Por eso resultaba especialmente absurdo que llevara siete noches consecutivas durmiendo allí. La mañana comenzó con Ares cometiendo un error.
—Podrías quedarte.
Kael dejó de untar miel sobre el pan. Ares supo inmediatamente que había elegido mal las palabras.
—Quiero decir...
—No.
—Todavía no terminé.
—Precisamente.
El dios cerró los ojos.
—¿Podrías escuchar primero?
—Depende.
—¿De qué?
—De cuánto vaya a irritarme lo que sigue.
Ares apoyó los codos sobre la mesa.
—No puedo saberlo antes de decirlo.
Kael levantó una ceja.
—Yo sí.
—Naturalmente.
—Muchísimo.
Ares suspiró.
—No estoy hablando de obligarte.
—Excelente comienzo.
—Ni de marcarte.
—Mejor.
—Ni de cerrar portales.
Kael mordió el pan.
—Continúa.
El dios respiró.
—Solo digo que llevas una semana aquí.
Silencio.
—Siete noches —añadió.
Kael dejó lentamente el pan.
—¿Las contaste?
Ares se congeló.
—No.
—Acabas de decir siete.
—Era aproximación.
—Ares.
—Seis o siete.
—Siete.
El dios hizo una mueca.
—Quizá.
Kael cruzó los brazos.
—Estás contando.
—No deliberadamente.
—¿Qué significa contar accidentalmente?
—¡QUE SÉ CUÁNDO DUERMES EN MI CASTILLO!
Silencio..Kael levantó una ceja.
—Eso sonó muchísimo peor de lo que pretendías.
Ares cerró los ojos.
—Lo sé.
El joven tomó otra rebanada.
—Continúa. Esto promete.
Ares intentó reorganizar mentalmente el discurso. Había pasado media noche pensando cómo plantearlo. Claramente había sido tiempo perdido.
—Tienes ropa aquí.
Kael miró hacia abajo.
—Estoy vestido.
—No me refiero...
—Excelente observación.
—Kael.
—Continúa.
—Libros.
—Tres.
—Nueve.
Silencio. El joven frunció el ceño.
—¿Nueve?
—Biblioteca, habitación, sala occidental, dos en la terraza...
—¿Revisaste mis cosas?
Ares abrió mucho los ojos.
—¡NO!
—Entonces cómo sabes.
—¡PORQUE ESTÁN POR TODAS PARTES!
Kael pensó.
—Ah.
—También dejaste dos chaquetas.
—Una.
—Dos.
—La roja no cuenta.
—¿Por qué?
—No sé. Pero no cuenta.
Ares se llevó una mano al rostro.
—Y botas.
—Necesarias.
—Armas.
—Más necesarias.
—Un tablero dimensional en mi biblioteca.
—Eso sí es importante.
—Y ayer encontré una piedra violeta en mi habitación.
Kael sonrió.
—Bonita, ¿verdad?
Ares lo miró.
—¿Por qué había una piedra interdimensional sobre mi almohada?
—Regalo.
Silencio.
El dios se quedó inmóvil.
—¿Regalo?
Kael comprendió demasiado tarde.
—No.
Ares sonrió.
—Dijiste regalo.
—Retiro.
—No puedes.
—Era decoración.
—Para mi almohada.
—Sí.
—Elegida por ti.
—No abuses.
—Para mí.
Kael señaló con el cuchillo de mantequilla.
—Una palabra más y la recupero.
Ares cerró inmediatamente la boca..Kael continuó desayunando. El dios seguía sonriendo.
—Tu cara —murmuró el joven.
—No estoy diciendo nada.
—Tu cara está gritando.
—No puedo controlarla.
—Mentira.
Las cintas aparecieron. Roja sobre Kael. Violeta sobre Ares. Ambos las miraron. Kael hizo una mueca.
—Traidoras.
—¿Por qué?
—Están de tu lado.
Ares levantó una ceja.
—Pensé que habíamos establecido que no toman partido.
—Hoy sí.
—Quizá les gustó la piedra.
Kael abrió mucho los ojos.
—Te advertí.
Ares empezó a reír.NFue precisamente aquella atmósfera la que hizo que Ares volviera a intentarlo.
—Kael.
—Qué.
—Vives aquí.
El joven dejó de comer.
Silencio..El dios comprendió inmediatamente que acababa de pisar una mina.
—No.
—Prácticamente.
—No.
—Pasas más tiempo aquí que...
—No.
—Kael.
—No vivo aquí.
Las cintas disminuyeron. Ares lo vio.
—Bien.
—No digas bien así.
—¿Así cómo?
—Como si esperaras convencerme.
—Solo estoy señalando una realidad.
El joven apartó el plato.
—Mi realidad es que puedo marcharme en cualquier momento.
—Nunca dije lo contrario.
—Entonces no vivo aquí.
Ares frunció el ceño.
—No entiendo.
—Precisamente.
Kael se levantó. Caminó hacia una ventana. El castillo dominaba una enorme extensión de bosque y montañas. Era hermoso. Eso también lo irritaba. Porque habría sido mucho más sencillo odiar un lugar desagradable. Pero el castillo de Ares era magnífico. Piedra oscura. Torres rojizas. Galerías abiertas hacia jardines. Bibliotecas. Salas de entrenamiento. Habitaciones cálidas. Terrazas desde las cuales podía verse el cielo entero.
Y una cocina donde, misteriosamente, siempre había pan cuando él llegaba. Kael sabía que eso no era casualidad. Ares todavía fingía. Ambos permitían la mentira. El castillo podía ser hogar. Ese era exactamente el problema.
—¿Qué significa vivir aquí para ti? —preguntó Ares.
Kael no giró.
—Quedarme.
—Eso suele significar.
—No entiendes.
El dios se levantó.
No se acercó demasiado.
—Explícame.
Kael miró el bosque.
—Cuando vivía en el orfanato, todas las puertas tenían horarios.
Silencio. Ares se quedó quieto. Kael rara vez hablaba de aquello.