El Último Poder Del Olimpo

El dios que intenta olvidarlo

Ares descubrió que intentar olvidar a Kael era muchísimo más difícil que intentar capturarlo. Capturarlo, al menos, había sido una actividad concreta. Había cadenas, estrategias, barreras, persecuciones absurdas y portales que acababan enviándolo a fuentes, gallineros o dimensiones donde las leyes físicas parecían haber sido redactadas por alguien con un profundo desprecio por la estabilidad. Existía un objetivo. Había algo contra lo cual luchar.

Olvidarlo era distinto. No había enemigo. No había espada. No había fortaleza que conquistar. Solo estaba el castillo. Y el castillo estaba lleno de Kael. Ares comprendió la magnitud del problema una mañana, poco después del amanecer, cuando entró en la cocina decidido a comenzar una vida perfectamente normal y encontró una hogaza de pan recién hecho sobre la mesa.

Se detuvo. La miró. El pan no hizo nada. Naturalmente. Sin embargo, Ares sintió una irritación inmediata.

—No.

La cocinera, que estaba sirviendo té a varios metros, giró.

—¿Mi señor?

Ares señaló la hogaza como si acabara de descubrir un arma enemiga.

—¿Por qué hay eso?

La mujer observó el pan.

—Porque es desayuno.

—No ese.

Silencio.

—Es pan, mi señor.

Ares cerró los ojos.

—Lo sé.

—Entonces…

—Nada.

La cocinera volvió a su trabajo con la expresión cautelosa de quien había sobrevivido suficiente tiempo al servicio de un dios como para comprender cuándo no debía formular preguntas. Ares tomó asiento. Miró el pan. Kael adoraba el pan recién hecho. Primera derrota.

El dios apartó la bandeja hacia el otro extremo de la mesa. Tomó una fruta. Mordió. Pera. Kael había dicho una vez que las peras de aquel castillo eran mejores que las del orfanato y después había pasado diez minutos negando que aquello fuera un elogio hacia la residencia de Ares.

Segunda derrota. Dejó la fruta. Tomó vino. Demasiado temprano. No importaba. Kael había dicho que los dioses utilizaban el vino como sustituto de conversación emocional. Tercera derrota. Ares dejó la copa.

—Perfecto.

La cocinera volvió a mirarlo.

—¿Mi señor?

—Nada.

Esta vez la mujer decidió abandonar la habitación. Sabia decisión. Ares permaneció solo. Habían pasado dos días desde que decidió que tenía que alejarse de Kael. Dos días. Parecían veinte años. La decisión había llegado después de una noche demasiado tranquila. Eso había sido precisamente lo peligroso.

Kael había permanecido en el castillo hasta tarde. Habían cenado, discutido sobre un mapa dimensional, atravesado mediante portal tres pisos solo porque Kael se negaba a utilizar las escaleras y terminado en la biblioteca leyendo cada uno cosas distintas.

Sin tensión. Sin discusiones graves. Sin miedo. Kael estaba en un sofá. Ares frente a la chimenea.

Una de las botas del muchacho descansaba sobre una mesa que había costado más de lo que una familia mortal podía ganar en varias vidas. Ares ni siquiera le había pedido que la quitara. Ese había sido el primer síntoma de una enfermedad evidentemente terminal. Después Kael había levantado los ojos del libro.

—Ares.

—¿Qué?

—¿Sabes que estás mirando la misma página desde hace quince minutos?

El dios había bajado la vista. Kael tenía razón.

—Estoy pensando.

—Eso sigue siendo preocupante.

—Muchísimo.

Kael había sonreído. Y las cintas aparecieron. Roja. Violeta. Tranquilas. Como si pertenecieran allí. Ares había observado el violeta recorriendo su mano. Después a Kael. El muchacho había vuelto a leer. Sin darle importancia. Como si aquella intimidad empezara a convertirse en algo cotidiano. Eso había provocado el miedo. No cuando Kael abría portales. No cuando se marchaba. Cuando se quedaba. Porque Ares había reconocido la sensación. Había vivido algo parecido siglos atrás.

Afrodita también había empezado siendo presencia. Después costumbre. Después necesidad. Y finalmente ausencia. Ares se había levantado. Kael lo miró.

—¿Qué?

—Nada.

—Tu cara.

—Estoy cansado.

—Entonces duerme.

Tan sencillo. Como si pudiera. Ares había observado la cinta violeta. Y pensó:

Esto va a destruirme.

No porque Kael fuera cruel. Peor. Porque quizá no lo fuera. Porque quizá Kael pudiera quererlo de verdad y aun así decidir algún día marcharse. Porque Kael había sido honesto desde el principio: no prometía eternidad. Y Ares empezaba a amar algo que jamás podría asegurar. Eso era exactamente lo que había jurado no volver a hacer. Por eso aquella noche decidió terminar antes de necesitarlo todavía más. Naturalmente, no se lo explicó a Kael.

Porque los dioses podían tener miles de años y seguir tomando decisiones emocionales con una madurez sorprendentemente discutible. A la mañana siguiente, cuando Kael apareció en la cocina mediante un portal y tomó una rebanada de pan, Ares simplemente dijo:

—Tengo cosas que hacer.

El muchacho levantó una ceja.

—Bien.

Ares sintió una irritación absurda porque no preguntó cuáles.

—Estaré ocupado varios días.

—Bien.

Otra vez. Kael siguió comiendo. Ares lo miró.

—Eso es todo.

El joven levantó lentamente los ojos.

—¿Qué quieres que diga?

—Nada.

—Entonces bien.

Ares cerró los ojos.

—Deja de decir bien.

Kael soltó una pequeña risa.

—Tú empezaste.

El dios se puso de pie.

—Voy a salir.

—Perfecto.

—No sé cuándo regresaré.

Kael mordió el pan.

—Disfruta.

Eso debería haber facilitado la situación. En cambio, Ares quiso preguntarle por qué demonios no parecía molesto. Ridículo. Era él quien estaba alejándose.

—Kael.

—¿Qué?

El muchacho lo miró. Ares podría haber hablado entonces. Podría haber dicho:

Estoy aterrorizado.

Te estás convirtiendo en alguien demasiado importante.

No sé amar sin empezar a imaginar la pérdida.




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