El Último Poder Del Olimpo

Lo que Kael sabe

Kael había aprendido muy pronto que el conocimiento era otra forma de escape. Cuando no podía abrir una puerta, buscaba un libro.

Cuando una cuidadora cerraba con llave una habitación del orfanato, él esperaba, observaba, memorizaba horarios, aprendía dónde guardaban las llaves y calculaba cuánto tardaría cada adulto en recorrer un pasillo. Cuando comprendió que existían los dioses, hizo lo mismo. Los estudió. Primero como quien estudia animales peligrosos.

Después como quien analiza posibles enemigos. Más tarde como quien intenta comprender un mundo al que, quisiera o no, terminaría perteneciendo. Por eso Ares comenzó a inquietarse seriamente el día en que descubrió que Kael sabía cosas que jamás debería haber podido aprender.

La conversación empezó en una iglesia abandonada. Naturalmente, Kael no había avisado dónde sería.

Ares llegó al orfanato por la mañana y solo encontró un papel pegado en el mismo lugar donde el muchacho acostumbraba sentarse sobre el muro.

Hoy no estoy. Busca mejor.

El dios leyó. Cerró los ojos.

—Insoportable.

Una segunda línea apareció mágicamente debajo.

Muchísimo.

Ares abrió mucho los ojos. Miró alrededor.

—¡Kael!

Nada. Un portal diminuto se abrió sobre la pared y escupió una pluma roja. El dios la atrapó. Silencio.

—Voy a estrangularlo.

La pluma empezó a arder. Ares la apagó inmediatamente. Después hizo una mueca. No la tiró. La guardó en el bolsillo. Eso también empezaba a ser un problema. Tardó cuarenta minutos en encontrarlo.

Kael estaba sentado sobre el altar de una iglesia abandonada en las afueras de la ciudad, comiendo una manzana y leyendo un libro enorme encuadernado en cuero negro. Ares apareció en mitad de la nave central. Kael levantó los ojos.

—Cuarenta minutos.

El dios hizo una mueca.

—¿Me estabas cronometrando?

—Naturalmente.

—¿Por qué?

—Quería saber cuánto tardabas.

Ares caminó hacia él.

—Podías decirme dónde estabas.

—Eso arruinaba el experimento.

—¿Qué experimento?

Kael cerró el libro.

—Capacidad de rastreo sin marca.

Silencio. Ares se detuvo.

—No tiene gracia.

El joven levantó una ceja.

—No dije que la tuviera.

—¿Me estás probando?

—Muchísimo.

Ares cerró los ojos.

—Voy a odiar esa palabra eternamente.

—Eres inmortal. Tienes tiempo.

El dios respiró.

—¿Cómo sabías que vendría?

Kael dio otro mordisco.

—Porque dijiste que volverías.

—Podía no hacerlo.

—No.

—¿Por qué no?

Kael sonrió.

—Tu ego.

Ares abrió mucho los ojos. El muchacho empezó a reír. El dios llegó hasta el altar. Miró el libro.

—¿Qué lees?

Kael lo cerró más.

—Nada.

—Eso es un libro.

—Excelente observación.

—Kael.

—Ares.

—Enséñamelo.

El joven levantó una ceja.

—No.

—Quiero saber qué contiene.

—Por eso no.

Ares cruzó los brazos.

—No puedes ocultarme información sobre los dioses.

Kael sonrió lentamente.

—Claro que puedo.

—No.

—Mira.

Abrió un portal. El libro desapareció. Ares se quedó quieto. Kael extendió las manos vacías.

—Oculto.

Silencio. El dios apretó la mandíbula.

—Eso es infantil.

—Eficiente.

—¿Dónde lo mandaste?

—A algún lugar.

—Kael.

—No puedes saber todo.

Ares se tensó. La frase no era inocente. Kael lo vio.

—Ah.

—¿Qué?

—Otra vez.

—No.

—Sí.

El joven bajó del altar.

—Cuando algo queda fuera de tu control haces esa cara.

Ares miró hacia él.

—No necesito controlar todo.

Kael levantó una ceja.

—Tienes un brazalete preparado para una persona que todavía no vive contigo.

Golpe. Ares cerró los ojos.

—Eso no cuenta.

—Cuenta muchísimo.

Kael caminó por la nave. La iglesia estaba destruida parcialmente. Algunas ventanas habían perdido sus vitrales. La humedad había manchado las paredes. Viejas estatuas permanecían cubiertas de polvo. Ares lo siguió.

—¿Por qué aquí?

—Silencio.

—El orfanato también está silencioso a veces.

Kael giró.

—No — Pausa —Está callado. No es lo mismo.

Ares no respondió. El joven continuó.

—Aquí nadie vigila.

—Yo estoy aquí.

—Tú llegaste después.

El dios hizo una mueca. Kael sonrió.

—Además hay buen espacio.

—¿Para qué?

El muchacho levantó una mano. Cinco portales se abrieron simultáneamente alrededor de la nave. Ares se detuvo. Uno mostraba un bosque nevado. Otro una playa negra. Otro una biblioteca. Otro una ciudad iluminada. El último, oscuridad atravesada por estrellas violetas.

—Práctica.

Ares observó.

—Cinco a la vez.

—Sí.

—¿Máximo?

Kael sonrió.

—No.

—¿Cuántos?

—Cincuenta y tres.

Silencio. Ares levantó lentamente las cejas.

—¿Qué?

—Cincuenta y tres estables.

—Simultáneos.

—Sí.

—¿Durante cuánto?

—Depende del tamaño.

El dios se acercó al portal de la playa. Kael levantó una mano.

—No metas la cabeza.

Ares lo miró.

—¿Por qué?

—La gravedad está invertida en esa costa.

Ares retrocedió. Silencio. Kael sonrió.

—Buena decisión.

Los portales desaparecieron. Ares lo observó con una atención distinta. Ya no estaba midiendo al joven solo como posible amenaza. Empezaba a comprender la dimensión real de lo que había hecho durante años. Solo. En secreto. Sin maestro.

—¿Quién te enseñó?

Kael levantó una ceja.

—Yo.

—Nadie aprende algo así solo.

—Yo sí.

—Eso no responde.

—Es exactamente la respuesta.

Ares hizo una mueca.

—¿Cuánto tiempo practicaste?

Kael miró hacia una ventana rota.

—Ya hablamos de eso.

—Dijiste años.




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