El Último Poder Del Olimpo

El muchacho que siempre vuelve

Ares cometió el error de preparar el castillo como si fuera a recibir a un rey. Kael lo supo apenas atravesó el primer portal. No porque hubiera flores. Ares no parecía hombre de flores. Tampoco porque hubiera música. No la había.

Lo supo porque todo estaba demasiado ordenado. Demasiado limpio. Demasiado silencioso. Demasiado preparado. Kael apareció en mitad del vestíbulo principal a media tarde, con las manos metidas en los bolsillos de la chaqueta negra y roja y una expresión de curiosidad apenas disimulada. Cerró el portal detrás de sí, miró el techo altísimo, las columnas oscuras cruzadas por vetas doradas, las armas antiguas exhibidas sobre los muros y las enormes ventanas abiertas hacia montañas rojizas.

Después miró a Ares. El dios estaba esperando al pie de una escalera. Vestido de negro..Rojo oscuro. Oro apenas visible. Demasiado compuesto..Kael levantó una ceja.

—No.

Ares se tensó.

—¿Qué?

—Preparaste.

—Naturalmente.

—Mucho.

—Es mi castillo.

Kael observó una mesa cercana..Ni una mota de polvo.

—Muchísimo.

Ares cerró los ojos.

—Ya empezamos.

—¿Cuántas personas limpiaste antes de que llegara?

—No limpio personas.

Kael abrió mucho los ojos.

—Eso sonó peor de lo que querías.

El dios hizo una mueca. Kael empezó a reír. Y así, en menos de treinta segundos, toda la solemnidad cuidadosamente construida por Ares murió. El dios bajó los últimos escalones. No se acercó demasiado..Kael lo notó..También notó otra cosa. La entrada principal seguía abierta. No simbólicamente.

Literalmente. Las enormes puertas de hierro estaban abiertas. Kael miró hacia ellas. Después a Ares.

—Quitaste barreras.

El dios hizo una mueca.

—Algunas.

—¿Cuántas?

Silencio.

—Ares.

—Cuatro.

Kael levantó lentamente las cejas.

—¿Había siete?

—Sí.

—¿Y ahora tres?

—Sí.

El joven metió las manos más profundamente en los bolsillos.

—¿Por mí?

Ares apartó la mirada.

—No exclusivamente.

—Mentirosa.

El dios cerró los ojos.

—Sigue sin corresponder.

Kael sonrió.

—Pero sí.

Ares respiró.

—Quería que pudieras entrar sin sentir que el lugar estaba diseñado para atraparte.

Silencio. La respuesta golpeó más de lo que Kael esperaba. Por eso sonrió. No con burla. Más pequeño.

—Bien.

Ares lo miró.

—¿Bien?

—Sí.

El dios parecía no saber qué hacer con una aprobación tan simple. Kael levantó un dedo.

—No conviertas.

—No.

—Tu cara.

—Estoy intentando.

La visita empezó por el vestíbulo. Siguió por un corredor. Después otro. Kael caminaba despacio, observándolo todo. El castillo de Ares no era elegante como el de Apolo ni severo como imaginaba que sería el de Atenea. Era otra cosa. Antiguo. Fuerte.

Lleno de piedra negra, metales oscuros y ventanales inmensos desde donde podía verse un paisaje abrupto de montañas, bosques rojizos y valles profundos. Había armas por todas partes. Espadas. Lanzas. Escudos. Arcos. Armaduras completas. Kael levantó una ceja frente a una galería entera.

—Compensación.

Ares giró.

—¿Qué?

—Nada.

—Dijiste compensación.

—Pensamiento verbal.

—Eso es mío.

—Lo robé.

El dios hizo una mueca. Kael sonrió. Llegaron a una sala enorme con chimenea. Ares señaló.

—Sala principal.

—Muy original.

—No todo necesita nombre dramático.

Kael lo miró.

—Eres dios de la guerra.

—Precisamente.

El joven recorrió la habitación. Sofás oscuros. Mesas bajas. Estanterías. Una pared completa cubierta por mapas. Kael se acercó.

—Esto sí me gusta.

Ares sonrió demasiado. Kael giró.

—No.

—¿Qué?

—No pongas esa cara.

—Solo dijiste que te gusta algo de mi castillo.

—Un mapa.

—Sigue contando.

—No.

Ares cruzó los brazos.

—Muchísimo.

Kael soltó una carcajada. El joven se acercó a los mapas. Muchos no pertenecían al mundo humano. Reconoció fronteras olímpicas. Regiones de Hades..Territorios marinos..Zonas antiguas..Y varios mapas dimensionales incompletos..Kael se detuvo.

—Estos están mal.

Ares levantó una ceja.

—¿Qué?

Kael señaló.

—Esto no conecta aquí.

—Sí conecta.

—No.

—Ese mapa tiene dos mil años.

—Precisamente.

El dios se acercó.

—¿Cómo sabes?

Kael abrió un pequeño portal sobre el dibujo. Del otro lado apareció una llanura gris cubierta por rocas flotantes. Ares quedó inmóvil. Kael señaló.

—Esto está aquí.

Después abrió otro..Océano oscuro.

—Esto aquí.

Un tercero..Bosque azul.

—Y esto ni siquiera está en el mismo plano.

Ares miró los mapas..Después al muchacho.

—¿Acabas de corregir cartografía divina?

Kael sonrió.

—Sí.

—No puedes venir a mi castillo y humillar dos mil años de trabajo.

—Ya lo hice.

Ares cerró los ojos.

—Insoportable.

—Muchísimo.

La comida fue peor..Para Ares..Kael descubrió que el dios había preparado una mesa capaz de alimentar a quince personas. Eran dos..El joven se quedó de pie junto a una silla..Miró..Pan recién hecho..Carne. Verduras..Frutas..Pasteles. Vino..Jugos..Más pan.

—No.

Ares hizo una mueca.

—¿Qué?

Kael señaló la mesa.

—Esto.

—Comida.

—Lo veo.

—Entonces.

—Somos dos.

—Puede sobrar.

Kael levantó una ceja.

—Preparaste pan fresco.

Silencio.

Ares miró la mesa.

—Sí.

El joven también. Recordó la conversación.

¿Comida favorita? Pan recién hecho.

Kael no dijo nada. Ares sí lo notó.

—No lo conviertas tú ahora.

El muchacho levantó los ojos.

—No hago nada.

—Tu cara.

Kael soltó una pequeña risa.

—Aprendes demasiado rápido.

Se sentaron. Kael tomó pan. Todavía caliente. Lo partió..El olor subió inmediatamente..Se quedó quieto un segundo. Ares fingió no verlo. Eso fue amable. Kael probó. Cerró los ojos.




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