Dámetor descubrió que llamar a Apolo mi dios era mucho más peligroso que besarlo. El beso podía justificarse. Había deseo. Había cercanía. Había momentos en los que uno olvidaba pensar. Pero las palabras no tenían esa ventaja. Las palabras salían de algún lugar más profundo.
Y, una vez pronunciadas, resultaban imposibles de fingir como accidente..El problema ocurrió una mañana perfectamente normal. O tan normal como podía ser una mañana en un castillo donde el dios del sol discutía con un joven capaz de levantar un piano con la mente porque alguien había utilizado su taza favorita.
—Es mía —dijo Dámetor.
Apolo miró la copa dorada que sostenía.
—Estaba sobre la mesa.
—Mi mesa.
—Está dentro de mi castillo.
Dámetor levantó lentamente una ceja. Apolo comprendió demasiado tarde.
—No.
—¿Qué?
—No quise decirlo así.
Una cuchara empezó a levitar.
—Sonó exactamente así.
—Dámetor.
—Tu castillo. Tu mesa. Tu copa. ¿Quieres continuar con el catálogo de posesiones?
Apolo dejó la copa inmediatamente.
—No.
—Bien.
Dámetor la hizo flotar hasta su mano.
—Porque después de tantos meses de progreso sería lamentable tener que colocar el comedor sobre el techo.
Apolo cruzó los brazos.
—No puedes amenazar con arquitectura cada vez que discutimos.
—Puedo.
—Eso no es saludable.
—Tampoco secuestrar personas en tabernas y aquí estamos.
Silencio. Apolo hizo una mueca.
—Eso fue hace mucho.
—Para un inmortal, unas semanas son nada.
—Cruel.
—Preciso.
El dios soltó una pequeña risa. Dámetor bebió de la copa. Apolo lo observó.
—¿Sabes qué?
—No.
—Creo que la utilizas precisamente porque sabes que me gusta.
Dámetor se quedó inmóvil.
—¿La copa?
—Sí.
—Eso es absurdo.
—Tiene mi símbolo.
El joven miró el pequeño sol grabado en un costado.
—Todo aquí tiene tu símbolo.
—No todo.
—Ayer encontré un tenedor con un sol.
Apolo pareció ofendido.
—Era ceremonial.
—Era un tenedor.
—Ambas cosas pueden ser ciertas.
Dámetor cerró los ojos.
—Mi dios insoportable.
Silencio. Abrió los ojos. Apolo estaba completamente quieto..Dámetor también. La copa dejó de moverse. Una servilleta cayó. La cuchara chocó contra la mesa. Ninguno habló.
—No —murmuró Dámetor.
Apolo parpadeó.
—¿Qué?
—No.
—Dijiste...
—No dije nada.
—Dámetor.
—Fue una construcción lingüística accidental.
Los ojos dorados empezaron a iluminarse. Literalmente.
—Me llamaste mi dios.
Dámetor dejó la copa.
—No conviertas.
—¡ME LLAMASTE MI DIOS!
—¡NO GRITES!
—¡LO DIJISTE!
Una silla empezó a levitar..Apolo la señaló.
—¡EMOCIÓN INTENSA!
—¡NO CLASIFIQUES!
La silla subió más.
—¡AFECTO DECLARADO!
—¡APOLO!
El sofá comenzó a elevarse..El dios abrió mucho los ojos.
—Bien. Me callo.
El sofá se detuvo. Dámetor respiró.
—Excelente.
Apolo se sentó otra vez. Demasiado sonriente. Dámetor lo miró.
—Deja de hacer eso.
—¿Qué?
—Existir con esa cara.
—No puedo.
—Eres un dios.
—No de rostros.
Dámetor cerró los ojos.
—Insoportable.
Apolo sonrió.
—Pero tuyo.
El sofá salió disparado hasta el techo. Mara encontró a Dámetor veinte minutos después en la biblioteca. No necesitó preguntar. El joven estaba sentado detrás de una montaña de libros, con cinco plumas flotando alrededor y una expresión que anunciaba que cualquier comentario podía resultar mortal para el mobiliario. Naturalmente, preguntó.
—¿Qué hizo?
Dámetor levantó una ceja.
—¿Por qué asumes que hizo algo?
—Porque tienes nivel cinco en plumas.
—No existe nivel de plumas.
—Lo estoy desarrollando.
Dámetor hizo una mueca. Mara tomó asiento frente a él.
—Entonces.
—Nada.
—Tu cara.
—Odio que todos hayan adoptado eso.
—Funciona.
Dámetor miró hacia un libro. No estaba leyendo. Mara sonrió.
—¿Fue romántico?
Una pluma salió disparada. Ella se apartó.
—Ah.
—No.
—Entonces sí.
—No.
—¿Lo besaste?
—No.
—¿Él te besó?
—No.
Mara frunció el ceño.
—¿Qué puede ser peor?
Dámetor permaneció callado. Error. Mara abrió lentamente los ojos.
—Dijiste algo.
—No.
—Sí.
—No.
—¿Qué dijiste?
—Nada.
—Dámetor.
Una silla empezó a flotar. Mara levantó ambas manos.
—No necesito saber.
La silla se detuvo.
—Gracias.
Pasaron tres segundos.
—Pero quiero muchísimo.
La silla avanzó. Mara salió corriendo. Apolo estaba en su estudio. No trabajaba. Había intentado. Había leído el mismo párrafo seis veces. Eso empezaba a ser una tradición.
Mi dios insoportable.
La frase volvía. Una y otra vez. No debería significar tanto. Era posesivo. Él mismo lo sabía. Había pasado semanas aprendiendo a no interpretar cada gesto de Dámetor como una declaración. A no convertir una noche compartida en promesa. A no transformar un beso en derecho. A no utilizar palabras afectuosas como contratos. Pero aquello...
Mi dios.
Apolo sonrió. Después intentó ponerse serio. Fracasó.
—No significa nada.
Silencio. Miró la piedra violeta sobre la estantería.
—Significa algo.
Se levantó. Volvió a sentarse.
—No voy a mencionarlo.
Cinco segundos.
—Mucho.
Diez.
—Muchísimo.
Una voz apareció desde la puerta.
—¿Hablas solo?
Apolo giró. Artemisa. El dios cerró los ojos.
—No.
La diosa entró.
—Sí.
—Pensamiento verbal.
—Claro.
Artemisa tomó una fruta de una bandeja.
—¿Qué ocurrió?
—Nada.
—Estás demasiado feliz.
—No.