La noticia había llegado poco antes del mediodía, envuelta en una esfera de luz azulada que atravesó una de las ventanas del salón y se detuvo frente al dios mientras Dámetor intentaba convencer a una cuchara de que no significaba nada el hecho de que hubiera empezado a flotar apenas Apolo se había sentado demasiado cerca. La esfera se abrió. Una voz desconocida llenó la habitación.
—Se detectó movimiento en las fronteras occidentales. Dos criaturas antiguas atravesaron el corredor de Helios menor. No se conoce su intención. Se recomienda cerrar accesos hasta nuevo aviso.
Silencio. Dámetor dejó de mirar la cuchara. Apolo también. La esfera desapareció.
—¿Qué significa? —preguntó el joven.
El dios ya se había puesto de pie.
—Que hay algo en el bosque.
—¿Qué cosa?
—No sé.
—¿Peligrosa?
Apolo tardó medio segundo. Demasiado. Dámetor lo vio.
—Apolo.
—Posiblemente.
La cuchara descendió.
—Bien. Entonces averiguamos qué es.
—No.
Silencio. Dámetor levantó lentamente una ceja.
—¿Qué?
Apolo ya caminaba hacia la puerta.
—Cerraré temporalmente los accesos occidentales.
El joven se quedó inmóvil.
—No.
El dios se detuvo. Aquello fue inmediato. Duro. Muy claro.
—Dámetor.
—No cierres el bosque.
Apolo giró.
—Hay una amenaza desconocida.
—Hay un aviso.
—Suficiente.
—Para investigar.
—Para prevenir.
Dámetor cruzó los brazos.
—No cierres el bosque.
Silencio. La frase regresó. No como petición. Como frontera. Y Apolo sintió el viejo instinto levantarse dentro de él con una velocidad que odió.
Proteger.
Cerrar.
Controlar.
La misma secuencia. Otra vez.
—Solo será temporal —dijo.
Dámetor abrió mucho los ojos.
—No.
—Hasta saber qué está allí.
—No.
—Dámetor.
—Apolo.
Una silla empezó a elevarse..El dios la miró.
—No conviertas esto en...
—Tú lo estás convirtiendo.
La silla subió.
—Ese bosque es mi espacio.
—Dentro de mis tierras.
Silencio. La silla quedó inmóvil. Muy mala frase. Apolo cerró los ojos. Dámetor lo miró con una mezcla de incredulidad y enfado.
—Otra vez.
—No quise decirlo así.
—Pero lo pensaste.
—Sí.
La honestidad detuvo el crecimiento de la silla. No la bajó.
—Pensaste: mis tierras, mi decisión.
Apolo respiró.
—Sí.
—Y yo en medio.
—No.
—Eso es exactamente.
—No quiero encerrarte.
Dámetor soltó una risa seca.
—Solo quieres cerrar el lugar al que voy cuando necesito estar lejos de ti.
Golpe. Apolo quedó quieto.
—Eso no es justo.
—Es exacto.
—Hay criaturas desconocidas.
—Entonces dime qué sabemos.
—Muy poco.
—¿Atacaron a alguien?
—No.
—¿Destruyeron algo?
—No que sepamos.
—¿Entraron al castillo?
—No.
—¿Fueron vistas cerca de la pradera?
—No.
Dámetor levantó una ceja.
—Entonces quieres cerrar todo por miedo.
Apolo apretó la mandíbula.
—Por precaución.
—Miedo con vocabulario olímpico.
Silencio. El dios cerró los ojos. Artemisa iba a disfrutar demasiado cuando se enterara de que su propia frase regresaba para golpearlo. Apolo caminó hasta una ventana. El bosque occidental se extendía abajo. Verde. Oscuro. Amplio. El bosque de Dámetor. Durante semanas había aprendido a no contar horas. A no seguirlo. A no rastrearlo. A soportar que desapareciera entre árboles donde las torres ya no se veían. Y ahora una amenaza desconocida le daba la excusa perfecta. Eso era lo peor. No que la amenaza no existiera. Podía existir. Sino que una parte de él sintiera alivio ante la posibilidad de volver a cerrar. Dámetor lo sabía.
—Mírame.
Apolo giró. El joven estaba serio. Los ojos violetas no tenían humor.
—¿Quieres cerrarlo porque es realmente necesario o porque tienes miedo de que algo me ocurra allí?
Silencio. Apolo respondió:
—Ambas.
Dámetor asintió.
—Bien.
Eso sorprendió.
—¿Bien?
—Sí.
El joven se acercó.
—Porque si reconoces la segunda, podemos hablar de la primera.
Apolo permaneció quieto..Dámetor señaló hacia el bosque.
—Quiero información.
—Bien.
—No órdenes.
—Bien.
—Y no barreras automáticas mientras dormimos.
Apolo hizo una mueca. Dámetor levantó una ceja.
—Pensaste hacerlo.
—Sí.
—Mi dios insoportable.
La frase salió cansada más que afectuosa. Apolo sintió el golpe igual.
—Lo sé.
—No, todavía no.
Dámetor respiró.
—Estás intentando volver a ser el hombre que decide primero y explica después.
El dios bajó la mirada.
—Sí.
—Entonces detente.
Silencio.
—Eso intento.
La silla descendió. Mara llegó exactamente en ese momento. Vio la silla bajando. Miró a Dámetor. Después a Apolo.
—¿Qué pasó?
Ambos respondieron al mismo tiempo.
—Nada.
Mara levantó una ceja.
—Perfecto.
Dámetor señaló al dios.
—Quiere cerrar el bosque.
La mujer giró lentamente.
—Ah.
Apolo cerró los ojos.
—No hagas ese sonido.
—¿Por qué?
—Todo el mundo hace ese sonido cuando voy a quedar como idiota.
Mara sonrió.
—Quizá exista una correlación.
Dámetor soltó una risa. Apolo la fulminó.
—Hay una amenaza.
Mara se puso seria.
—¿Cuál?
—Dos criaturas antiguas en las fronteras occidentales.
—¿Atacaron?
Dámetor levantó ambas manos.
—¡GRACIAS!
Apolo miró a Mara.
—No.
—¿Entonces?
—Todavía no sabemos.
Mara pensó.
—Cerrar temporalmente una zona concreta podría ser razonable.