El Último Poder Del Olimpo

Una puerta en medio de la guerra

La guerra comenzó antes del amanecer. No con trompetas. No con ejércitos alineados. No con heraldos corriendo por los pasillos. Comenzó con una grieta roja atravesando el cielo sobre las montañas orientales. Kael la vio desde la ventana de su habitación.

Llevaba apenas unos minutos despierto. Tenía el cabello revuelto, una camisa negra abierta sobre otra más ligera y la sensación molesta de no haber dormido suficiente. La cinta roja se extendía perezosamente desde la palma hasta la muñeca, débil, como si también estuviera medio dormida. Entonces la grieta apareció. No era un portal suyo. Tampoco tránsito divino. Kael se incorporó de inmediato. Del otro lado de la pared sonó un golpe. Después otro..Ares.

La puerta se abrió sin brusquedad, pero demasiado rápido como para fingir tranquilidad.

—No salgas.

Kael levantó lentamente una ceja..Ares se quedó quieto. Mala forma de empezar.

—Buenos días para ti también.

—Kael.

—No.

El dios cerró los ojos un instante.

—Déjame reformular.

—Excelente idea.

Ares respiró.

—Tenemos un ataque en la frontera oriental. Todavía no sabemos qué está cruzando.

Kael volvió a mirar la grieta.

—Entonces voy.

—No.

Silencio. Otra vez. Kael se volvió.

—Acabas de gastar la reformulación.

Ares apretó la mandíbula.

—Es una zona de guerra.

—Lo veo.

—No sabemos qué clase de magia está atravesando.

—Precisamente.

—Kael.

El joven cruzó los brazos.

—¿Qué parte de «deja de decidir que alejarme es protegerme» olvidaste ayer?

Ares se quedó quieto. Golpe limpio. Muy reciente. Muy merecido.

—Ninguna.

—Entonces.

El dios miró hacia la ventana. La grieta volvió a crecer. Un trueno lejano sacudió el castillo.

—No quiero perderte en una batalla que ni siquiera entiendes.

Kael sintió que algo se endurecía.

—Y yo no quiero enterarme después de que te enfrentaste solo a algo que podía haber detenido.

—No sabes.

—Tú tampoco.

Silencio. La cinta violeta apareció sobre la mano de Ares. La roja de Kael se intensificó. Ares las vio.

—No quiero que esto se convierta en discusión.

Kael levantó una ceja.

—Ya lo es.

—Naturalmente.

—Muchísimo.

Por un instante ambos casi sonrieron. Entonces llegó otro estruendo. No hubo tiempo. El patio del castillo se llenó de soldados. Armaduras oscuras. Lanzas. Escudos. Caballos divinos. Mensajeros. El aire olía a metal, humo y magia antigua..Ares descendió los escalones centrales con la armadura roja y negra materializándose sobre su cuerpo a medida que caminaba. Kael apareció a su lado mediante portal.

El dios giró.

—No.

Kael continuó caminando.

—No gastes saliva.

—No vienes.

—Ya vine.

Ares se interpuso. El joven se detuvo.

—Ares.

—No.

—Muévete.

—No.

Los soldados más cercanos empezaron a mirar hacia otro lado con exagerada concentración. Kael los vio.

—Excelente. Ahora tienes público.

Ares bajó la voz.

—No quiero discutir contigo delante de todos.

—Entonces deja de bloquearme delante de todos.

Silencio. El dios respiró.

—Voy a entrar primero.

Kael levantó una ceja.

—¿Y?

—Si determino que es seguro...

—No.

Ares cerró los ojos.

—¿Puedes al menos dejarme terminar una frase?

—Cuando la frase no termine en «te quedas aquí».

—Kael.

—Ares.

El dios de la guerra apretó los labios. Kael sonrió apenas.

—Somos muy malos en esto.

—Muchísimo.

Una voz interrumpió.

—Mi señor.

Un comandante se acercó.

—La grieta está liberando soldados de piedra negra. No parecen responder a armas normales.

Ares se volvió.

—¿Magia?

—Las debilita, pero vuelven a formarse.

Kael frunció el ceño.

—¿Se reconstruyen?

El comandante miró al joven. Después a Ares. No sabía si responder. Kael levantó una ceja.

—Puedes hablarme.

Ares hizo una mueca.

—Sí, puede.

El hombre asintió.

—Se fracturan y vuelven a unirse. Algunos regresan más grandes.

Kael miró la grieta.

—No es regeneración.

Ares giró.

—¿Qué?

—Probablemente están conectados a otra cosa. Si destruyes el cuerpo, la energía vuelve a formar la estructura.

El comandante frunció el ceño.

—¿Cómo lo sabes?

Kael metió las manos en los bolsillos.

—He roto suficientes cosas.

Silencio. Ares cerró los ojos.

—No presumas.

—No presumo.

—Tu cara.

Kael sonrió. El primer portal de guerra se abrió en mitad del patio. No por Kael. Una figura de piedra atravesó. Alta. Negra. Sin rostro. Los soldados levantaron armas. Ares avanzó. Kael también. La criatura lanzó un brazo convertido en cuchilla. Ares bloqueó. Kael levantó una mano. No creó portal. Usó su mente. La articulación del brazo se fracturó. La criatura retrocedió. Ares giró.

—¿Qué hiciste?

—Busqué el punto de unión.

La piedra comenzó a reconstruirse. Kael observó.

—Ah.

La cinta roja brilló.

—No está vivo.

—Eso espero.

—Está anclado.

Ares frunció el ceño.

—¿Dónde?

Kael cerró los ojos. Sintió. No materia. Algo más. Una dirección. Una especie de tensión tirando desde la criatura hacia la grieta del cielo..Abrió los ojos.

—Allí.

Ares siguió su mirada. La grieta.

—¿Puedes cortar?

Kael sonrió.

—Eso sí fue una pregunta correcta.

El joven levantó ambas manos. No necesitaba. Pero a veces ayudaba. Sintió la conexión. Una línea de energía. Antigua. Densa. No divina completamente. La empujó mentalmente. Nada. Más fuerza. La criatura tembló. Ares lo vio.

—Kael.

—Estoy bien.

—Tu cara.

—No puedo ver mi cara.

—Pálida.

—Útil.

Kael volvió a empujar. La conexión se quebró. La criatura se desplomó. No se reconstruyó. Silencio. Todos en el patio quedaron inmóviles. Kael levantó una ceja.




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