El Último Poder Del Olimpo

El dios de la guerra pierde una batalla

Ares llegó preparado para ganar. Ese fue su primer error. El segundo fue creer que Kael no sabría que iba a intentarlo otra vez. Y el tercero, probablemente el más grave, consistió en olvidar que el muchacho había pasado años imaginando exactamente cómo actuaría un dios convencido de que la fuerza era una solución razonable.

Kael estaba desayunando cuando sintió la presencia. No en el comedor del orfanato. Eso habría sido demasiado sencillo.

Estaba sentado sobre el alféizar exterior de una ventana del tercer piso, con una taza de té robada de la cocina, medio pan duro y un pequeño frasco de mermelada que había conseguido mediante un portal abierto directamente hacia una despensa de una tienda donde el dueño tiraba cada noche aquello que no vendía.

Robar era una palabra desagradable..Kael prefería rescatar alimentos condenados. El viento frío movía sus cabellos rubios. Un mechón rojo se cruzó sobre sus ojos. Kael lo apartó..Después sonrió.

—Tres.

Silencio..Bebió té.

—Dos.

Un pequeño destello rojo apareció en el patio. Kael mordió el pan.

—Uno.

Ares se materializó. El muchacho levantó una ceja.

—Llegas antes.

El dios levantó la cabeza. Tardó unos segundos en localizarlo. Cuando finalmente lo vio sentado a más de diez metros sobre el suelo, cerró los ojos.

—No.

Kael sonrió.

—Buenos días.

—Baja.

—No.

—Kael.

—Ares.

El dios respiró profundamente. Aquello iba a ser un día largo. Ares había pensado mucho durante la noche..Demasiado. Había pensado en la línea violeta. En el brazalete. En la dimensión donde no podía salir sin ayuda de Kael..En la habitación húmeda del orfanato. Y, sobre todo, en aquella frase.

No puedes capturarme.

La conclusión a la que había llegado era absolutamente razonable. Al menos para él. Kael necesitaba una demostración. No de fuerza. Bueno..También. Pero principalmente una demostración de que, por poderoso que fuera, seguía siendo un adolescente enfrentándose a seres con miles de años de experiencia.

Ares no planeaba hacerle daño..Ni siquiera pretendía ponerle el brazalete. Todavía. Solo quería inmovilizarlo durante unos segundos..Suficiente para que entendiera que no era invulnerable. Después conversarían..Seguramente..El plan era excelente. Hasta que Kael terminó el desayuno y preguntó desde la ventana:

—¿Qué trajiste?

Ares levantó una ceja.

—Nada.

—Mentira.

El dios quedó inmóvil. Kael bebió.

—Algo llevas.

—¿Cómo sabes?

—Tu hombro derecho está más alto.

Ares miró involuntariamente. Error. Kael sonrió.

—Ah.

—No hay nada.

—Entonces mete la mano detrás de la capa.

Silencio. Ares no se movió. La sonrisa del joven creció.

—¿Red?

Nada.

—¿Cadenas?

Ares apretó la mandíbula.

—¿Algún objeto ridículo que Zeus usaba hace tres mil años?

—No es ridículo.

Kael abrió mucho los ojos.

—¡Entonces sí trajiste algo!

Ares cerró los ojos.

—Maldita sea.

El muchacho se echó a reír..Ares levantó una mano.

—Baja.

—No.

—Quiero mostrarte algo.

Kael inclinó la cabeza.

—Eso dijiste ayer con la chimenea.

—Y funcionó.

—La chimenea sigue parcialmente rota.

—No es el punto.

Kael dejó la taza.

—¿Piensas capturarme?

Silencio. Ares respondió:

—Quiero demostrarte que puedo.

El joven permaneció quieto. Después sonrió lentamente.

—Perfecto.

Ares frunció el ceño.

—¿Perfecto?

Kael saltó. El dios reaccionó. Naturalmente. Desapareció y reapareció debajo. No había nadie. Kael apareció en el suelo detrás de él.

—Primera.

Ares giró.

—Eso no cuenta.

—Claro.

—Me engañaste.

—Precisamente.

El joven retrocedió.

—Vamos.

Ares levantó una ceja.

—¿Qué?

—Captúrame.

Silencio. Aquello no estaba en el plan. Kael abrió los brazos.

—Tú dijiste que querías demostrarme que puedes.

El dios lo observó.

—No sabes lo que estás haciendo.

Kael sonrió.

—Muchísimo.

Ares cerró los ojos. Maldita palabra. La primera cadena salió de debajo de la capa. Era roja. Delgada. Hecha de una aleación divina capaz de adaptarse a formas mágicas y bloquear temporalmente desplazamientos. Kael la vio.

—Predecible.

—No empieces.

Ares lanzó..La cadena atravesó el aire. Kael desapareció. Portal. La cadena entró detrás. El dios sonrió. Había calculado aquello. Tiró. Algo regresó por el portal. Pesado..Ares sintió satisfacción. Hasta que apareció una estatua. No Kael. Una estatua de piedra de uno de los patios secundarios..La cadena se enroscó alrededor. Silencio. Kael apareció sentado sobre el pedestal vacío.

—Segunda.

Ares lo miró.

—¿De dónde...?

—Hay muchas estatuas.

—¿Sacaste una del patio?

—Temporalmente.

—¡ESA ESTATUA PESA DOS TONELADAS!

Kael levantó una ceja.

—La cadena parece resistente.

Ares cerró los ojos. El joven empezó a reír. Segundo intento. Ares no utilizaría herramientas. Velocidad. Eso sí era suyo. Desapareció. Kael sintió movimiento. El dios apareció a su izquierda. El muchacho abrió un portal. Ares anticipó..Cambió dirección. Kael apareció diez metros más lejos..Ares ya estaba allí. El joven abrió otro..El dios entró antes de que se cerrara..Kael sonrió..Eso también estaba previsto..Ares atravesó. Salió. Y cayó dentro de un cobertizo lleno de gallinas.

Silencio. Después caos. Plumas. Aleteos. Un grito divino profundamente indignado. Kael apareció sobre el techo. Se asomó..Ares estaba en medio de siete gallinas que parecían haber decidido colectivamente que el dios de la guerra era una amenaza personal..Una le picoteó la bota.

—No.

Kael se tapó la boca.

—Ni una palabra.

El muchacho ya estaba riendo.

—Tercera.

—¡KAEL!

—Tienes una...

Intentó hablar. No pudo. Ares arrancó una pluma roja de su cabello.




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