Porque la línea aparecía cuando Kael estaba cerca. No siempre. No con cualquier conversación. No durante los portales. Ni siquiera necesariamente cuando discutían. Surgía cuando algo entre ambos cambiaba. Una confianza nueva. Una decisión pequeña. Una verdad incómoda. Una de esas cosas que Ares no sabía cómo nombrar sin sentirse ridículo.
Por eso no dijo nada durante varios días. Kael tampoco. Naturalmente, ambos estaban esperando que el otro hablara primero. Y naturalmente aquello terminó de la peor forma. Con una taza de té, una discusión y una mesa rota. Kael estaba en el castillo desde la tarde anterior. No oficialmente. Seguía negándose a utilizar esa palabra. No era huésped. No era residente. No era nada que pudiera implicar permanencia.
Simplemente había llegado, había cenado, se había quedado dormido en la biblioteca y, cuando despertó, decidió no marcharse todavía. Ares había conseguido no mencionar aquello durante casi cuatro horas. Un récord extraordinario. La mañana estaba fría. Kael se encontraba sentado junto a una de las ventanas de la sala principal con las piernas cruzadas sobre un sillón, leyendo un texto antiquísimo sobre vínculos divinos. Ares entró. Lo vio. Se detuvo. Sonrió. Kael levantó los ojos.
—No.
—¿Qué?
—Tu cara.
—Solo entré.
—Y sonreíste.
—¿Está prohibido?
Kael hizo una mueca.
—Depende del motivo.
Ares se acercó.
—Estás aquí.
Silencio. El joven cerró los ojos.
—No hagas.
—No dije nada.
—Lo pensaste.
El dios levantó una ceja.
—¿Ahora lees mentes?
—No. Eres predecible.
Ares hizo una mueca. Kael volvió al libro.
—Buenos días.
—Buenos días.
El dios se quedó quieto.
—Eso fue normal.
—No abuses.
Ares se sentó frente a él. Kael levantó una ceja sin dejar de leer.
—¿Qué?
—Nada.
—Me observas.
—Estás leyendo sobre nosotros.
El joven bajó el libro.
—No sobre nosotros.
—Sobre vínculos entre dioses y destructores.
—Exactamente.
—Nosotros.
Kael hizo una mueca.
—No todo tiene que ser romántico.
Ares sonrió.
—No dije romántico.
Silencio. Kael abrió mucho los ojos.
—Eso fue trampa.
—Muchísimo.
El joven cerró el libro.
—Estás aprendiendo demasiado.
—De un excelente maestro.
—No te emociones.
—Ya lo hice.
Kael dejó el volumen sobre la mesa.
—Encontré algo.
Ares se puso serio.
—¿Las líneas?
—Sí.
—¿Qué dice?
Kael abrió en una página marcada. Ares se inclinó. El texto estaba escrito en una variante arcaica del idioma olímpico.
—¿Puedes leerlo?
Kael levantó una ceja.
—Sí.
—¿Desde cuándo?
—Desde los trece.
Ares cerró los ojos.
—Naturalmente.
—No empieces.
—Sigue.
Kael pasó un dedo por una ilustración. Dos brazos. Uno con líneas claras. Otro con líneas oscuras. Colores imposibles de reconocer en el manuscrito antiguo.
—Habla de «hilos de reconocimiento».
Ares frunció el ceño.
—No recuerdo eso.
—Porque no son comunes.
—¿Qué significa?
Kael leyó:
—«Cuando dos voluntades distintas forman un vínculo sin sello, objeto ni juramento, la energía puede manifestarse sobre la piel del otro como color contrario».
Silencio. Ares miró sus manos. Nada. Kael también.
—Color contrario —repitió el dios.
—Tu violeta.
—Tu rojo.
—Sí.
Ares se quedó quieto.
—Entonces eres tú.
Kael levantó una ceja.
—¿Qué?
—El violeta.
El joven sintió calor en el rostro.
—Es el color de mis ojos.
—Exactamente.
—Eso no significa...
—Y tú ves rojo.
Kael hizo una mueca.
—Tu color.
—Exactamente.
El dios sonrió demasiado. Kael lo señaló.
—No.
—¿Qué?
—No conviertas esto en declaración.
—No lo hago.
—Tu cara.
Ares levantó las manos.
—Solo me parece interesante.
—Nuestra palabra.
—Sí.
El joven volvió al libro.
—No da control.
—Bien.
—No permite rastreo.
—Bien.
—No obliga obediencia.
—Bien.
—No puede imponerse.
Ares dejó de sonreír un poco. Kael lo vio.
—Ah.
—¿Qué?
—Esa última te dolió.
—No.
—Mucho.
—No.
—Muchísimo.
Ares cerró los ojos.
—Un poco.
Kael soltó una carcajada.
—Sabía.
Ares apoyó los brazos sobre las rodillas.
—¿Puede romperse?
La pregunta salió demasiado rápido. Kael levantó lentamente los ojos.
—Eso era lo primero que querías saber.
El dios hizo una mueca.
—Precaución.
—Miedo con vocabulario olímpico.
Ares abrió mucho los ojos.
—Eso lo dice Apolo.
—Dámetor me lo contó.
Silencio. El dios cerró los ojos.
—Ya hablan demasiado.
Kael sonrió.
—Todavía no lo conocí formalmente.
—Peor.
—Pero me cae bien.
—Naturalmente.
Kael volvió a la página.
—No dice que sea eterno.
Ares se tensó.
—Ah.
El joven lo observó.
—¿Quieres que mienta?
—No.
—Entonces.
Kael continuó:
—Parece depender de la relación entre ambas personas.
—¿Puede debilitarse?
—Sí.
—¿Desaparecer?
—Probablemente.
Silencio. Ares miró hacia la ventana. Muy mala información. Kael lo vio inmediatamente.
—No hagas eso.
—¿Qué?
—Convertir algo vivo en garantía.
El dios volvió hacia él.
—No puedo evitar pensar en cuánto dura.
—Claro.
—Porque si desaparece...
Kael levantó una mano.
—No.
—Déjame terminar.
—Ya sé qué vas a decir.