El Último Poder Del Olimpo

La libertad no es distancia

Kael había pasado buena parte de su vida creyendo que la libertad podía medirse. En metros. En kilómetros. En mundos. En la cantidad de puertas que quedaban abiertas detrás de él. En el número de portales que podía crear antes de que alguien alcanzara a tocarlo.

En la certeza de saber que ninguna pared era suficientemente gruesa, ninguna barrera suficientemente poderosa y ningún dios suficientemente rápido como para impedirle marcharse. Durante años, aquella idea lo había mantenido vivo. Por eso tardó tanto en comprender que también podía convertirse en una prisión. La revelación llegó una mañana completamente ordinaria.

Y, como casi todas las revelaciones importantes en su relación con Ares, empezó con una discusión absurda.

—Voy al castillo de Apolo.

Ares levantó los ojos del mapa que estaba revisando. Kael se encontraba de pie frente a una de las ventanas del salón privado, vestido de negro y rojo, con las manos en los bolsillos y el cabello rubio todavía ligeramente desordenado.

—¿Otra vez?

Silencio. Kael giró lentamente. Ares cerró los ojos.

—Eso sonó mal.

—Muchísimo.

—Retiro.

—Tarde.

El dios dejó el mapa.

—¿Vas a ver a Dámetor?

—Sí.

Ares respiró. Kael esperó. El dios estaba aprendiendo. Aquello significaba que existía un intervalo cada vez más largo entre lo que pensaba y lo que decía. A veces eran cinco segundos. En situaciones extremas, diez.

—¿Regresas para cenar?

Kael levantó una ceja. Eso sí era diferente.

No ¿a qué hora vuelves?

No ¿cuánto estarás fuera?

No ¿por qué tienes que ir otra vez?

Solo una pregunta.

—Probablemente.

Ares asintió.

—Bien.

Kael permaneció inmóvil. El dios volvió al mapa. Nada más..Kael lo miró. Esperó. Ares levantó los ojos.

—¿Qué?

—Nada.

—Tu cara.

Kael hizo una mueca.

—No tengo cara.

—Eso sería preocupante.

—Sabes qué quiero decir.

Ares sonrió.

—No voy a prohibirte ir.

—Lo sé.

—Entonces.

Kael no respondió. Ares volvió al mapa. El muchacho levantó una mano. Un portal apareció. Podía atravesarlo. No lo hizo.

—Ares.

El dios volvió a levantar los ojos.

—¿Qué?

—¿Quieres venir?

Silencio. Esta vez fue Ares quien quedó completamente quieto.

—¿Qué?

Kael hizo una mueca.

—No me obligues a repetir porque puedo arrepentirme.

—¿Me estás invitando?

—Eso parece.

Ares miró el portal. Después a Kael.

—Pero vas a ver a Dámetor.

—Sí.

—Y ayer dijiste que necesitabas espacios donde pudieras estar sin mí.

—Sí.

El dios frunció el ceño.

—Entonces no entiendo.

Kael cerró el portal. Aquello llamó todavía más la atención de Ares.

—Yo tampoco.

Kael caminó hacia una silla. Se sentó. Ares dejó definitivamente el mapa.

—Habla.

—No me ordenes.

—Invitación.

Kael levantó una ceja.

—Mejor.

El joven apoyó los codos sobre las rodillas.

—Estuve pensando.

Ares abrió mucho los ojos.

—Peligroso.

Kael lo fulminó.

—¿Quieres morir?

—Continúa.

—Dámetor dijo algo.

—Naturalmente.

—No empieces.

—Celos residuales.

Kael soltó una risa.

—Al menos lo admites.

—Estoy creciendo.

—Lentamente.

Ares hizo una mueca. Kael volvió a ponerse serio.

—Dijo que durante mucho tiempo pensó que si hacía algo que Apolo quería significaba que Apolo había ganado.

Ares escuchó.

—Y después comprendió que hacer siempre lo contrario también significaba seguir organizando su vida alrededor de Apolo.

Silencio. El dios frunció ligeramente el ceño. Kael continuó:

—Creo que yo hago eso.

—¿Qué cosa?

—Me voy.

Ares quedó inmóvil..Kael levantó una mano inmediatamente.

—No conviertas.

—No.

—Tu cara.

—Solo escucho.

El joven respiró.

—Me voy incluso cuando no quiero.

Aquella frase sí cambió algo. Ares no habló.

—A veces quiero estar aquí —continuó Kael— pero pienso que llevo demasiado tiempo en el castillo. Entonces salgo. O abro un portal. O regreso al orfanato.

Ares bajó lentamente la mirada.

—Porque crees que si te quedas...

—Estoy cediendo.

Silencio. Kael apretó las manos.

—Y odio eso.

—¿Quedarte?

—No. No saber por qué me quedo.

Ares se levantó..Kael se tensó apenas. El dios lo vio. Se detuvo.

—¿Puedo sentarme ahí?

Señaló una silla cercana. Kael asintió. Ares se sentó..No demasiado cerca.

—¿Crees que yo quiero que te quedes siempre?

Kael levantó una ceja.

—¿Quieres respuesta diplomática?

Ares sonrió.

—No.

—Sí.

—Correcto.

Kael soltó una pequeña risa.

—Al menos.

—Quiero que estés aquí muchísimo más de lo que probablemente sea razonable.

—Eso sí te creo.

—Quiero saber dónde estás.

Kael hizo una mueca.

—Ares.

—Estoy siendo honesto.

El joven guardó silencio.

—Quiero despertarme y saber que sigues aquí. Quiero que cenes conmigo. Quiero que duermas en este castillo. Quiero que cuando abras un portal sea para regresar.

Kael tragó saliva. Demasiado. Ares lo vio.

—Pero. No quiero que hagas ninguna de esas cosas para demostrarme algo — Kael levantó los ojos —Ni porque tengas miedo de que me enfade. Ni porque creas que te amo más cuando estás cerca.

Silencio.

—¿Y si te digo que sí me gusta más cuando estás cerca?

Ares sonrió.

—Eso es distinto.

Kael hizo una mueca.

—Complicado.

—Muchísimo.

El joven se levantó. Caminó hasta la ventana. El bosque se extendía abajo. No había barreras..Ares había retirado todas las que podían impedirle salir..Kael sabía dónde terminaban los territorios del castillo..Sabía exactamente qué caminos podía recorrer. Sabía que podía abrir un portal desde cualquier habitación. Sabía que Ares no podía detenerlo.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.