El oro seguía allí..El diamante amarillo seguía capturando la luz. Los símbolos solares seguían grabados sobre el metal. Nada había cambiado todavía. Y, sin embargo, todo estaba a punto de hacerlo. Apolo había pasado tres noches estudiando los textos antiguos que hablaban de vínculos divinos, marcas de inmortalidad y objetos capaces de sostener una conexión sin convertirse en instrumentos de control. Había consultado pergaminos que no abría desde hacía siglos, enviado mensajes a Atenea, discutido con Artemisa y, para horror de su orgullo, incluso había aceptado una sugerencia de Hécate sobre cómo separar capas de magia sin destruir aquello que protegían.
Dámetor lo había observado durante esos días. Sin presionarlo. Más o menos. Porque también había preguntado cada cuatro horas si ya estaba listo. Apolo aseguraba que aquello no contaba como presión. Dámetor afirmaba que sí. Mara había terminado escribiendo una nueva entrada en la famosa escala emocional:
Anillo todavía sin modificar: Dámetor pregunta cada cuatro horas y finge que no está ansioso.
El papel había durado veintisiete minutos antes de salir volando por una ventana. Aquella mañana, sin embargo, nadie bromeaba. Apolo estaba sentado frente a él. Serio. Demasiado serio. Sobre la mesa descansaban varios pergaminos, una pequeña piedra solar, una aguja de oro, dos recipientes con líquido plateado y un círculo mágico trazado cuidadosamente alrededor de la mano de Dámetor. El joven miró todo.
—Esto parece excesivo.
Apolo levantó una ceja.
—Lo es.
—Me tranquilizas muchísimo.
—No era mi intención.
Dámetor observó la aguja.
—¿Eso para qué es?
—No va a tocarte.
—Bien.
—Sirve para abrir la estructura mágica del anillo.
—Eso sigue sonando preocupante.
Apolo sonrió apenas.
—Lo sé.
Dámetor lo miró.
—Estás nervioso.
El dios bajó los ojos hacia la joya.
—Sí.
—Mucho.
—Muchísimo.
Dámetor sonrió.
—Por una vez me gusta que lo admitas rápido.
Apolo no respondió. Eso le llamó la atención. El joven inclinó la cabeza.
—¿Qué ocurre?
El dios tardó.
—Cuando termine — Pausa —Podrás quitártelo.
Silencio. Dámetor miró su mano. Ahí estaba. La verdadera conversación. No sobre magia. No sobre riesgos. No sobre capas encantadas. Sobre la posibilidad. Quitarlo. Apolo continuó:
—Sin dolor. Sin romper tu inmortalidad. Sin activar ninguna defensa. Sin que yo pueda impedirlo.
Dámetor levantó lentamente los ojos.
—¿Y eso te asusta?
El dios sostuvo su mirada.
—Muchísimo.
La respuesta fue tan honesta que Dámetor sintió algo suave en el pecho.
—¿Quieres detenerte?
Apolo abrió mucho los ojos.
—No.
—¿Seguro?
—Sí.
—Podrías decirme que todavía no encontraste una forma.
—Pero la encontré.
—Podrías inventar un riesgo.
—También.
—Y quedarte tranquilo.
Apolo negó.
—No estaría tranquilo.
Dámetor levantó una ceja.
—¿No?
El dios miró la joya.
—Porque sabría que sigue siendo una cadena aunque tú ya no la sientas así todo el tiempo.
Silencio. Dámetor no supo qué responder. Apolo añadió:
—Y quiero dejar de necesitar cadenas.
Eso sí lo golpeó. El proceso comenzó lentamente. Apolo pidió permiso antes de tocar el anillo. Dámetor lo notó. Siempre lo notaba.
—Sí —dijo.
El dios apoyó dos dedos sobre el oro. BbLa joya se encendió. No con el brillo suave habitual. Con una luz intensa, casi blanca. Dámetor sintió calor. No dolor. Después apareció una vibración bajo su piel. La telequinesis reaccionó. Una pluma se elevó. Apolo la vio.
—¿Dolor?
—No.
—¿Mareo?
—No.
—¿Miedo?
Dámetor levantó una ceja.
—¿Eso es diagnóstico o curiosidad?
—Ambos.
El joven pensó.
—Un poco.
Apolo asintió.
—Bien.
—¿Bien?
—Prefiero saberlo.
Dámetor sonrió ligeramente.
—Entonces sigue.
El dios cerró los ojos. La luz se concentró. El círculo mágico alrededor de la mano comenzó a girar. Primero muy despacio. Después más rápido. Los símbolos del anillo se separaron visualmente. No físicamente. Como si tres capas de escritura dorada aparecieran superpuestas sobre el metal. Dámetor observó fascinado. Apolo señaló la primera.
—Inmortalidad.
La segunda.
—Reconocimiento divino y vínculo básico.
La tercera. El dios no dijo nada. Dámetor lo hizo.
—Control.
—Sí.
La tercera capa era más oscura. No negra. Pero sí más pesada. Rastreo. Restricción. Interferencia. Todo lo que había permitido a Apolo sentirlo, limitar fronteras y, si quisiera, intentar bloquear parte de su poder. Dámetor sintió un estremecimiento.
—Esa.
Apolo lo miró.
—¿Seguro?
El joven sostuvo sus ojos.
—Esa muere.
El dios sonrió.
—Esa muere.
No fue sencillo. La tercera capa estaba profundamente unida a las otras. Apolo empezó a separar hilos de magia uno por uno. Dámetor no entendía exactamente qué hacía, pero podía sentirlo. Cada vez que el dios liberaba una conexión, algo se aflojaba. No en el dedo. En otra parte.
Como una presión que llevaba tanto tiempo presente que Dámetor ya había dejado de reconocerla como presión. MmmUn hilo se rompió. El joven respiró.
—¿Eso qué fue?
—La función de localización.
Silencio. Dámetor miró a Apolo. El dios también lo sintió. Algo había desaparecido. Durante semanas, incluso cuando no activaba deliberadamente el anillo, Apolo podía percibir una presencia tenue. Dámetor. Lejana o cercana. Ahora no. Nada. El dios quedó inmóvil. El joven lo vio.
—Ya no puedes sentirme.
Apolo tragó.