El Último Poder Del Olimpo

El bosque de Dámetor

El bosque cambió el día en que Apolo dejó de decirle a Dámetor cuánto tiempo podía permanecer en él.

No ocurrió mediante una ceremonia, ni con un anuncio solemne, ni con una de aquellas declaraciones grandilocuentes que al dios del sol le gustaba pronunciar como si cualquier decisión cotidiana mereciera ser convertida en profecía. Ocurrió durante el desayuno.

Dámetor estaba sentado junto a una de las ventanas abiertas, vestido de negro y violeta, con el cabello oscuro todavía ligeramente desordenado y el anillo de oro brillando en su dedo anular izquierdo. Había pasado buena parte de la mañana observando un mapa de las tierras de Apolo que Lysander había conseguido para él. El mapa era enorme. Y profundamente irritante. Porque tenía demasiadas zonas marcadas con pequeños símbolos dorados.

—¿Qué significa esto? —preguntó Dámetor.

Apolo levantó los ojos desde un pergamino.

—¿Qué?

El mapa flotó hasta colocarse frente al dios. Apolo levantó una ceja.

—Podrías traerlo con las manos.

—Podrías responder.

—También.

El dios observó el punto señalado.

—Territorio occidental.

—Eso ya lo veo.

—Entonces.

Dámetor hizo una mueca. Una cuchara empezó a levitar. Apolo la miró.

—Molestia leve.

—No clasifiques antes del desayuno.

—Estoy perfeccionando el sistema.

—El sistema es ilegal.

Apolo rio. Dámetor señaló nuevamente el mapa.

—¿Por qué hay un sol aquí?

—Porque esa zona está protegida.

—¿De qué?

—Criaturas antiguas.

—¿Peligrosas?

—Algunas.

Dámetor sonrió. Apolo dejó el pergamino.

—No.

—No he dicho nada.

—Tu cara.

—Quiero ir.

—Naturalmente.

—Hoy.

El dios respiró. Dámetor esperó. La respuesta habría sido fácil semanas atrás. No. Después habrían empezado las negociaciones. Una cuchara. Un libro. Una silla. Quizá una mesa. Si la conversación alcanzaba niveles particularmente difíciles, un sofá. Sin embargo, Apolo no dijo nada. Dámetor levantó una ceja.

—¿Estás pensando?

—Sí.

—Eso parece peligroso.

—Muchísimo.

El joven sonrió. Apolo miró el mapa. Después el anillo. Después a él.

—Ve.

Silencio. Dámetor parpadeó.

—¿Qué?

—Ve.

—¿Cuánto tiempo?

El dios permaneció callado.

—Apolo.

—El que necesites.

La cuchara cayó. Dámetor ni siquiera intentó atraparla. Golpeó la mesa. Ambos la miraron. Después Dámetor volvió lentamente hacia él.

—Repite.

Apolo hizo una mueca.

—No voy a repetir cada concesión para que puedas convertirla en acontecimiento.

—Tú conviertes en acontecimiento cuando llevo una camisa que me regalaste.

—Eso es distinto.

—No.

—Muchísimo.

Dámetor señaló el mapa.

—¿Puedo ir solo?

—Sí.

—¿Sin que me sigas?

Apolo apretó ligeramente la mandíbula.

—Sí.

—¿Sin usar el anillo?

Una pausa. Más corta de lo habitual.

—Sí.

Dámetor se quedó mirándolo.

—¿Y cuándo tengo que regresar?

Ahí apareció algo. Una pequeña sombra en los ojos dorados. No autoridad. Miedo. Pero Apolo lo controló.

—Cuando quieras.

Dámetor dejó de respirar. No porque necesitara hacerlo. Porque aquellas dos palabras parecieron abrir algo que ninguna barrera había conseguido abrir todavía.

Cuando quieras.

No en dos horas. No antes del anochecer. No antes de la cena.bCuando quisiera.

—¿Estás enfermo? —preguntó.

Apolo abrió mucho los ojos.

—¿Qué?

—Solo verifico.

—Estoy intentando hacer algo bien.

—Eso explica mi preocupación.

El dios lanzó una servilleta. Dámetor la detuvo en el aire.

—Violencia divina.

—Te la ganaste.

La servilleta descendió. Pero Dámetor seguía mirándolo.

—¿Por qué?

Esta vez Apolo comprendió la pregunta real.

—Porque si cada salida sigue siendo una concesión mía, entonces el bosque nunca dejará de parecerte una extensión del encierro.

Silencio. El joven no esperaba aquello. Apolo continuó:

—Quiero que tengas un lugar aquí que no exista porque yo te permití tenerlo.

Dámetor bajó la mirada hacia el mapa.

—Eso ha sido peligrosamente razonable.

—Estoy teniendo una buena mañana.

—No abuses.

El bosque occidental empezaba más allá del lago de cristales amarillos. Dámetor había visto aquella región desde lejos varias veces, pero nunca había llegado hasta allí solo. Los árboles eran más altos, las raíces rompían la tierra formando pequeños muros naturales y la luz entraba en columnas estrechas que convertían el suelo en una mezcla de sombras verdes y oro.

Caminó despacio. No porque tuviera miedo. Porque quería sentir exactamente qué significaba aquello. Nadie detrás. Ninguna cuenta regresiva en la cabeza. Ninguna obligación de mirar el cielo para calcular cuánto faltaba. Podía regresar en veinte minutos. O al anochecer. O después. La idea era extraña. Dámetor se detuvo. Miró hacia atrás. No había Apolo. Sonrió.

—Lo está haciendo.

Una hoja se elevó. Después otra. Cinco. Diez. Dámetor caminó otra vez. Las hojas lo siguieron. No porque estuviera enfadado. Simplemente porque podía. Descubrió un sendero tan cubierto por ramas que probablemente nadie lo recorría desde hacía años. Dámetor extendió una mano. Las ramas se apartaron. No violentamente.bSe doblaron. Se levantaron. Algunas piedras rodaron hacia los costados. El sendero apareció. Dámetor sonrió.

—Mucho mejor.

Siguió. La telequinesis estaba cambiando. Eso era evidente. Al principio necesitaba mirar directamente los objetos. Después había aprendido a sentirlos. Ahora podía distinguirlos sin verlos. Piedras bajo hojas. Ramas detrás de árboles. Pequeños objetos enterrados. Cada cosa parecía tener un peso distinto dentro de su percepción. No era exactamente visión. Era presencia. Dámetor cerró los ojos. El bosque desapareció visualmente. Pero no para su poder. Sintió una piedra a tres metros.




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