La rigidez en los hombros. La forma en que el dios apretaba demasiado la copa. El silencio que dejaba de ser cómodo para convertirse en una muralla. Y, sobre todo, la manera en que sus ojos dorados dejaban de verlo durante unos segundos aunque continuaran apuntando directamente hacia él. Aquella mirada era la peor.
Porque Kael sabía perfectamente quién aparecía entonces en su lugar. Afrodita. La tarde había empezado bien. Demasiado bien, quizá. Kael llevaba tres días quedándose en el castillo más tiempo de lo habitual. No había planeado hacerlo. Simplemente ocurría. Llegaba por la mañana, abría un portal hacia alguna habitación, encontraba a Ares haciendo algo innecesariamente solemne y terminaba pasando el día allí. A veces entrenaban. Otras discutían. Con frecuencia comían. Y, de manera inexplicable, habían empezado a hablar. De verdad. No solamente de destructores, marcas o dioses.
Ares le había contado historias absurdas sobre Apolo. Kael había confesado que durante años había utilizado una dimensión específica para esconder libros porque nadie podía seguirlo allí. Ares lo había acusado de ser un ladrón dimensional. Kael había corregido:
—Archivista independiente.
Ares había respondido:
—Delincuente.
—Dios posesivo.
—Destructor insoportable.
—Muchísimo.
Y ambos habían terminado riendo. Aquella tarde incluso habían salido al bosque. Kael abrió pequeños portales entre árboles solo para irritarlo. Ares insistió en que caminar era una actividad perfectamente funcional. Kael sostuvo que atravesar veinte metros mediante piernas cuando podía hacerlo en medio segundo era una pérdida de tiempo.
—Tu problema —dijo Ares— es que conviertes cualquier inconveniente en excusa para romper el espacio.
—Tu problema es que aceptas la existencia de distancia aunque puedas eliminarla.
Ares lo miró.
—Eso sonó filosófico.
Kael abrió mucho los ojos.
—No.
—Lo fue.
—Retiro.
—Demasiado tarde.
Las cintas habían aparecido. Rojo sobre Kael. Violeta sobre Ares. Suaves. Hasta la mitad de los antebrazos. El joven había sonreído al verlas..Eso también empezaba a ser peligroso. Porque ya no las miraba como una anomalía. Empezaba a esperarlas. El problema llegó después. Regresaron al castillo cuando el cielo comenzaba a oscurecer. Kael se había quitado la chaqueta y la había dejado sobre un sofá. Había tomado una manzana de una bandeja sin pedir permiso, porque después de varias semanas de visitas ya había concluido que Ares no iba a iniciar una guerra por fruta. Se equivocó en la causa. No en la guerra.
—Mañana no vendré —dijo Kael distraídamente mientras mordía la manzana.
Ares estaba revisando un pergamino. Dejó de mover la mano. Solo un instante.
Kael lo vio.
—Ares.
—¿Qué?
—Nada.
El dios continuó leyendo..Kael levantó una ceja. Demasiado fácil.
—Voy a quedarme fuera varios días.
La mano volvió a detenerse.
—¿Cuántos?
Ahí estaba.
Kael hizo una mueca.
—No sé.
—Aproximadamente.
—No sé.
—Dos.
—Tal vez.
—Tres.
Kael dejó la manzana.
—Ares.
—Solo pregunto.
—No.
—¿No qué?
El joven cruzó los brazos.
—No vamos a empezar con el interrogatorio.
—No es interrogatorio.
—Ya llevas tres preguntas y ni siquiera dije adónde voy.
Silencio. El dios levantó lentamente los ojos.
—¿Adónde vas?
Kael cerró los ojos.
—Perfecto.
—Es una pregunta razonable.
—Para ti todas las preguntas que sirven para controlar son razonables.
La expresión de Ares se endureció.
—No intento controlarte.
—Entonces no necesitas saber.
—Necesito saber que estás seguro.
—No.
—Kael.
El joven levantó una mano.
—Puedes querer saberlo. No es lo mismo que necesitarlo.
Ares apretó los labios. La cinta violeta disminuyó..Kael lo vio..La roja también.
—Mira.
—No uses eso.
—No estoy usando nada.
El joven señaló su brazo.
—Está pasando.
Ares dejó el pergamino.
—No quiero hablar de las cintas cada vez que discutimos.
—Yo tampoco.
—Entonces deja de mirarlas.
Kael sintió irritación.
—No soy yo quien está convirtiendo una salida de tres días en abandono.
Silencio. Error..Ambos lo supieron. La palabra quedó entre ellos. Abandono. Y detrás de ella apareció el fantasma. Ares se puso de pie.
—No dije eso.
—No necesitabas.
—Kael.
—Tu cara.
—Deja de usar mi cara como argumento.
El joven soltó una risa seca.
—Es muy expresiva.
Ares no sonrió. Kael perdió la suya también.
—¿Qué pasa realmente?
—Nada.
—Mentirosa.
—Sigue sin corresponder.
—Ares.
El dios caminó hacia la ventana. Kael lo observó. Ese movimiento. Alejarse. Cerrar. Convertirse en piedra antes de que algo pudiera tocarlo. También había aprendido a reconocerlo.
—Voy a una de mis dimensiones —dijo Kael.
Ares no giró.
—Bien.
—Quiero practicar.
—Bien.
—Quizá visite el orfanato después.
—Bien.
Kael levantó una ceja.
—No estás escuchando.
—Sí.
—No.
Ares apretó las manos sobre la baranda.
—Dijiste que te vas. Entendí.
—Eso no es lo que dije.
—Es exactamente.
—Dije que voy a volver.
Silencio..Ares giró.
—No.
Kael quedó inmóvil.
—¿Qué?
Los ojos dorados tenían algo oscuro.
—Dijiste quizá tres días. Quizá más. No sabes dónde estarás después.
El joven frunció el ceño.
—¿Y?
—Eso no es volver.
Kael sintió un golpe de enojo.
—Claro que lo es.
—No.
—¿Quieres decidir tú incluso la definición de volver?
—Volver significa saber que regresarás.