.
—¿El diamante amarillo?
—Representa luz concentrada.
Dámetor levantó una ceja.
—Eso suena absurdamente parecido a ti.
Apolo sonrió.
—Lo sé.
El joven intentó no reír..Fracasó ligeramente.
—¿Y el dedo anular?
Esta vez el dios se quedó quieto. Dámetor lo notó.
—Ah.
—No empieces.
—Eso tiene una explicación.
Apolo cerró los ojos.
—Sí.
—Quiero escucharla.
—Dámetor.
—Apolo.
Una cuchara que ni siquiera debería haber estado en la biblioteca apareció flotando desde una bandeja abandonada..El dios miró hacia ella.
—¿De dónde salió eso?
—No cambies de tema.
Apolo suspiró.
—Porque quería que fuera evidente.
—¿Qué cosa?
Silencio.
—Que eras mío.
La cuchara dejó de flotar. Dámetor permaneció completamente quieto.
—Ah.
Apolo miró hacia otro lado.
—Lo sé.
—No digas eso.
—¿Qué?
—«Lo sé».
Pausa.
—Quédate aquí.
El dios volvió la mirada..Dámetor estaba serio.
—No huyas de la conversación solo porque te avergüenza quién eras hace unas semanas.
Apolo se quedó inmóvil. Aquello golpeó.
—Bien.
Dámetor tomó aire.
—Entonces lo pusiste ahí para que cualquiera que lo viera entendiera que no debía acercarse.
—Sí.
—¿Especialmente otros dioses?