El Último Poder Del Olimpo

Dos destructores y dos dioses celosos

El problema no fue que Kael y Dámetor se hicieran amigos. El problema fue la velocidad. Para Ares, aquello resultaba sospechoso. Para Apolo, directamente ofensivo. Habían pasado apenas dos días desde el primer encuentro y ya existían bromas privadas, teorías compartidas, experimentos que ninguno de los dos consideraba peligrosos y una sorprendente capacidad para ignorar simultáneamente a sus respectivos dioses. Eso último era, según Ares y Apolo, lo más grave.

—No los estamos vigilando —dijo Ares.

—Naturalmente que no —respondió Apolo.

Ambos estaban apoyados contra la misma columna de la galería exterior del castillo solar. A unos cuarenta metros, en el patio de entrenamiento, Kael y Dámetor discutían frente a una hilera de maniquíes de piedra.

—Solo estamos aquí —añadió Apolo.

—Exactamente.

Silencio. Ares entrecerró los ojos.

—¿Qué está haciendo Dámetor?

Apolo se inclinó un poco.

—No sé.

—Está levantando veinte discos.

—Dieciocho.

Ares lo miró.

—Contaste.

Apolo se congeló.

—Percepción visual.

—Dieciocho.

—No significa...

Kael levantó una mano. Aparecieron dieciocho portales. Ares cerró los ojos.

—Naturalmente.

Dámetor lanzó los discos. Entraron por las aberturas oscuras, desaparecieron y salieron desde ángulos diferentes alrededor de los maniquíes. Uno por arriba. Otro detrás. Tres lateralmente. Cinco casi a ras del suelo.

Dámetor modificó las trayectorias mediante telequinesis. Los dieciocho impactaron simultáneamente. Silencio. Después Kael y Dámetor chocaron las palmas. Ares frunció el ceño. Apolo también.

—Eso fue demasiado entusiasta —murmuró Ares.

—Muchísimo.

Ares giró lentamente hacia él. Apolo abrió mucho los ojos.

—No.

—Lo dijiste.

—Accidental.

—Ya estás perdido.

Apolo hizo una mueca.

—Tú también.

Los dos volvieron a mirar. Kael se estaba riendo. Dámetor también. Ares apretó la mandíbula.

—No estoy celoso.

Apolo respondió sin mirarlo:

—Yo tampoco.

Silencio.

—Absolutamente nada.

—Exacto.

Otro silencio.

—¿Por qué Dámetor tiene la mano sobre el hombro de Kael?

Apolo giró de golpe. Ares sonrió.

—Ah.

—Solo está hablando.

—Naturalmente.

—Cállate.

—Nos están mirando —murmuró Kael.

Dámetor no giró.

—Desde que empezamos.

—Patéticos.

—Muchísimo.

Kael sonrió.

—Tengo una idea.

Dámetor lo miró.

—Eso suena peligroso.

—Gracias.

—No era elogio.

—Lo acepto.

Kael abrió un pequeño portal a la altura de sus ojos. No grande. Apenas del tamaño de una moneda. Lo orientó hacia la galería. Dámetor se acercó. A través de aquella abertura diminuta podían ver perfectamente a los dos dioses fingiendo no observarlos. Ares tenía los brazos cruzados. Apolo también. Kael levantó una ceja.

—Hasta copian postura.

Dámetor intentó contener la risa.

—Míralos.

—Parecen padres esperando fuera de una escuela.

—No digas eso.

Kael se tapó la boca. Demasiado tarde. Ambos comenzaron a reír. En la distancia, Ares levantó la cabeza. Apolo también. Kael cerró el portal.

—Nos vieron.

Dámetor sonrió.

—Perfecto.

Apolo aguantó exactamente treinta y siete segundos. Después caminó hacia ellos. Ares lo siguió.

—No estamos yendo por celos —dijo Apolo mientras avanzaba.

—Naturalmente.

—Solo debemos supervisar.

Ares levantó una ceja.

—Son destructores.

—Precisamente.

—Dámetor tiene trescientos cincuenta años.

Apolo hizo una mueca.

—Eso no evita que haga estupideces.

Ares miró hacia Kael.

—El mío tiene dieciséis.

Silencio. Apolo sonrió.

—El mío.

Ares se detuvo.

—No.

—Lo dijiste.

—Geográficamente.

El dios del sol abrió mucho los ojos.

—¿Geográficamente?

Ares cerró los ojos.

—Maldita sea.

Apolo empezó a reír.

—¡Eso es de Kael!

—No quiero hablar.

Cuando llegaron al centro del patio, Kael ni siquiera fingió sorpresa.

—Hola.

Ares lo miró.

—Hola.

Dámetor levantó una ceja hacia Apolo.

—¿Necesitas algo?

—No.

—Entonces.

El dios del sol hizo una mueca.

—Solo quería ver.

Kael miró a Ares.

—Y tú.

—Acompañamiento diplomático.

Silencio. Dámetor giró lentamente hacia Kael. Kael lo miró. Los dos comenzaron a reír.

—¿Qué? —preguntó Ares.

—Nada —respondió Kael.

Apolo cruzó los brazos.

—Se están burlando.

—No.

—Sí.

Dámetor levantó una ceja.

—¿Tu cara?

Kael añadió:

—Muchísimo.

Los dos dioses cerraron los ojos simultáneamente..Kael caminó hasta una mesa donde había varias esferas metálicas.

—Ya que están aquí, pueden servir.

Ares abrió los ojos.

—¿Servir?

Apolo hizo una mueca.

—Eso nunca termina bien.

Dámetor hizo levitar cuatro esferas.

—Necesitamos objetivos móviles.

Silencio. Ares miró hacia Apolo. Apolo miró hacia Ares.

—No —dijeron ambos.

Kael levantó una ceja.

—¿Por qué?

—Porque sé exactamente lo que estás pensando —respondió Ares.

—Eso sería lectura mental.

—No necesito. Tu cara.

Kael sonrió.

—Aprendes.

Dámetor señaló a Apolo.

—Tú también.

El dios del sol abrió mucho los ojos.

—Ni lo sueñes.

—Solo tienes que moverte.

—Mientras me lanzas cosas.

—No te golpearé.

Apolo levantó una ceja.

—¿Seguro?

Dámetor pensó.

—Intentaré.

—NO.

Kael empezó a reír. Finalmente utilizaron maniquíes móviles. Ares y Apolo insistieron. Kael los acusó de cobardía. Apolo le recordó que una vez Dámetor había devuelto una flecha divina. Dámetor respondió que aquello había sido perfectamente controlado. Apolo señaló una columna reparada tres veces.




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