No estaba ansioso. Solo preparado. Completamente distinto. La diferencia era enorme. O eso pretendía creer. El viento de invierno revolvía sus cabellos rubios y los mechones rojos se levantaban alrededor de su rostro mientras fingía leer una página que llevaba diez minutos sin pasar. Desde allí podía ver buena parte de la ciudad: tejados grises, chimeneas, callejones estrechos y una línea de montañas lejana detrás de una neblina azulada. Kael bajó los ojos hacia el libro. Una frase. Dos. Nada. Volvió a mirar el horizonte.
—No estoy esperando a nadie.
Una paloma situada junto a una chimenea lo miró. Kael levantó una ceja.
—No necesito tu opinión.
La paloma voló.
—Exactamente.
Regresó al libro. Entonces lo sintió. Esa presencia. Como una presión cálida sobre el aire. No necesitó mirar. Sonrió.
—Tardaste.
La voz de Ares apareció detrás.
—Empiezo a pensar que esa será siempre tu forma de saludarme.
Kael cerró el libro.
—Depende.
—¿De qué?
—De si sigues llegando tarde.
Giró. Ares estaba de pie a pocos metros. Esta vez no llevaba ropa ceremonial. Negro. Rojo oscuro. Botas. Una chaqueta larga. Nada de armadura. Seguía pareciendo demasiado obviamente divino, pero al menos no como si hubiera salido directamente de un fresco de guerra. Kael lo observó. Ares levantó una ceja.
—¿Qué?
—Nada.
—Me estás mirando.
—Estoy evaluando.
—¿Qué cosa?
Kael se puso de pie.
—Si hoy vuelves a caer en una fuente.
Silencio. Ares cerró los ojos.
—No.
Kael sonrió.
—Veremos.
—No habrá fuente.
—Hay tres en esta zona.
—Kael.
—Información preventiva.
Ares hizo una mueca. El joven soltó una pequeña carcajada. Sí. Definitivamente lo había esperado. Eso era un problema. Ares miró alrededor.
—¿Cómo subiste?
Kael levantó una ceja.
—Escaleras.
El dios lo miró. El muchacho permaneció serio durante tres segundos. Después sonrió.
—Portal.
Ares cerró los ojos.
—Naturalmente.
—Las escaleras son lentas.
—Las personas normales las usan.
—No soy normal.
La respuesta salió sin amargura. Solo hecho. Ares se quedó quieto un instante.
—No.
—¿Qué?
—Nada.
Kael lo estudió. Había algo extraño en el dios cuando recordaba qué era él. Destructor. No parecía miedo exactamente. Tampoco solo fascinación. Era cálculo. El joven lo reconocía bien. Había pasado años imaginando esa mirada.
¿Qué puedo hacer con él?
¿Cómo lo controlo?
¿Cómo evito que otro lo tenga?
Kael cerró el libro. Lo dejó sobre una pequeña cornisa.
—¿Qué quieres hoy?
Ares sostuvo su mirada.
—Hablar.
—Mentira.
El dios frunció el ceño.
—¿Perdón?
—Quieres hablar y después capturarme.
—No necesariamente en ese orden.
Silencio. Kael abrió mucho los ojos. Ares sonrió.
—Humor.
—Terrible.
—Estoy aprendiendo.
—No de mí.
—Muchísimo.
Kael lo señaló.
—Eso sí es mío.
Ares soltó una pequeña risa. Kael caminó hacia el borde del tejado. El edificio tenía cuatro plantas. Ares lo vio acercarse demasiado.
—No.
El joven giró.
—¿Qué?
—Aléjate del borde.
Kael levantó una ceja.
—¿Orden?
Ares se detuvo.
—Recomendación.
—Innecesaria.
—Puedes caer.
Kael miró hacia abajo. Después volvió hacia él.
—¿De verdad crees que alguien capaz de abrir portales va a morir cayéndose de un tejado?
Ares hizo una mueca.
—Podrías distraerte.
—No.
—Tropezar.
—No.
—Golpearte antes de abrir...
Kael dio un paso hacia atrás. Y cayó. Ares desapareció. No pensó..No midió. No hubo estrategia. Simplemente apareció en el aire debajo del tejado extendiendo los brazos. Encontró nada. Silencio. Ares quedó suspendido varios metros sobre el suelo. Una voz llegó desde arriba.
—Eso fue adorable.
El dios levantó lentamente la mirada. Kael estaba sentado otra vez en el tejado. Exactamente donde había estado antes. Ares cerró los ojos.
—KAEL.
El joven se estaba riendo.
—¡Tu cara!
Ares ascendió mediante magia y aterrizó sobre el tejado.
—¡NO VUELVAS A HACER ESO!
Kael abrió mucho los ojos..No por el volumen. Por la emoción. Ares estaba realmente asustado. El muchacho dejó de reír lentamente.
—Sabías que podía abrir un portal.
—No sabía si lo harías a tiempo.
—Lo hice.
—Eso no importa.
Kael frunció el ceño.
—Naturalmente importa.
—Podías haberte herido.
—No ocurrió.
Ares apretó la mandíbula.
—Ese razonamiento es horrible.
Kael se cruzó de brazos.
—¿Por qué te importa?
La pregunta detuvo al dios. Silencio. Kael esperó.
—Porque vine por ti.
La expresión del joven cambió. Ares lo notó demasiado tarde.
—Otra vez esa frase.
—No quise...
—Sí quisiste.
Kael retrocedió.
—«Vine por ti». Como si yo fuera una cosa que estaba esperando a que alguien reclamara.
—No dije eso.
—Lo pensaste.
Ares no respondió. Kael sonrió sin humor.
—Exactamente.
El portal apareció detrás del muchacho. Ares se tensó.
—No.
—¿Qué?
—No te vayas.
Kael levantó una ceja. Eso sí era distinto.
No no puedes.
No te prohíbo.
No te vayas.
—¿Por qué?
Ares respiró.
—Porque todavía quiero hablar.
Kael miró el portal. Después al dios. Lo cerró.
—Cinco minutos.
Ares hizo una mueca.
—¿Cinco?
—Cuatro con cincuenta y siete.
—Eso no es suficiente.