Una sonrisa de ojos violetas, ladeada, tranquila, peligrosamente curiosa. ZXApolo la conocía demasiado bien.
—No —dijo.
Dámetor levantó una ceja.
—Todavía no hice nada.
—Precisamente.
—Qué poca fe.
—Tengo mucha fe en tu capacidad de convertir un ejercicio sencillo en una catástrofe.
Dámetor sonrió más.
—Eso ha sonado a elogio.
—No lo era.
—Lo aceptaré igualmente.
Apolo cerró los ojos. Habían salido temprano hacia uno de los campos de entrenamiento situados al norte del castillo. Era una explanada amplia, rodeada por árboles bajos y protegida con antiguas barreras solares capaces de absorber impactos mágicos. Después de la tormenta de cristal, ambos habían decidido que el entrenamiento de Dámetor debía avanzar.
No por miedo. No para controlarlo. Precisamente por lo contrario. Dámetor necesitaba saber hasta dónde llegaba su poder antes de que una situación real se lo mostrara de la peor manera posible. Aquella mañana llevaban dos horas. Hasta entonces todo había salido demasiado bien. Eso era lo preocupante. Dámetor había levantado simultáneamente cinco grandes bloques de piedra, los había hecho girar alrededor de sí mismo y después los había depositado exactamente en sus posiciones originales sin romper una sola brizna de hierba.
Después Apolo había lanzado treinta discos metálicos desde distintas direcciones. Dámetor los había detenido todos. Después cincuenta. Después cien. Ningún problema.
Finalmente el dios había utilizado objetos encantados. Más dificultad. Pero también éxito. Y ahora Dámetor lo miraba como si todos aquellos ejercicios fueran una pérdida de tiempo.
—Quiero algo más difícil —dijo.
Apolo hizo una mueca.
—Naturalmente.
—Esto ya lo puedo hacer.
—Hace semanas utilizabas tu poder principalmente para atacar muebles.
—Los muebles fueron excelentes maestros.
—Mi castillo todavía no está de acuerdo.
Dámetor soltó una carcajada.
—Algo más difícil.
Apolo lo observó.
—Podríamos trabajar precisión.
—Ya trabajamos precisión.
—Resistencia.
—También.
—Velocidad.
—Apolo.
—¿Qué?
—Estás evitando algo.
Silencio. Maldito joven.
—No.
Una pequeña piedra se elevó.
—Mentirosa.
—Sigue sin corresponder.
—Tu cara.
Apolo suspiró.
—Hay un nivel más.
Los ojos violetas se iluminaron.
—Ah.
—No pongas esa cara.
—¿Qué nivel?
El dios miró hacia el campo.
—Energía divina materializada.
Dámetor sonrió.
—La flecha.
Apolo quedó quieto.
—¿Qué?
—Ya lo hicimos una vez.
—Solo intentaste mover una.
—Y pude.
—Dos centímetros.
—Entonces hoy serán más.
El dios cerró los ojos.
—Eso es exactamente lo que me preocupa.
Dámetor caminó hacia el centro de la explanada.
—Hazla.
Apolo no se movió.
—Dámetor.
—No voy a romperme.
—No sabes eso.
—Tú tampoco.
Golpe directo. Apolo respiró.
—Una flecha divina no es solo un objeto.
—Lo sé.
—Es magia condensada.
—También.
—Puede atravesar barreras.
—Ya detuve una en el bosque.
Silencio. Apolo hizo una mueca.
—Una defensa automática.
—Divina.
—Sí.
—Entonces.
—No sabes cuánto de aquello fue instinto.
Dámetor cruzó los brazos.
—Precisamente por eso quiero repetirlo conscientemente.
El dios permaneció en silencio. El argumento era bueno. Demasiado.
—¿Qué quieres exactamente?
Dámetor sonrió.
—Que me dispares.
Apolo abrió mucho los ojos.
—No.
—Lo sabía.
—No voy a lanzarte una flecha divina.
—¿Por qué?
—Porque puede herirte.
—Si no la detengo.
—Exactamente.
—Entonces la detendré.
Apolo lo miró como si acabara de pronunciar la frase más absurda de la mañana.
—Ese razonamiento es terrible.
—Es eficiente.
—No.
—Cobarde.
Silencio. Dámetor había ido demasiado lejos. Lo supo. Apolo entrecerró los ojos.
—¿Cobarde?
El joven sonrió.
—Un poco.
—Dámetor.
—Mucho.
La luz dorada alrededor del dios aumentó. Dámetor levantó una ceja.
—Ahí está.
—¿Qué?
—El orgullo.
—No es orgullo.
—Muchísimo.
Apolo soltó una risa seca.
—Sabes exactamente qué estás haciendo.
—Sí.
—Manipulación.
—Motivación divina.
—Eso ni siquiera existe.
—Ahora sí.
Apolo caminó hacia una plataforma de piedra. Tomó su arco. El verdadero. No una representación. No una copia destinada al entrenamiento. Su arco solar. Dámetor dejó de sonreír. Aquello sí era distinto. El arma parecía hecha de oro líquido y luz. No tenía cuerda visible hasta que Apolo colocaba los dedos sobre ella. Entonces aparecía una línea luminosa. Dámetor sintió la energía. Su telequinesis reaccionó antes que él. Varias piedras cercanas temblaron. Apolo lo vio.
—Todavía podemos detenernos.
—No.
—Dámetor.
El joven lo miró.
—Confía en mí.
Silencio. Aquellas palabras. Apolo las había utilizado antes. Ahora regresaban desde el otro lado. El dios bajó ligeramente el arco.
—Eso es manipulación emocional.
Dámetor sonrió.
—¿Funciona?
Apolo cerró los ojos.
—Muchísimo.
Preparó la flecha. La luz comenzó a concentrarse entre sus dedos. Una línea dorada se extendió. Después se materializó. Flecha. Punta. Astil. Todo compuesto por energía solar. Dámetor la observó. Podía sentirla. No como piedra. Ni madera. Era distinta. Vibraba. No tenía masa normal, pero existía. Y su poder la reconocía. Eso era lo extraño. Dámetor levantó una mano.