El bosque seguía abierto. La decisión también. Y, sin embargo, cuando el cielo comenzó a teñirse de oro, Dámetor pensó en el castillo. Después pensó en Apolo. Eso fue suficiente.
—Terrible —murmuró.
Una piedra pequeña se elevó junto a él.
—No empieces.
La piedra giró.
—No estoy regresando por él.
Otra piedra. Dámetor cerró los ojos.
—Bien. Parcialmente.
Las dos piedras descendieron.
—Traidoras.
Empezó a caminar. El bosque estaba distinto al atardecer. No más silencioso. Más profundo. Las sombras se extendían entre las raíces y los últimos rayos de luz atravesaban las copas como columnas doradas. Dámetor conocía ya buena parte del camino, pero no necesitaba utilizar el sendero exacto. Podía sentir las piedras bajo la tierra. Las ramas. Los pequeños desniveles. Su telequinesis había convertido aquel lugar en una especie de mapa invisible. Pero esa tarde había otra sensación. No mágica. Expectativa. Una parte de él quería llegar. No al castillo. A una persona.
Aquello seguía resultándole incómodo. Porque durante tanto tiempo volver había significado perder. Volver a una puerta cerrada. Volver a una marca. Volver al hombre que había decidido por él. Ahora la palabra estaba cambiando. Regresar ya no era rendirse. No necesariamente. Dámetor atravesó el río utilizando las mismas piedras flotantes de siempre. Esta vez no las elevó para asustar a nadie porque estaba solo. Lo lamentó ligeramente. Apolo hacía una cara excelente cuando el puente empezaba a subir. Sonrió.
—Definitivamente lo extraño.
Se quedó inmóvil. Silencio.
—No.
Una hoja empezó a levitar.
—Eso no fue una declaración.
La hoja giró. Dámetor hizo una mueca.
—Odio mi propio poder.
Apolo llevaba toda la tarde trabajando. De verdad. Eso era lo que repetía cada vez que Mara entraba y lo encontraba mirando hacia la ventana.
—Estoy leyendo.
—Claro.
—Hay un informe.
—Al revés.
Apolo bajó los ojos. El pergamino estaba correctamente colocado. Sonrió triunfante.
—Esta vez no.
Mara hizo una mueca.
—Estás aprendiendo.
—Muchísimo.
—¿Cuántas horas?
El dios levantó una ceja.
—¿De qué?
—Dámetor.
Apolo cerró los ojos.
—No estoy contando.
—Entonces no sabes.
—Cuatro horas y treinta y ocho minutos.
Silencio. Mara sonrió lentamente. El dios hizo una mueca.
—Percepción temporal.
—Naturalmente.
—No he usado el anillo.
—Ya no puedes rastrearlo.
—Lo sé.
—Ni cerraste el bosque.
—Lo sé.
—Ni enviaste a nadie.
Apolo levantó la barbilla.
—Exactamente.
Mara lo observó.
—Y estás sufriendo.
—Muchísimo.
Ella sonrió.
—Eso sí es progreso.
El dios cerró los ojos.
—Esa palabra otra vez.
—Va a perseguirte eternamente.
—Soy inmortal. Qué desgracia.
Mara soltó una carcajada. Apolo volvió al informe. Tres líneas. Cinco. Diez. Después una sensación pequeña atravesó el vínculo. No ubicación. No información. Solo una presencia un poco más intensa. Dámetor estaba cerca. Apolo se quedó inmóvil. No porque el anillo estuviera rastreando. No lo hacía. Era la resonancia básica. Dos personas que habían aceptado sentir ciertos cambios extremos del otro. No era peligro. No era dolor. Solo la cercanía volviendo la conexión ligeramente más perceptible. Apolo sonrió. Mara lo vio.
—Vuelve.
El dios levantó una ceja.
—No sabes.
—Tu cara.
Apolo intentó controlarse. Falló.
—Posiblemente.
Mara empezó a reír.
—Voy a irme antes de que te ilumines.
—No me ilumino.
Una tenue aura dorada apareció alrededor de sus hombros. Mara señaló. Apolo cerró los ojos.
—Vete.
—Con gusto.
Dámetor vio las torres antes de lo esperado. El castillo emergió entre los árboles. Blanco. Dorado. Demasiado brillante. Muy Apolo. Se detuvo. Durante las primeras semanas aquella visión había significado prisión. Ahora sintió otra cosa. No exactamente hogar. Todavía estaba aprendiendo a utilizar esa palabra. Pero algo cercano. Un lugar conocido. Personas conocidas. Risas. Mara escribiendo listas insoportables. Lysander intentando sobrevivir. Una sala de música. Una biblioteca. Una cama demasiado grande. Y Apolo. Dámetor tocó distraídamente el anillo. Lo llevaba. Había decidido ponérselo aquella mañana. Nada lo obligaba. Eso seguía siendo la parte más importante.
—Bien —murmuró.
Continuó. Apolo estaba en la entrada del castillo. Casualmente. Eso diría. Dámetor lo vio desde lejos. De pie junto a una columna. Brazos cruzados. Cabellos rubios brillando bajo el último sol. Vestido de negro y dorado. Naturalmente. Dámetor sonrió. Apolo también. Ninguno se movió durante unos segundos. El joven siguió caminando. El dios permaneció donde estaba. No fue hacia él. No corrió. No preguntó. Esperó. Dámetor lo notó. Y aquello hizo que acelerara un poco. Solo un poco. Apolo levantó una ceja.
—¿Prisa?
Dámetor llegó hasta él.
—No.
—Caminabas más rápido.
—El suelo cambia aquí.
—Naturalmente.
—No empieces.
Apolo sonrió.
—Hola.
Dámetor sostuvo sus ojos.
—Hola.
Silencio. Eso fue todo. Y, por alguna razón, se sintió enorme. Apolo miró su ropa. Había tierra en las botas. Una pequeña rama atrapada en el cabello. Una rasgadura nueva en la capa. El viejo impulso apareció. Preguntar todo. Dónde. Cómo. Qué ocurrió. Se contuvo. Dámetor levantó una ceja.
—Quieres preguntar.