Apolo la dejó sobre la mesa durante el desayuno y cometió el error de hacerlo con demasiada discreción. Dámetor lo observó inmediatamente.
—¿Qué escondes?
Apolo levantó los ojos.
—Nada.
Una cuchara comenzó a elevarse. El dios cerró los ojos.
—Una carta.
La cuchara quedó suspendida.
—¿Para quién?
—Para nosotros.
—¿De quién?
Apolo tomó vino. Dámetor levantó otra cuchara.
—Zeus.
Las dos cucharas quedaron inmóviles. Silencio. Mara, sentada unos metros más allá, levantó lentamente la cabeza. Lysander dejó de comer. Dámetor miró el pergamino. Después a Apolo.
—No.
—Todavía no sabes qué dice.
—Viene de Zeus.
—Eso no convierte automáticamente el contenido en desastre.
Mara hizo una pequeña mueca. Lysander también. Dámetor los señaló sin apartar la mirada de Apolo.
—Sus caras no apoyan tu argumento.
El dios suspiró.
—Ábrela.
Dámetor no utilizó las manos. Naturalmente. El pergamino salió de la mesa, rompió el sello dorado y se desplegó frente a él. Apolo hizo una mueca.
—Eso era un sello oficial.
—Ahora es un sello abierto.
—Qué respeto institucional.
—Me secuestró un dios. Mi relación con las instituciones divinas empezó mal.
Mara soltó una carcajada. Apolo se llevó una mano al rostro. Dámetor comenzó a leer. Su sonrisa desapareció.
Zeus solicitaba, aunque el tono se parecía demasiado a una orden, la presencia de Apolo y Dámetor en el gran salón del Olimpo al día siguiente. El motivo aparecía unas líneas después.
Reconocimiento formal del cuarto portador de poder destructor.
Dámetor leyó dos veces. Luego bajó lentamente el pergamino.
—Portador de poder destructor.
Apolo hizo una mueca.
—Zeus evita utilizar «Destructor de dioses» en documentos oficiales.
—¿Por qué?
—No le gusta.
Dámetor sonrió.
—Ahora me gusta mucho más.
Mara empezó a reír. Lysander tomó la copa.
—Eso parece una razón perfectamente válida para usarlo.
Apolo los miró.
—No lo animen.
Dámetor dejó el pergamino flotando.
—Entonces mañana Zeus quiere reconocerme oficialmente como cuarto destructor.
—Sí.
—Delante de quiénes.
Silencio. Apolo tomó aire.
—Los principales dioses.
Una silla empezó a elevarse.
—¿Quiénes?
—Zeus, Hera, Poseidón, Hades, Atenea, Artemisa, Ares, Afrodita y algunos otros.
La silla subió.
—¿Ares?
—Sí.
—Entonces Kael podría estar.
Apolo se quedó inmóvil. Mara cerró los ojos. Lysander escondió una sonrisa. Dámetor miró al dios.
—No.
—¿Qué?
—Esa cara.
—No hice ninguna cara.
—Acabo de mencionar a Kael y pareces haber probado una fruta podrida.
—No estoy celoso.
La silla subió otro poco. Dámetor levantó una ceja. Apolo apretó los labios.
—Un poco.
Nada.
—Mucho.
La silla seguía.
—Muchísimo.
Descendió. Mara aplaudió una vez.
—El método sigue funcionando.
Apolo la fulminó. Dámetor volvió al pergamino.
—¿Tengo que ir?
Aquello cambió inmediatamente la expresión del dios.
—No.
La respuesta fue tan rápida que Dámetor lo miró.
—¿No?
—No.
—Zeus parece creer otra cosa.
—Zeus cree muchas cosas.
Dámetor sonrió.
—Eso sonó peligrosamente rebelde.
Apolo levantó una ceja.
—Soy su hijo, no su subordinado.
—¿Y yo?
—Mucho menos.
Silencio. Eso importó. Dámetor volvió a mirar la invitación.
—¿Qué ocurriría si no voy?
—Zeus se enfadaría.
—Tentador.
—Muchísimo.
—¿Intentaría obligarme?
Los ojos de Apolo se endurecieron.
—No si desea conservar su palacio intacto.
Dámetor levantó una ceja.
—¿Eso fue amenaza?
—Información preventiva.
El joven soltó una carcajada.
—Aprendes demasiado rápido.
Pero la pregunta real seguía allí. ¿Quería ir? Semanas atrás habría rechazado cualquier convocatoria del Olimpo por puro desafío. Ahora sabía demasiado. Sabía que existían cinco. Que Lyra y Thalia eran dos. Calíope la tercera. Él, el cuarto. Kael, el quinto. Sabía también que la antigua profecía hablaba del fin de una época en la que los dioses gobernaban a los hombres desde arriba.
Y había otra cosa. Zeus quería reconocerlo. Eso significaba que el Olimpo dejaba de poder fingir que Dámetor era simplemente el elegido de Apolo. No. Era algo propio. Una fuerza independiente. La idea produjo una satisfacción peligrosa.
—Voy.
Apolo hizo una mueca.
—Lo imaginé.
—¿Problema?
—Muchos.
—¿Cuáles?
El dios empezó a contar con los dedos.
—Zeus. Poseidón. Algunos dioses menores que probablemente te mirarán como arma. Otros como amenaza. Hera haciendo preguntas. Ares discutiendo con alguien. Afrodita haciendo comentarios innecesarios...
Dámetor sonrió.
—Eso último suena divertido.
—No.
—Y Kael.
Apolo cerró los ojos.
—Otra vez.
—Solo comprobaba.
—No comparto.
Dámetor levantó una ceja. El dios se congeló.
—Quise decir...
—Ahí estás.
—No quise...
Dámetor empezó a reír.
—Mi dios insoportable.
Apolo hizo una mueca.
—Estoy trabajando en eso.
—Muchísimo.
La mañana siguiente convirtió el castillo en una batalla estética. No por Dámetor. Por Apolo. El joven estaba vestido en diez minutos: pantalones negros, botas oscuras, camisa violeta profunda y la chaqueta negra con pequeños detalles dorados que Apolo le había regalado. El anillo brillaba en su mano izquierda. Voluntariamente. Apolo tardó cuarenta minutos. Dámetor apareció en el vestidor y lo encontró contemplando dos capas. Una blanca. Una negra.