—No entiendo cuál es el problema —dijo el joven mientras terminaba de ajustarse la chaqueta negra con detalles rojos frente a uno de los espejos de su habitación— Es otro destructor.
Ares permanecía apoyado contra el marco de la puerta, con los brazos cruzados y una expresión que llevaba varios minutos intentando presentar como indiferencia. No funcionaba.
—Exactamente.
Kael levantó una ceja.
—Eso no explica nada.
—Los destructores juntos generan problemas.
—¿Basándote en qué?
—Experiencia.
—No tienes experiencia conmigo junto a Dámetor.
Ares hizo una mueca.
—Tengo experiencia contigo solo. Es suficiente.
Kael sonrió.
—Muchísimo.
El dios cerró los ojos.
—No hagas eso hoy.
—¿Qué?
—Esa palabra.
—¿Por qué?
Ares abrió los ojos.
—Porque seguramente Dámetor la usa también y terminarán convirtiéndola en algún tipo de idioma privado irritante.
Kael lo observó durante tres segundos. Después empezó a reír.
—Estás celoso.
—No.
—Sí.
—No.
—Muchísimo.
La cinta violeta apareció inmediatamente sobre la mano de Ares. Kael miró. Después levantó su propio brazo, donde el rojo comenzaba a rodearle la muñeca.
—Hasta el vínculo discrepa.
—El vínculo no es árbitro.
—Eso dices cuando no te conviene.
Ares se llevó una mano al rostro.
—No sé por qué acepté esto.
Kael abrió un portal detrás.
—Porque Apolo te invitó.
—Apolo invitó a ambos.
—Y Dámetor quiere conocerme.
El dios hizo una pausa demasiado evidente. Kael sonrió.
—Ah.
—No.
—Ahí está.
—No está nada.
—Dámetor quiere conocerme.
—Ya lo dijiste.
—Y eso te molesta.
—No.
Kael cruzó los brazos. Ares sostuvo su mirada. Cinco segundos. Diez.
—Un poco.
El joven levantó una ceja.
—Sigue.
—Mucho.
—Más.
Ares cerró los ojos.
—Muchísimo.
Kael sonrió satisfecho.
—Ahora podemos ir.
El castillo de Apolo apareció al otro lado del portal inundado por una luz dorada que Kael consideró inmediatamente excesiva.
Cerró el círculo detrás de ambos y observó el enorme vestíbulo de mármol claro, columnas blancas atravesadas por vetas de oro y ventanales tan grandes que parecía que el edificio hubiera sido construido para que el sol pudiera admirarse a sí mismo. Kael levantó lentamente la vista.
—Esto explica demasiadas cosas.
Ares sonrió.
—¿Qué?
—Apolo.
Una voz respondió desde lo alto de la escalera:
—Te escuché.
Kael levantó la cabeza. Apolo descendía vestido de negro y dorado, los cabellos rubios cayéndole alrededor del rostro y aquella expresión peligrosamente satisfecha que solo podía pertenecer a alguien que se había acostumbrado a ser asociado literalmente con el sol. Kael lo observó. Después miró el castillo. Luego otra vez al dios.
—Sí.
Apolo se detuvo.
—¿Sí qué?
—Nada.
Ares empezó a reír.
—Ya te está juzgando.
Apolo hizo una mueca.
—Excelente.
Kael metió las manos en los bolsillos.
—Tu castillo es hermoso.
El dios levantó una ceja.
—Gracias.
—También parece incapaz de susurrar.
Silencio. Ares soltó una carcajada. Apolo cerró los ojos.
—¿Por qué trajiste a este muchacho?
—¡Tú invitaste!
—Fue antes de conocerlo mejor.
Kael sonrió.
—Me agradas.
Apolo abrió los ojos.
—Eso me preocupa.
—Debería.
La voz llegó desde un corredor lateral.
—¿Ya empezó?
Kael giró. Y entonces vio a Dámetor. Cabellos negros ondulados hasta rozar los hombros. Piel clara, casi de porcelana. Ojos violetas intensos. Ropa negra con detalles azules y dorados. Dieciocho años aparentes y una expresión de curiosidad tan evidente como la de Kael. Durante un segundo ambos se observaron. Ares dejó de sonreír. Apolo también.
Fue exactamente el tipo de silencio que dos dioses posesivos podían interpretar de la peor manera posible. Dámetor levantó una ceja. Kael hizo lo mismo.
—Violetas —dijo Dámetor.
Kael señaló sus ojos.
—También.
—Interesante.
—Muchísimo.
Silencio. Dámetor abrió mucho los ojos.
—Tú también.
Kael sonrió.
—¿Muchísimo?
—Sí.
—Excelente.
Ares cerró los ojos. Apolo también.
—No —dijeron ambos al mismo tiempo.
Kael y Dámetor giraron hacia ellos.
—¿Qué? —preguntaron también juntos.
Los dos dioses se miraron. Ares señaló.
—Eso.
Apolo asintió.
—Exactamente eso.
Dámetor sonrió.
—¿Qué cosa?
—Ya están sincronizados —murmuró Ares.
Kael abrió mucho los ojos.
—Llevamos veinte segundos.
—Demasiados.
Apolo cruzó los brazos.
—Estoy de acuerdo.
Dámetor miró a Kael.
—¿Siempre es así?
—Peor.
—Muchísimo —respondió Dámetor.
Kael comenzó a reír. Ares soltó un suspiro.
—Estamos perdidos.
Apolo asintió.
—Completamente.
Dámetor se acercó. Kael no retrocedió. No había tensión. Solo curiosidad.
—Quería conocerte —dijo Dámetor.
—Yo también.
Ares hizo una mueca detrás. Kael giró.
—No.
—No hice nada.
—Tu cara.
Dámetor miró a Apolo.
—Él hace lo mismo.
Apolo abrió mucho los ojos.
—¿Qué?
—Esa cara.
Ares miró hacia él.
—Entonces lo entiendes.
Los dos dioses quedaron en silencio..Era el primer indicio de una alianza extraña. Kael lo vio. Dámetor también.
—Eso sí es preocupante —murmuró Kael.
—Muchísimo.
Entraron en la sala principal. Apolo había mandado preparar comida y vino. Kael miró la mesa. Después a Ares.