Dámetor había aceptado. Una vez. Ahora estaba sentado frente a Apolo en la biblioteca privada, con los brazos cruzados, una copa de vino a su derecha y tres libros flotando lentamente detrás de su cabeza. Apolo entró, vio los libros y se detuvo.
—¿Qué nivel es ese?
—Interrogatorio.
El dios cerró los ojos.
—No está en la escala.
—Desde hoy sí.
Dámetor señaló el sillón frente a él.
—Siéntate.
Apolo levantó una ceja.
—Eso ha sonado mucho a orden.
—Lo era.
—Ah.
—Siéntate, por favor.
El dios sonrió.
—Mucho mejor.
Un libro avanzó hacia su cabeza. Apolo tomó asiento inmediatamente.
—También funcionaba la primera versión.
Dámetor bajó el libro.
—Excelente.
Silencio. Apolo miró la copa. Después los libros. Después los ojos violetas que no parecían dispuestos a permitirle escapar mediante humor.
—Destructor —dijo Dámetor.
Apolo respiró.
—Sí.
—Artemisa me llamó así.
—Sí.
—Dos veces.
—Lo sé.
—Lyra y Thalia reaccionaron como si conocieran la palabra.
—La conocen.
—Tú dijiste que mañana hablaríamos.
—Y estamos hablando.
Dámetor levantó una ceja.
—Todavía no dijiste nada.
Apolo hizo una mueca.
—Esto será largo.
—Soy inmortal. Según tú tengo tiempo.
Golpe directo. El dios sonrió apenas.
—Punto para ti.
Los libros descendieron un poco.
—Empieza.
Apolo permaneció callado durante varios segundos. Dámetor no lo apresuró. Aquello era demasiado importante incluso para él. Finalmente el dios apoyó los brazos sobre las rodillas y habló.
—Antes de que existieran muchas de las civilizaciones que conoces, comenzaron a aparecer humanos diferentes.
Dámetor frunció el ceño.
—¿Con poderes?
—Sí, aunque esa palabra simplifica demasiado. Algunos podían manipular fuerzas naturales. Otros percibían cosas que ni siquiera los dioses menores podían detectar. Hubo personas capaces de atravesar regiones mágicas, resistir maldiciones, alterar materia o sobrevivir a ataques que deberían haberlos matado.
—Eso sigue sin explicar «destructor».
—Voy.
Dámetor hizo un gesto para que continuara. Apolo miró hacia una ventana.
—Al principio, los dioses los llamaron anomalías.
—Encantador.
—Después amenazas.
Dámetor sonrió sin humor.
—Más encantador todavía.
—Y finalmente descubrimos algo.
El dios volvió hacia él.
—Algunos de ellos podían afectar directamente poder divino.
Silencio. Los libros dejaron de moverse. Dámetor recordó la flecha. La llama de Lyra. El agua de Thalia. La barrera solar desplazándose bajo su voluntad.
—Como yo.
—Sí.
—¿Y Lyra?
—Sí.
—Thalia.
—También.
Dámetor se quedó quieto. Tres. El título que todavía no conocía empezó a construirse dentro de su mente.
—Entonces no somos elegidos.
Apolo hizo una mueca.
—También pueden serlo.
—No.
Dámetor negó.
—Quiero decir que eso no es lo que somos.
Silencio..Apolo entendió.
—No.
—¿Cómo nos llaman?
El dios sostuvo su mirada.
—Destructores de dioses.
Nada flotó. Eso fue lo que más preocupó a Apolo. Dámetor simplemente permaneció sentado. Completamente quieto.
—Repite.
—Destructores de dioses.
El joven bajó lentamente los ojos hacia sus manos. Blancas. Humanas en apariencia. Nada en ellas parecía capaz de justificar semejante nombre.
—Eso es dramático.
Apolo levantó una ceja..Dámetor soltó una pequeña risa.
—Muchísimo.
El dios sonrió apenas.
—Sí.
—¿Quién inventó el nombre?
—Probablemente un dios asustado.
Dámetor levantó los ojos.
—Eso sí me gusta.
Apolo rio. La tensión cedió apenas. Después Dámetor volvió a ponerse serio.
—¿Destructores porque podemos matarlos?
Silencio. Ahí estaba la parte que Apolo no quería pronunciar.
—Sí.
La respuesta cayó pesada. Dámetor parpadeó.
—¿A ti?
Apolo no mintió.
—Potencialmente.
—Artemisa.
—Sí.
—Zeus.
—Sí.
—Cualquier dios.
—Dependiendo del poder del destructor, su entrenamiento y el dios al que se enfrente.
Dámetor apoyó lentamente la espalda.
—Eso explica la flecha.
—Parte.
—Y por qué pude mover la magia de Lyra.
—Sí.
—Y por qué la defensa del bosque reaccionó conmigo.
—Probablemente.
Dámetor miró el anillo. Después a Apolo.
—Y explica por qué me secuestraste.
Silencio..Los hombros del dios se tensaron.
—En parte.
—Explícalo todo.
Apolo cerró los ojos..No había salida elegante.
—Sentí tu energía antes de verte.
—Ya lo dijiste.
—Pero no sabía todavía qué eras.
—¿Sospechabas?
—Sí.
Dámetor sintió un golpe de enojo. Un libro subió.
—Entonces cuando me viste en aquella taberna...
—Ya estaba siguiéndote.
Segundo libro.
—¿Cuánto?
—Dos días.
La mesa tembló.
—Apolo.
—Dámetor...
—¡DOS DÍAS!
Los libros se elevaron.
—¿Me observaste durante dos días y no me dijiste nada?
—Sí.
—¿Y después esperaste a que estuviera solo?
El dios bajó la mirada.
—Sí.
Una silla comenzó a subir.
—Me dormiste.
—Sí.
—Me llevaste al castillo.
—Sí.
—Me hiciste inmortal.
—Sí.
—Y me marcaste.
—Sí.
La mesa entera se elevó. Apolo no intentó detenerla. Dámetor respiraba con fuerza.