El Último Poder Del Olimpo

La visita de Artemisa

Dámetor supo que algo importante ocurría en el castillo porque Apolo cambió de ropa tres veces antes del desayuno. La primera vez apareció vestido de blanco y dorado. Normal. La segunda, de negro y oro. Más sospechoso.

La tercera regresó al blanco, pero con una capa completamente distinta y una expresión de profunda insatisfacción. Dámetor lo observó desde la mesa mientras bebía vino.

—No.

Apolo se detuvo.

—¿Qué?

—Lo que sea que estás haciendo, no.

—No estoy haciendo nada.

Dámetor levantó lentamente una ceja.

—Cambiaste de ropa tres veces.

—Dos.

—Tres.

—La primera no cuenta.

—¿Por qué?

—Era provisional.

Dámetor cerró los ojos.

—Claro. Ropa provisional.

Mara, sentada al otro extremo de la mesa, empezó a reír. Apolo la ignoró. Dámetor tomó otra copa.

—¿Viene alguien?

Silencio. El dios lo miró. Demasiado tarde.

—Ah.

—¿Qué?

—Viene alguien.

—Sí.

—Importante.

—Depende de tu definición.

—Te cambiaste tres veces.

Mara intervino:

—Es importante.

Apolo la fulminó.

—Nadie te preguntó.

—Pero estaba ayudando.

Dámetor sonrió.

—¿Quién?

Apolo tomó una fruta.

—Artemisa.

La copa que Dámetor sostenía quedó inmóvil a medio camino.

—Tu hermana.

—Sí.

—La gemela.

—Sí.

—La que te encerró durante un día.

Mara soltó una carcajada. Apolo cerró los ojos.

—No debí contarte eso.

—Demasiado tarde.

Dámetor dejó la copa.

—¿Viene sola?

—No.

—Ah.

Apolo hizo una mueca.

—Vienen Lyra y Thalia.

Los ojos violetas se iluminaron.

—Las elegidas.

—Sí.

—Las que llevan los collares.

—Sí.

—Las que estuvieron...

Se detuvo. Apolo lo miró. Dámetor levantó una mano.

—No iba a decir nada.

—Tu cara.

—Aprendo de ti.

Mara sonrió.

—Esto va a ser extraordinario.

Apolo cerró los ojos.

—Todos ustedes son insoportables.

Dámetor bebió.

—Familia.

El dios abrió los ojos. La palabra cayó suavemente. Dámetor también la notó. Mara sonrió. Nadie la comentó. Artemisa llegó antes del mediodía. No utilizó carruaje. Ni caballos. Ni sirvientes anunciándola. Una ráfaga de luz plateada atravesó el jardín occidental y, cuando desapareció, tres figuras estaban allí. Dámetor las observó desde uno de los balcones. Lo primero que pensó fue que Apolo no había exagerado. Artemisa era idéntica a él en ciertos rasgos. Mismos cabellos rubios. Mismos ojos dorados..Misma belleza demasiado perfecta. Pero donde Apolo parecía hecho de luz cálida, música y sol, Artemisa tenía algo más frío.

Luna. Bosque. Silencio. Llevaba un vestido blanco y plateado de líneas sencillas, botas altas y un arco colgado sobre la espalda..A su derecha estaba Lyra. Pelirroja. Cabellos largos. Ojos verdes. Vestida de verde oscuro..En su cuello brillaba un collar con una piedra verde y símbolos lunares. A la izquierda estaba Thalia. Igualmente pelirroja. Igualmente de ojos verdes..Pero vestida de marrón oscuro y con un collar del mismo color alrededor del cuello.Dámetor observó.

—Son idénticas.

Apolo apareció a su lado.

—Mucho.

—Pero no exactamente.

—No.

—Lyra parece a punto de incendiar algo.

—Eso es bastante habitual.

—Y Thalia parece estar evaluando si debería impedirlo.

Apolo sonrió.

—También.

Dámetor lo miró.

—Me gustan.

—Todavía no hablaste con ellas.

—Detalles.

Artemisa levantó la mirada hacia el balcón. Vio a Apolo. Después a Dámetor. Silencio. La expresión cambió apenas. Curiosidad. Apolo lo notó. Dámetor también.

—¿Está evaluándome?

—Sí.

—Eso es hereditario.

—No.

—Muchísimo.

Apolo suspiró.

—Bajemos.

Dámetor levantó una ceja.

—¿Orden?

El dios cerró los ojos.

—¿Quieres bajar conmigo?

Dámetor sonrió.

—Mucho mejor.

Cuando llegaron al jardín, Artemisa ya caminaba hacia ellos..Apolo abrió los brazos.

—Hermana.

Artemisa lo miró de arriba abajo.

—Te cambiaste.

Silencio..Dámetor abrió mucho los ojos..Mara, que acababa de llegar detrás, se llevó una mano a la boca..Apolo quedó inmóvil.

—¿Qué?

Artemisa levantó una ceja.

—La última vez llevabas negro.

Dámetor giró lentamente hacia Apolo.

—Ah.

—No.

—Te cambiaste para ella.

—No.

—Tres veces.

Artemisa levantó las cejas.

—¿Tres?

Mara respondió:

—Tres.

Apolo cerró los ojos.

—Los odio.

Lyra empezó a reír..Thalia también..Dámetor sonrió.

—Esto empieza muy bien.

Artemisa abrazó a Apolo. Fue rápido. Natural. Después retrocedió y volvió la mirada hacia Dámetor. El joven sostuvo sus ojos. Ninguno habló durante unos segundos..Apolo empezó a tensarse..Dámetor lo notó.

—No.

El dios giró.

—¿Qué?

—No empieces.

—No estoy haciendo nada.

—Tu hombro se movió.

Artemisa levantó una ceja.

—¿Siempre le hablas así?

Dámetor sonrió.

—Solo cuando respira.

Lyra soltó una carcajada..Apolo hizo una mueca.

—Dámetor.

Artemisa observó el intercambio..Después sonrió.

—Me gusta.

—No —dijo Apolo inmediatamente.

Silencio..Dámetor abrió mucho los ojos..Lyra también. Thalia miró hacia el cielo..Mara cerró los ojos. Artemisa giró lentamente hacia su hermano.

—¿Perdón?

Apolo comprendió.

—No quise decir...

Dámetor empezó a reír.

—¡CELOS DE TU HERMANA OTRA VEZ!

—¡NO ESTOY CELOSO DE ARTEMISA!

Lyra levantó una mano.

—Parece.

Thalia añadió:

—Muchísimo.

Dámetor se volvió hacia ellas.

—Ya conocen la palabra.

Lyra sonrió.

—La escuchamos antes de llegar.

Apolo se llevó una mano al rostro.

—Esto será una pesadilla.

Las presentaciones continuaron con dificultad..Artemisa extendió una mano.




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