El Último Poder Del Olimpo

El hombre al que eligió el sol

Dámetor descubrió que había una diferencia enorme entre ser elegido por un dios y ser elegido por Apolo. Durante mucho tiempo había considerado ambas cosas exactamente iguales.

Apolo era un dios. Él había sido encontrado, marcado, llevado al castillo y convertido en inmortal por decisión ajena. Así había empezado todo. Con poder de un lado y ausencia de elección del otro. Pero aquella mañana, sentado en la terraza oriental con una taza de té entre las manos y el anillo amarillo brillando bajo el sol, Dámetor comprendió que algo se había desplazado tanto entre ellos que incluso las palabras antiguas empezaban a significar otra cosa.

Apolo estaba frente a él. Vestido de negro y dorado. Naturalmente. Con un pergamino abierto. Correctamente colocado. Eso era progreso. Dámetor lo observó durante varios segundos. El dios levantó los ojos.

—¿Qué?

—Nada.

—Me estás mirando.

—Estoy comprobando algo.

Apolo levantó una ceja.

—¿Qué cosa?

Dámetor tomó un sorbo.

—Si todavía me molesta que uses negro porque sabes que me gusta.

La sonrisa apareció.

—¿Resultado?

—Sí.

El dios hizo una mueca.

—Qué decepción.

—Pero menos.

Apolo sonrió más.

—Ah.

—No conviertas.

—No.

—Tu cara.

—Estoy controlándome.

Dámetor soltó una risa..Una cucharilla empezó a elevarse. Apolo la miró.

—Eso parece buen humor.

—No clasifiques.

—Permitido.

La cucharilla descendió. Silencio. Dámetor lo observó otra vez.

—Apolo.

—¿Sí?

—¿Por qué me elegiste?

El dios dejó de sonreír. No porque la pregunta fuera difícil. Porque sabía que podía significar varias cosas.

—¿Al principio?

—Sí.

Apolo miró hacia el jardín.

—Por tu poder.

Dámetor asintió.

—Bien.

—Por lo que sospechaba que eras.

—Destructor.

—Sí.

—Y porque querías llegar antes que otro dios.

El dios cerró los ojos.

—Sí.

—Eso ya lo sabemos — Pausa —Ahora.

Apolo volvió hacia él.

—¿Ahora qué?

Dámetor dejó la taza.

—¿Por qué me eliges ahora?

Silencio. La pregunta quedó entre ambos. No por qué me amas. No todavía. Eso era distinto. Apolo tardó. No porque no supiera. Porque tenía demasiadas respuestas.

—Por ninguna de las razones por las que te elegí aquella noche.

Dámetor levantó una ceja.

—Empieza bien.

Apolo sonrió apenas.

—Ahora no te elegiría por la telequinesis.

—¿No?

—No.

—Ni porque pueda detener flechas divinas.

— Eso sigue siendo impresionante.

Dámetor sonrió.

—Naturalmente. Pero no.

—Entonces.

Apolo apoyó el pergamino sobre la mesa.

—Te elegiría aunque no pudieras levantar una cuchara.

Silencio. Dámetor miró la cucharilla. Después al dios.

—Eso es ofensivo para la cuchara.

Apolo soltó una carcajada.

—Sabía que ibas a arruinar el momento.

—Continúa.

El dios se inclinó ligeramente hacia delante.

—Te elegiría porque haces que una sala deje de parecerme vacía — Dámetor se quedó quieto —Porque consigues convertir cualquier discusión en algo insoportable y divertido al mismo tiempo.

Una pluma empezó a elevarse. Apolo la vio. No dijo nada.

—Porque cuando encuentras algo que te gusta, tus ojos cambian antes de que sonrías.

La pluma subió.

—Porque finges que no eres sentimental y después guardas una moneda antigua con mi cara porque, según tú, es historia.

Dámetor abrió mucho los ojos.

—No uses eso.

—Es evidencia.

—Es arqueología.

—Naturalmente.

—Apolo.

—Porque vuelves al bosque cuando necesitas recordarte que eres libre y vuelves al castillo cuando quieres compartir algo.

Dámetor dejó de bromear. Apolo continuó.

—Porque me obligaste a aprender que amar a alguien no me concede derecho sobre él.

Silencio.

—Y porque, incluso después de todo lo que hice mal, nunca me regalaste un perdón falso solo para hacerme sentir mejor.

Dámetor bajó los ojos. Eso sí dolió de una manera extraña. No mala. Profunda. Apolo respiró.

—Te elegiría aunque mañana perdieras todos tus poderes — Pausa —Aunque dejaras de ser destructor.

Otra.

—Aunque tiraras ese anillo al río.

Dámetor levantó la mirada.

—Eso te dolería.

—Muchísimo.

—Pero.

El dios sonrió.

—Seguiría eligiéndote.

Dámetor no respondió inmediatamente. La pluma descendió. La cucharilla también. Todo quedó quieto.

—Eso fue demasiado bueno.

Apolo levantó una ceja.

—¿Peligrosamente?

—Sí.

—Estoy mejorando.

—No abuses.

Dámetor tomó nuevamente la taza. No bebió.

—¿Sabes qué es raro?

—¿Qué?

—Que todo empezó al revés.

Apolo hizo una mueca.

—Eso es una forma generosa de decirlo.

—No es generosa.

—Bien.

Dámetor miró el anillo.

—Primero dijiste que me elegiste y después intentaste asegurarte de que yo no pudiera hacer otra elección.

Silencio.

—Sí.

—Eso no era elegir a alguien.

Apolo asintió.

—Era reclamar.

—Exactamente.

El joven giró el anillo una vez. Podía quitarlo. No lo hizo.

—Ahora es distinto.

El dios no dijo nada.

—Ahora tú eliges estar conmigo sabiendo que yo puedo decir que no.

—Sí.

Dámetor sonrió apenas.

—Eso sí me gusta.

Apolo dejó de respirar. El joven levantó un dedo.

—No conviertas.

—Estoy intentando.

La luz dorada apareció. Dámetor empezó a reír.

—¡NO PUEDES CONTROLARLO!

—¡SOY EL DIOS DEL SOL!

—¡ERES UNA LÁMPARA EMOCIONAL!

Apolo soltó una carcajada tan fuerte que Mara apareció desde el corredor.

—¿Qué ocurrió?

Dámetor señaló.

—Brilla.

Mara miró a Apolo.

—Ah.

El dios cerró los ojos.

—No hagan ese sonido.

—¿Qué le dijiste? —preguntó ella.




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