Y precisamente por eso todo resultó mucho más peligroso. Kael llevaba cinco noches consecutivas durmiendo en el castillo. No lo habían acordado. Nadie había pronunciado la palabra mudanza porque Ares valoraba demasiado la integridad estructural de su residencia como para cometer semejante imprudencia. La primera noche Kael se había quedado porque llovía. Ares había señalado que podía abrir portales y, por lo tanto, la lluvia era una excusa absurda. Kael respondió que precisamente por eso tenía derecho a elegir una excusa absurda. La segunda noche había estado demasiado cansado después de entrenar. La tercera se quedó leyenda. La cuarta porque sí. Y la quinta...
Ares decidió no preguntar. Progreso. Muchísimo progreso. Kael había comenzado a dejar pequeñas cosas. Un libro sobre una mesa. Una chaqueta sobre un sillón. Dos dagas en una habitación. Un par de botas junto a una puerta. Ares observaba cada nuevo objeto con una satisfacción que intentaba ocultar y fracasaba miserablemente.
—Estás mirando mi chaqueta otra vez —dijo Kael aquella mañana.
Ares apartó inmediatamente los ojos.
—No.
—Sí.
—Estaba mirando el sillón.
Kael levantó una ceja.
—¿Te enamoraste del sillón?
—Es antiguo.
—Muchísimo.
Ares cerró los ojos.
—No puedes usar nuestra palabra para cualquier cosa.
—Puedo.
—No.
—Muchísimo.
El dios abrió los ojos. Kael sonreía. Y apareció violeta sobre las manos de Ares. Rojo sobre las de Kael. Las cintas subieron lentamente por sus muñecas. Ya ocurría con frecuencia. Una carcajada. Una conversación. Una discusión resuelta sin portazos dimensionales. Un gesto de confianza. Y allí estaban. No obedecían. No marcaban. No pertenecían a ninguno. Simplemente aparecían. Ares empezaba a amarlas. Precisamente porque no podía controlarlas. Aunque jamás admitiría esa última parte. Aquella tarde entrenaron juntos. Era una pésima idea. Por eso lo hacían con frecuencia.
Kael estaba aprendiendo a controlar la intensidad de su poder destructivo sin liberar toda su fuerza. Ares, por su parte, insistía en enseñarle combate físico. Kael consideraba aquello innecesario.
—Puedo desintegrar la espada.
—No puedes depender siempre del poder.
—Puedo abrir un portal debajo del enemigo.
—Kael.
—Puedo mandarlo a otra dimensión.
—Kael.
—Puedo abrir un portal debajo de mí.
—¡KAEL!
El joven sonrió.
—¿Qué?
Ares bajó la espada.
—Atácame normalmente.
—Define normalmente.
—Sin portales.
Kael hizo una mueca de absoluto horror.
—Eso es discriminación dimensional.
Ares lo miró.
—Acabas de inventar eso.
—Sí.
—No existe.
—Ahora sí.
Ares cerró los ojos.
—Por todos los dioses.
—Tú eres uno.
—Eso empeora todo.
Kael atacó. Rápido. Ares bloqueó. El joven giró, esquivó la espada y lanzó una patada. Ares atrapó su pierna. Error. Kael abrió un portal detrás del dios.
—¡DIJE SIN PORTALES!
—¡REFLEJO!
Ambos atravesaron. Aparecieron tres metros sobre un estanque del jardín. Ares abrió mucho los ojos.
—Kael.
—Ah.
Cayeron. El agua explotó alrededor. Silencio. Después Kael salió a la superficie. El cabello rubio con mechones rojizos pegado al rostro. Miró a Ares. Ares lo miró.
—Reflejo —repitió el dios.
Kael intentó mantener expresión seria. No pudo. Empezó a reír. Ares le lanzó agua.
—¡Idiota!
—¡Dios lento!
—¡Hiciste trampa!
—¡Usé recursos disponibles!
—¡TE DIJE SIN PORTALES!
Kael volvió a reír..Ares se abalanzó sobre él. El joven intentó escapar. Resbaló. Ares lo sostuvo. Los dos volvieron a caer al agua. Y durante varios minutos el dios de la guerra y uno de los seres más peligrosos que caminaban sobre la tierra se comportaron como dos adolescentes incapaces de recordar que poseían dignidad. Después ocurrió. Sin aviso. Estaban cerca del borde. Kael había conseguido quitarle la espada. La sostenía sobre la cabeza.
—Victoria.
Ares levantó una ceja.
—Me robaste el arma.
—Victoria.
—Caímos porque hiciste trampa.
—Victoria.
—No sabes usarla.
Kael miró la espada. Después al dios.
—Detalles.
Ares intentó recuperarla..Kael retrocedió.
—No.
—Dámela.
—Di que gané.
—Nunca.
—Entonces viviré con ella.
—Kael.
—La llamaré Ares.
El dios quedó inmóvil.
—No te atrevas.
—Para recordar que es pesada, dramática y difícil de manejar.
Silencio. Ares abrió mucho los ojos. Kael empezó a reír.
—Ven aquí.
—No.
Ares avanzó. Kael retrocedió. Otro paso. El joven intentó abrir un portal. Nada. Ares había agarrado su muñeca. No fuerte. Solo suficiente para desconcentrarlo. Kael levantó los ojos. Ares estaba demasiado cerca. La risa murió lentamente. Silencio..El agua llegaba hasta sus cinturas. La espada cayó. Ninguno miró. Las cintas aparecieron. Violeta. Rojo. Muy brillantes..Kael sintió el cambio inmediatamente. No peligro. Otra cosa. Ares soltó su muñeca. Eso fue lo primero. No aprovechó la cercanía. No lo retuvo. Solo dejó caer la mano..Kael podía alejarse. No lo hizo. Los ojos dorados descendieron un instante hacia su boca. Después volvieron a los violetas. Kael lo vio. Su corazón golpeó con fuerza.
—Ares.
—¿Sí?
—Estás pensando.
—Grave problema.
Kael sonrió apenas.
—Muchísimo.
Ares también. Pero ninguno retrocedió. El dios levantó una mano. Se detuvo antes de tocar su rostro.