El Último Poder Del Olimpo

El muchacho que esperaba a un dios

Kael supo que Ares había llegado antes de verlo. No fue por el ruido. Ni por una corriente de aire. Ni siquiera por alguna alteración visible en la noche. Fue por el silencio.

El orfanato nunca estaba completamente callado. Las paredes de piedra crujían con el frío, las cañerías se quejaban detrás de los muros, algún niño lloraba dormido y las cuidadoras recorrían los pasillos arrastrando zapatos gastados sobre el suelo. Aquella noche todo pareció detenerse durante un segundo. Un segundo apenas. Suficiente. Kael abrió los ojos.

Estaba acostado sobre un colchón tan delgado que las tablas de la cama podían sentirse a través de él. Una manta gris le cubría hasta la cintura. Había humedad sobre una de las paredes y el viento entraba por una grieta en la ventana que nadie se había preocupado en reparar.

El joven permaneció inmóvil. Dieciséis años. Cabellos rubios ondulados cayéndole alrededor del rostro, atravesados por mechones rojos que jamás había conseguido ocultar por completo. Ojos violetas. Piel clara. Una expresión demasiado tranquila para alguien que había pasado buena parte de su vida allí.

Sobre una silla descansaba la ropa que utilizaba durante el día: pantalones negros, camisa oscura y una chaqueta vieja con costuras rojas que él mismo había reparado varias veces. Kael miró hacia la puerta. Sonrió.

—Tardaste bastante.

No obtuvo respuesta. Naturalmente. Todavía no. Se incorporó. Del otro lado de la habitación, otros cinco muchachos dormían. Ninguno se movió. Kael levantó una mano. Un círculo diminuto se abrió junto a la cama. Negro en el centro. Rojo y violeta alrededor. Un portal. Metió la mano. La retiró segundos después sosteniendo un libro. No pertenecía al orfanato. Tampoco a ninguna biblioteca pública cercana. Lo había tomado prestado varios meses atrás de un archivo privado al otro lado de la ciudad. Prestado era una palabra generosa. Kael abrió por una página marcada.

ARES.

Había leído aquello tantas veces que no necesitaba hacerlo otra vez. Dios de la guerra. Hijo de Zeus y Hera. Violento. Orgulloso. Territorial. Poco paciente. Y, según varios textos antiguos bastante menos oficiales, profundamente posesivo con aquello que consideraba suyo. Kael hizo una mueca.

—Perfecto.

Cerró el libro. El portal volvió a abrirse. Lo devolvió. Después se puso de pie. Había esperado aquel momento durante años. No a Ares específicamente. A un dios. Cualquiera. Cuando tenía once años había abierto el primer portal accidentalmente. Solo quería escapar de una habitación donde una de las cuidadoras lo había encerrado como castigo. Había apoyado las manos contra la pared, furioso, y pensado con toda la fuerza de su mente:

Quiero salir.

La pared desapareció. O, más exactamente, apareció sobre ella un círculo oscuro que conducía al patio. Kael lo atravesó. Tres segundos después el portal desapareció. Nadie lo vio. Eso lo salvó. Después vinieron otros descubrimientos. Pequeños. Una puerta hacia el tejado. Otra hacia una calle cercana. Otra hacia un bosque que quedaba a varias horas caminando. Después distancias mayores. Luego lugares que ni siquiera pertenecían al mismo plano. Y finalmente aquello que había cambiado todo. Una dimensión donde el tiempo no obedecía las mismas reglas. Kael había entrado por curiosidad.

Permaneció allí lo que para él parecieron meses. Al volver, en el orfanato habían pasado menos de dos horas. Eso fue cuando comprendió que podía entrenar. Y entrenó. Durante años que nadie más había visto. Mientras los demás niños lo consideraban un huérfano extraño que leía demasiado y hablaba poco, Kael había aprendido a abrir portales en movimiento, bajo presión, desde lugares cerrados, atravesando barreras y, con el tiempo, incluso cuando alguien intentaba bloquear su magia.

Después descubrió el otro poder. Mucho más peligroso. No tenía nombre. Al menos no uno que le gustara. Podía mirar una cosa y destruirla. No siempre físicamente. A veces era como encontrar el punto exacto donde algo existía y empujar con la mente hasta quebrarlo. Piedra. Metal. Magia. Una vez había destruido accidentalmente un sello antiguo. Otra, un muro completo. Nunca volvió a probarlo cerca de personas. No quería saber todavía qué podía hacerle a un cuerpo. Pero sí había descubierto qué significaba. Los libros hablaban de ellos. Personas capaces de tocar aquello que los dioses consideraban intocable.

Seres nacidos entre humanos. Peligrosos para lo divino. Cinco. Kael sabía lo suficiente para entender que era uno de ellos mucho antes de que nadie viniera a confirmárselo. Y sabía también qué hacían los dioses cuando encontraban a uno. Los reclamaban. Los vinculaban. Los marcaban. Los convertían en inmortales. Los rodeaban de palabras bonitas.

Protección.

Elección.

Destino.

Y después colocaban un objeto. Una pulsera. Un collar. Un anillo. Algo. Kael había decidido a los doce años que nadie pondría nada sobre su cuerpo sin permiso. A los trece empezó a entrenar específicamente para impedirlo. A los catorce aprendió a abrir portales incluso con ambas manos inmovilizadas. A los quince aprendió a hacerlo sin gestos. A los dieciséis estaba esperando. Y aquella noche el dios finalmente había llegado. Kael se vistió. No tenía prisa. Eso era parte del plan. Se colocó la chaqueta negra y roja, se acomodó el cabello con los dedos y miró hacia sus compañeros dormidos.

Uno de ellos, Emil, estaba descubierto. Kael tomó la manta. La acomodó sobre él. Después caminó hacia la puerta. No utilizó portal. Todavía. Salió al pasillo. Oscuro. Frío. Silencio. Bajó las escaleras. Una. Dos. Tres plantas. El orfanato era una construcción antigua situada en uno de los sectores más pobres de la ciudad. Las paredes estaban ennegrecidas por el tiempo y el patio interior se convertía en barro cada vez que llovía.

Kael llegó a la planta baja. La puerta principal estaba cerrada con dos cerrojos. Sonrió.




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