—Deja de mirarme así —dijo Dámetor.
—¿Así cómo?
—Como si estuvieras esperando que ocurra una tragedia.
—No espero una tragedia.
La cuchara situada sobre una pequeña mesa comenzó a elevarse. Apolo levantó una ceja.
—Aunque reconozco señales.
Dámetor cerró los ojos.
—No empieces.
La cuchara quedó suspendida.
—¿Qué intentas hacer exactamente? —preguntó el dios.
—Nada.
—Llevas veinte minutos sentado mirando una cuchara.
—Estoy pensando.
—Eso es preocupante.
Dámetor abrió los ojos.
—Mi dios insoportable.
Silencio. Apolo sonrió. Demasiado.
—No.
—No dije nada.
—Tu cara.
—¿Puedo disfrutarlo internamente?
—Solo internamente.
—Muchísimo.
La cuchara salió disparada. Apolo la atrapó.
—Eso cuenta como afecto agresivo.
—Eso cuenta como advertencia.
El dios dejó la cuchara sobre el piano.
—Entonces explícame.
Dámetor apoyó los brazos sobre las rodillas.
—Quiero saber cuántos objetos puedo controlar de manera independiente.
Apolo dejó de sonreír.
—Ah.
—No pongas esa cara.
—¿Cuál?
—La de entrenamiento peligroso.
—Estamos en una sala llena de instrumentos.
Dámetor miró alrededor. Liras, arpas, violines, pequeños tambores, campanas, flautas, libros de partituras, sillas, mesas, lámparas. Sonrió.
—Precisamente.
Apolo cerró los ojos.
—No.
—Todavía no hice nada.
—Eso sigue siendo lo que más miedo me da cuando lo dices.
Dámetor se puso de pie..Caminó hasta el centro de la sala.
—En el bosque levanté miles de cosas.
—Sí.
—Pero no las controlaba individualmente.
Apolo comprendió.
—Las tratabas como un conjunto.
—Exactamente.
—Quieres separar órdenes.
—Sí.
El dios miró alrededor.
—¿Cuántas?
Dámetor levantó una ceja.
—Cien.
Silencio..Apolo lo miró.
—No.
—Ahí está.
—Dámetor.
—Puedo hacerlo.
—No sabes.
—Precisamente por eso probamos.
Apolo señaló el techo.
—Aquí no.
El joven hizo una mueca.
—¿Por qué?
—Porque ayer restauramos la lámpara central.
Dámetor miró hacia arriba. Una enorme estructura de cristal colgaba del techo.
—Cobarde.
—Responsable.
—Aburrido.
—Vivo con alguien que puede mover un piano cuando se irrita. Necesito compensar.
Dámetor sonrió.
—Entonces patio interior.
Apolo pensó.
—Mejor.
—¿Aceptas?
—Con condiciones.
Una silla empezó a levitar..El dios cerró los ojos.
—Recomendaciones.
La silla descendió.
—Mucho mejor.
El patio interior del castillo era amplio, rodeado de columnas blancas y arcos dorados. En el centro había una fuente circular y varias mesas utilizadas normalmente durante los banquetes de verano..Aquella noche no había invitados. Solo Mara, Lysander y una cantidad absolutamente absurda de objetos que Dámetor había ordenado llevar hasta allí. Apolo se detuvo en la entrada. Miró. Después volvió hacia Dámetor.
—No.
—¿Qué?
—Dijiste cien objetos.
—Sí.
—Eso parece un mercado.
Mara empezó a contar.
—Una silla, dos, tres...
Dámetor sonrió.
—Son cien.
Lysander levantó una ceja.
—Exactamente.
Apolo miró a ambos.
—¿Ayudaron?
Mara levantó una mano.
—Muchísimo.
El dios cerró los ojos.
—Traidores.
Había veinte cucharas. Diez copas. Diez libros. Cinco lámparas pequeñas..Quince piedras..Cinco almohadas..Diez platos..Cinco botellas vacías..Cinco candelabros..Cinco pequeñas esculturas..Y diez frutas..Apolo señaló las últimas.
—¿Por qué frutas?
Dámetor levantó una ceja.
—Variedad.
—Podías usar objetos resistentes.
—Precisamente quiero objetos diferentes.
Mara levantó una manzana.
—Además, si fracasa, tenemos cena.
Lysander sonrió.
—O compota.
Dámetor soltó una carcajada..Apolo se llevó una mano al rostro.
—Esta familia perdió completamente el sentido de supervivencia.
Mara levantó la copa.
—Somos inmortales.
—Eso no significa que debamos buscar nuevas formas de sufrir.
Dámetor se acercó.
—Estás nervioso.
—Sí.
—Mucho.
—Muchísimo.
El joven sonrió.
—Bien.
—Eso sigue siendo cruel.
Dámetor se colocó en el centro. Los cien objetos estaban distribuidos en un amplio círculo alrededor. Apolo se mantuvo cerca. No demasiado. Suficiente. Mara y Lysander se alejaron prudentemente.
—Cobardes —murmuró Dámetor.
—Sobrevivientes —respondieron ambos.
El joven sonrió..Después cerró los ojos..Silencio..Primero una cuchara..La misma categoría que siempre parecía iniciar todo..Ascendió..Después otra..Otra. Las veinte. Quedaron suspendidas..Apolo observó.
—Bien.
Dámetor no respondió..Diez copas. Subieron..Treinta objetos..Después los libros..Uno por uno..Cuarenta..Las piedras..Cincuenta y cinco..Nada temblaba..Dámetor abrió los ojos.
—Fácil.
Apolo hizo una mueca.
—No te confíes.
Cinco lámparas..Sesenta..Almohadas. Sesenta y cinco. Platos. Setenta y cinco. Botellas. Ochenta..Candelabros. Ochenta y cinco..Esculturas..Noventa. Finalmente las frutas..Una. Dos..Tres. Cien. Silencio. Mara abrió mucho los ojos..Lysander también. Apolo no dijo nada..Dámetor estaba en el centro de los cien objetos..Todos flotaban. Quietos..Perfectamente.
—Cien —murmuró Lysander.
Dámetor sonrió.