Estaba sobre una mesa pequeña en la habitación de Dámetor, junto a una jarra de agua y un libro que había quedado abierto boca abajo. La copa subió lentamente, apenas unos centímetros, y permaneció allí suspendida en la oscuridad. Después se levantó el libro. Luego la jarra. Una pluma. Una silla. Nada cayó. Nada se rompió. Todavía. Dámetor dormía.
Estaba acostado de lado, con una mano bajo la almohada y la otra extendida sobre las sábanas. El anillo de oro y diamante amarillo brillaba tenuemente en su dedo anular izquierdo. Sus cabellos negros se extendían sobre la almohada y su rostro parecía tranquilo. Pero estaba soñando. Y el sueño no tenía nada de tranquilo. La taberna. Otra vez. El vino. Las risas. Sus amigos.
Miro estaba hablando demasiado alto. Cassian intentaba convencer a todos de que podía ganar una apuesta imposible. Iriel cantaba de forma espantosa. Taren le arrojaba migas de pan. Dámetor reía. Todo era normal. Como antes. Como si Apolo nunca hubiera aparecido. Como si el mundo todavía fuera pequeño y humano y sencillo. Entonces la puerta se abrió. Luz dorada. Dámetor dejó de reír. Todos siguieron hablando. Nadie vio al hombre rubio entrar. Solo él. Apolo avanzó entre las mesas. No era el Apolo que Dámetor conocía ahora. No el que preguntaba antes de acercarse.
No el que había aprendido a quedarse sentado mientras los celos le incendiaban la paciencia. Era el primero. El de aquella noche. Hermoso. Perfecto. Terriblemente seguro de que todo lo que deseaba podía convertirse en suyo. Dámetor intentó levantarse. No pudo. Miró hacia abajo. Tenía cadenas doradas alrededor de los tobillos.
—No.
Apolo seguía acercándose.
—No.
Miro continuaba riendo. Dámetor gritó:
—¡Miro!
Nada. Nadie lo escuchó. Apolo llegó hasta él. Tomó su mano izquierda. El anillo apareció. Dámetor intentó retirarla. No pudo.
—No.
La joya cerró sobre su dedo. Una vez. Dos. Tres vueltas de oro. Cada vez más gruesa. El anillo comenzó a crecer. Se extendió sobre su mano. Después por la muñeca.
—No.
Oro. Más oro. Una cadena que subía por su brazo. Dámetor intentó utilizar telequinesis. Nada se movió. Apolo sonrió.
—Ahora eres mío.
—No.
—Para siempre.
El oro llegó al hombro. Dámetor forcejeó.
—¡NO!
La taberna desapareció. En la habitación real, la silla golpeó el techo. La jarra explotó. No cayó. Los fragmentos quedaron suspendidos en el aire..Cientos de pequeños cristales giraron lentamente. Dámetor siguió dormido. Respiración rápida. Manos tensas. La cama comenzó a temblar. El sueño cambió. Castillo. Puertas cerradas. Dámetor corría. Una. Cerrada. Otra. Cerrada. Otra. Barrera dorada. Golpeó.
—¡Ábreme!
La voz de Apolo llegó desde alguna parte.
—No.
—¡APOLO!
—Estás protegido.
—¡QUIERO SALIR!
—No.
Dámetor golpeó la barrera. Nada. Otra vez. Nada. Telequinesis. Nada. El poder había desaparecido. Miró sus manos. El anillo brillaba. Una voz susurró:
—Porque me perteneces.
—No.
—Porque yo decido.
—No.
—Porque nunca podrás marcharte.
Dámetor retrocedió. El corredor empezó a encogerse. Las paredes se acercaban. Ventanas desapareciendo. Puertas cerrándose. El aire volviéndose oro.
—No.
La segunda ventana de su habitación estalló. El sonido atravesó todo el ala occidental del castillo. Pero los cristales no cayeron. Se quedaron allí. Suspendidos. Miles. Pequeños. Brillantes bajo la luz lunar. Después se elevaron los fragmentos de la primera jarra. La lámpara. Los libros. La mesa. El colchón completo. Dámetor se levantó con él. Todavía dormido. La cama quedó suspendida a casi un metro del suelo. Una onda invisible atravesó la pared. Apolo despertó. No abrió los ojos lentamente. Los abrió de golpe. Algo estaba mal. No el anillo. El vínculo. Una vibración. Miedo. No suyo. Se incorporó. La primera cosa que escuchó fue cristal. Mucho cristal. Después un golpe. Luego otro.
—Dámetor.
Se levantó. Corrió hacia la puerta comunicante. La abrió. Y se detuvo. Parecía una tormenta. No de lluvia. De cristal. Toda la habitación de Dámetor estaba suspendida. Literalmente. Cientos de objetos flotaban alrededor de la cama. Libros abiertos giraban lentamente. Sillas. Almohadas. Una mesa. Fragmentos de vidrio. Pedazos de una ventana. Pequeños espejos. Copas.
Una lámpara de cristal había explotado y sus partes estaban distribuidas por toda la habitación como estrellas. Dámetor dormía en medio. La cama suspendida. Su cuerpo temblaba. Apolo sintió miedo. Pero esta vez era distinto. No miedo de que se hubiera marchado. Miedo de acercarse mal.
—Dámetor.
Nada. El joven se movió.
—No.
La voz apenas salió. Apolo dio un paso. Todos los cristales giraron hacia él. Silencio. Miles de filos. Apolo quedó inmóvil.
—Bien.
No utilizaría magia. No todavía. Podía hacerlo. Podía detener todo aquello con una explosión de luz. Podía inmovilizar a Dámetor. Podía forzar el anillo para bloquear la telequinesis. El pensamiento apareció. Viejo. Automático.
Contrólalo.
Apolo cerró los ojos. No. Aquella no era la respuesta. Dámetor seguía dormido. No estaba atacándolo. Estaba asustado.
—Dámetor.
El joven apretó los dientes.
—No soy tuyo.
Apolo sintió que algo se rompía dentro de él. No cristal. Otra cosa.
—No —respondió en voz baja.
Los cristales temblaron.
—No eres mío.
Dámetor siguió dormido. Apolo avanzó un paso. Los fragmentos se acercaron.
—Puedes irte cuando quieras — Otro paso —No tienes que quedarte.
Los cristales giraban. Unos pocos rozaron su piel. Pequeñas líneas aparecieron. No importaba.
—Dámetor.
El joven respiró con dificultad.
—No me encierres.
Apolo tragó.
—No lo haré.
Otro paso. La cama estaba ya a pocos metros.