El Último Poder Del Olimpo

El fantasma de Afrodita

La primera vez que Kael pronunció el nombre de Afrodita delante de Ares después de que las cintas comenzaran a aparecer, el rojo desapareció de su brazo antes de que terminara la palabra. El violeta de Ares hizo lo mismo.

No se apagó lentamente. No disminuyó. Desapareció. Como si alguien hubiera cortado ambos lazos con una espada invisible. Kael lo notó. Ares también. Y ninguno habló durante varios segundos. Estaban en una de las terrazas occidentales del castillo, sentados frente a una mesa cubierta de mapas, pergaminos y dos copas de vino que Ares había decidido que eran necesarias para una conversación «seria». Kael había respondido que el dios necesitaba vino para cualquier conversación que durara más de cinco minutos. Ares había afirmado que eso era una acusación falsa.

Entonces Kael había contado las tres copas de la noche anterior. La discusión había terminado con ambos riendo. Hasta que apareció el nombre. Afrodita. Entonces todo cambió. Kael bajó la mirada hacia su brazo. Vacío.

—Otra vez.

Ares dejó la copa.

—¿Qué?

—Las cintas.

—Lo veo.

—Desaparecieron.

—Sí.

Kael levantó los ojos.

—Cada vez que hablamos de ella.

Ares apretó la mandíbula.

—No siempre.

—Casi.

—No significa nada.

Kael levantó una ceja.

—Hace dos días dijiste que reaccionan a nosotros.

—Eso fue antes.

—¿Antes de qué?

—Antes de que empezaras a analizar cada cosa que hacen.

Kael se recostó.

—Interesante.

Ares hizo una mueca.

—No uses esa palabra.

—Nuestra palabra.

—Ahora la odio.

—Muchísimo.

Por un segundo parecía que el humor podría regresar. No lo hizo. Kael miró otra vez sus manos.

—No estoy intentando convertir las cintas en oráculo.

—Parece.

—Estoy observando.

—Lo mismo que dices antes de entrar ilegalmente en archivos divinos.

—Funcionó bastante bien hasta ahora.

Ares soltó aire.

—Kael.

El joven se puso serio.

—Quiero entender por qué una mujer que ya no está consigue apagar algo entre nosotros.

Silencio. Golpe. Ares apartó la mirada.

—No lo apaga ella.

—Entonces tú.

El dios se volvió.

—No.

—Sí.

—No sabes de qué hablas.

Kael respiró.

—Entonces explícame.

Ares se levantó.

—No.

La palabra cayó con una dureza innecesaria. Kael se quedó quieto. Ares caminó hacia la baranda.

—No quiero hablar de Afrodita.

—Bien.

—Y deja de investigarla.

—No.

El dios giró.

—¿Qué?

Kael sostuvo su mirada.

—No voy a investigar detalles privados de tu relación — Pausa —Pero no voy a fingir que ella no existe cuando todavía dirige parte de cómo me tratas.

La expresión de Ares se endureció.

—No me dirige.

—Entonces por qué cada vez que digo libertad dejas de escucharme.

Silencio.

—Yo te escucho.

—No.

Kael negó.

—Me miras y durante unos segundos no estás viendo mi cara.

El dios se quedó inmóvil.

—Ves la de ella.

Eso sí dolió. Mucho. Ares tomó la copa. No bebió. La dejó otra vez.

—No sabes absolutamente nada.

Kael levantó una ceja.

—Entonces estamos otra vez en el mismo punto.

—¿Cuál?

—Donde tú sabes algo que me afecta y yo tengo que obedecer las consecuencias sin conocer la causa.

Ares lo fulminó.

—No te estoy pidiendo obediencia.

—Todavía no.

—Deja de decir eso.

—Entonces deja de darme razones.

El viento cruzó la terraza. Las llamas de dos antorchas temblaron. La energía roja alrededor de Ares también. Kael lo sintió. No retrocedió.

—Tú quieres que confíe en ti —continuó—. Pero cuando llegamos a la parte de ti que más controla nuestras discusiones, cierras la puerta.

—Es mía.

—Sí — Pausa. —Y tienes derecho.

Aquello detuvo a Ares. Kael continuó, más tranquilo:

—Tu historia es tuya. No tienes que contarme nada.

El dios frunció ligeramente el ceño.

—Entonces qué quieres.

—Que dejes de castigarme por una historia que no me cuentas. Silencio. Esta vez Ares no pudo responder. El fantasma llegó sin cuerpo. No necesitaba uno. La voz de Afrodita vivía demasiado bien en la memoria.

No puedes amarme si quieres decidir cada paso que doy.

Ares cerró los ojos. Otra.

Confía en mí.

Después otra.

Volveré.

La última era siempre la peor. Porque durante años había sido cierta. Afrodita regresaba. Después de días. Semanas..Meses. Llegaba sonriendo. Besaba su mejilla. Se reía de sus celos. Le decía que nadie podía reemplazarlo. Y Ares, que podía destrozar ejércitos sin temblar, había aprendido a esperar. Había aprendido a abrir la mano. Porque ella decía que el amor verdadero no encerraba. Que la posesión mataba el deseo. Que un corazón retenido dejaba de ser corazón. Él había intentado creer. Y durante un tiempo funcionó. Hasta el día en que Afrodita no regresó. No hubo guerra. No hubo secuestro. No hubo enemigo. Solo una elección. La suya. Otro camino. Otra vida. Otra persona quizá, aunque aquello ya no importaba. Lo que había importado era el silencio.

Los días convirtiéndose en semanas. Las promesas perdiendo significado. Ares esperando frente a puertas que nunca volvieron a abrirse. Desde entonces la palabra libertad había dejado de significar espacio. Significaba advertencia.

Prepárate.

Te va a dejar.

—Ares.

La voz de Kael lo devolvió. No Afrodita. Kael. El dios abrió los ojos. El joven seguía sentado. No había portal detrás. Eso fue lo primero que Ares vio. No salida. No amenaza. Solo Kael.

—¿Qué? —preguntó.

Kael lo estudió.

—Te fuiste.

Ares hizo una mueca.

—Estoy aquí.

—No — Pausa —Hace un minuto no.

El dios apretó los labios. Kael inclinó la cabeza.

—¿Ella decía cosas parecidas a mí?

Silencio. Ares no respondió.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.