Lyra y Thalia ya formaban parte de su vida. Calíope debía aparecer tarde o temprano. Kael era el quinto y, según la profecía, resultaba inevitable que los cinco terminaran reuniéndose. Apolo entendía perfectamente la lógica. La odiaba. Muchísimo. El problema empezó después del entrenamiento de los tres destructores, cuando Dámetor, Lyra y Thalia consiguieron agrietar cuatro de las nueve barreras divinas sin siquiera haber intentado atacarlas.
Durante varias horas, Apolo y Artemisa analizaron lo ocurrido. Dámetor hizo algo completamente distinto. Preguntó por Calíope. Después preguntó por Kael. Después volvió a preguntar por Calíope. Luego por Kael. Finalmente preguntó cuánto tardarían en conocerlos. Y Apolo comprendió que el sufrimiento apenas comenzaba.
—Quiero ir al castillo de Atenea.
Apolo dejó la copa. Dámetor estaba sentado frente a él en uno de los balcones del ala sur. Habían terminado de cenar hacía apenas diez minutos y el joven parecía haber esperado exactamente aquel momento para atacar.
—No.
Silencio. Dámetor levantó una ceja.
Apolo cerró los ojos.
—Quise decir...
—No. Dijiste perfectamente lo que querías decir.
Una cucharilla comenzó a levitar.
—Dámetor.
—Apolo.
El dios respiró.
—Quise decir que no podemos aparecer sin avisar.
La cuchara dejó de subir.
—Mejor.
—Atenea tiene sus propias tierras, su propia organización y...
Dámetor sonrió.
—Y una destructora.
—Calíope.
—Sí.
—Sé cómo se llama.
—Entonces.
Apolo hizo una mueca.
—Hablaré con Atenea.
La cuchara descendió.
—Excelente.
El dios tomó vino. Dámetor bebió también. Silencio. Apolo sabía que faltaba algo. Naturalmente.
—Y después quiero conocer a Kael.
Apolo cerró los ojos. Ahí estaba.
—No.
Dámetor abrió mucho los ojos.
—Otra vez.
—Él es distinto.
—¿Por qué?
—Porque está con Ares.
—Eso ya lo sé.
—Ares es complicado.
Dámetor lo miró. Después miró alrededor. Volvió hacia él.
—¿Y tú qué eres?
Silencio. Apolo frunció el ceño.
—Eso fue ofensivo.
—Muchísimo.
—No me compares con Ares.
—¿Por qué? Ambos son dioses posesivos que intentaron marcar a alguien porque tenían miedo de perderlo.
El dios dejó la copa. Dámetor sonrió.
—Ah.
—¿Qué?
—Te quedaste sin argumento.
Apolo apretó los labios.
—Ares es más violento.
—Tú me secuestraste.
Silencio.
—Punto para ti —admitió finalmente.
La sonrisa del joven aumentó. Apolo se levantó y caminó hasta la baranda. Dámetor lo observó.
—Estás celoso.
—No.
Una copa empezó a levitar.
—Mentirosa.
—Sigue sin corresponder.
—¿De Kael?
—No.
La copa subió.
—Apolo.
—No lo conozco suficientemente para sentir celos.
La copa no descendió..Dámetor levantó una ceja.
—Eso no fue respuesta.
El dios suspiró.
—Bien.
Giró.
—Un poco.
La copa permaneció.
—Mucho.
Todavía.
Apolo cerró los ojos.
—Muchísimo.
La copa descendió. Dámetor sonrió satisfecho.
—Esto funciona demasiado bien.
—Es manipulación mediante vajilla.
—Terapia visual.
—No existe.
—Ahora sí.
Apolo volvió a sentarse.
—No me gusta la idea de que lo conozcas.
—¿Por qué?
El dios dudó. Dámetor esperó.
—Porque Kael es.....
—¿Qué?
—Libre.
Silencio. Aquello sorprendió a Dámetor. La sonrisa desapareció. Apolo bajó la mirada hacia sus propias manos.
—Más libre de lo que yo he conseguido que tú seas todavía.
Dámetor permaneció quieto.
—No tiene marca. Puede atravesar dimensiones. Puede aparecer y desaparecer cuando quiera. Ares no puede impedir que se marche aunque quisiera.
El joven entendió antes de que Apolo lo dijera.
—Temes que lo admire.
El dios levantó los ojos.
—Sí.
—Ya lo admiro.
La expresión de Apolo se volvió terrible..Dámetor empezó a reír.
—¡Tu cara!
—No es gracioso.
—¡MUCHÍSIMO!
—Dámetor.
—No dije que esté enamorado.
—Eso no ayuda.
El joven casi se atragantó con la risa.
—¡NI SIQUIERA LO CONOZCO!
—Precisamente. Todavía.
Dámetor se llevó una mano al rostro.
—Estás celoso preventivamente.
Apolo hizo una mueca.
—Ya establecimos que existe esa categoría.
—Solo para ti.
—Me sirve.
Dámetor se acercó un poco.
—¿Qué crees que va a ocurrir?
—No sé.
—Imagina.
Mala idea..Apolo lo hizo. Kael. Rubio. Ojos violetas. Poder dimensional. Libre. Irónico. Descarado. Ares llevaba siglos sin conseguir controlarlo completamente. Y Dámetor...
Dámetor encontraría aquello fascinante..El dios lo sabía.
—Vas a hablar con él.
Dámetor levantó una ceja.
—Sí.
—Te contará que nadie puede retenerlo.
—Probablemente.
—Te encantará.
—Muchísimo.
Apolo hizo una mueca.
—Después querrás aprender cómo rompe marcas.
Dámetor abrió mucho los ojos.
—¿Puede?
—No.
—Ah.
—Pero seguramente buscarías alguna forma.
—Eso sí suena a mí.
—Exactamente.
Apolo se cruzó de brazos.
—Y terminarán intercambiando ideas sobre cómo irritar dioses.
Dámetor quedó quieto. Después una sonrisa peligrosísima apareció.
—Eso suena excelente.
—¡LO SABÍA!
El joven se dobló de risa. Apolo intentó conservar dignidad. No funcionó. Dámetor tardó varios minutos en recuperar aire.
—No puedes prohibirme conocerlo.
El dios bajó la mirada.
—Lo sé.
—Ni a Calíope.
—Lo sé.
—Ni a ninguna persona que me interese conocer.