El Último Poder Del Olimpo

La noche en que Ares dijo la verdad

Ares tardó siglos en aprender que algunas verdades no se parecían en nada a una confesión heroica. No llegaban acompañadas de música, juramentos o ceremonias. No aparecían en el momento perfecto ni se pronunciaban con dignidad.

A veces llegaban de noche, cuando el castillo estaba en silencio, el vino ya no servía para ocultar nada y la persona frente a uno hacía exactamente la pregunta que llevaba siglos evitando. Aquella noche, Kael no abrió ningún portal. Eso fue lo primero que Ares notó.

Estaban en una de las terrazas más altas del castillo. El cielo era negro, limpio y atravesado por estrellas. Una luna pálida iluminaba las montañas y el bosque que se extendía bajo ellos. Kael estaba sentado sobre la baranda de piedra, con una pierna doblada y la otra colgando hacia el vacío. Ares lo miró.

—Bájate de ahí.

Kael levantó una ceja.

—No.

—Podrías caer.

—Puedo abrir un portal.

—Eso no cambia que...

El joven sonrió.

—Ares.

El dios cerró los ojos.

—Bien.

—Progreso.

—No abuses.

Kael soltó una pequeña risa y volvió la mirada hacia las montañas. Las cintas estaban allí. Roja sobre sus manos. Violeta sobre las de Ares. No muy brillantes. Tranquilas. Habían pasado varias semanas desde que aparecieron por primera vez y ya ninguno se asustaba al verlas. Ares todavía las estudiaba en secreto como si pudieran darle alguna respuesta que no encontraba en los libros. Kael, en cambio, parecía haber decidido que funcionaban mejor cuanto menos intentaban comprenderlas.

Habían cenado juntos. Discutido sobre una frontera dimensional. Reído porque Ares había intentado utilizar un portal y había aparecido medio metro más alto de lo planeado. Nada especial. Y, sin embargo, Kael llevaba toda la noche observándolo. Ares lo sabía.

—¿Qué?

Kael giró la cabeza.

—Nada.

—Mentirosa.

El joven sonrió.

—Sigue sin corresponder.

—Aprendo.

Silencio. Después Kael dijo:

—Hoy dijiste su nombre sin que desaparecieran las cintas.

Ares dejó de sonreír. Afrodita. No necesitó preguntarlo. Miró su brazo. El violeta seguía allí.

—Sí.

—Antes se apagaban.

—Lo recuerdo.

—Ahora no.

Ares miró hacia el cielo.

—Quizá estamos mejorando.

Kael levantó una ceja.

—Eso sonó peligrosamente optimista.

—No te acostumbres.

Silencio. El viento movió los cabellos rubios de Kael y levantó los mechones rojos alrededor de su rostro. Ares lo observó demasiado tiempo. El joven lo vio.

—Tu cara.

—No.

—Sí.

—Solo estaba mirando.

—Eso es exactamente lo que significa mirar.

Ares soltó una risa. Kael sonrió. Después volvió a ponerse serio.

—Quiero preguntarte algo.

El dios hizo una mueca.

—Nunca me gusta cuando empiezas así.

—Puedes decir que no.

Ares se quedó quieto. Kael raramente anunciaba una salida antes de preguntar. Eso significaba que era importante.

—Pregunta.

El joven bajó de la baranda. Se sentó en una silla cercana. No demasiado lejos.

—¿Qué pasó realmente con Afrodita?

Ares no respondió. Las cintas no desaparecieron. Pero el violeta se volvió más tenue. Kael lo notó.

—Puedes decir que no.

Ares miró sus manos.

—No.

Silencio. El joven asintió.

—Bien.

Se levantó..Ares levantó la mirada.

—¿Qué haces?

—Dijiste no.

—Sí.

—Entonces no voy a insistir.

Kael caminó hacia la puerta. Algo dentro de Ares reaccionó. No miedo a que se fuera. Otra cosa. La oportunidad. Si lo dejaba marcharse, la verdad seguiría donde había estado durante siglos: escondida, pudriéndose debajo de todo.

—Espera.

Kael se detuvo. Giró. Ares cerró los ojos.

—No dije que no quisiera contarlo.

El joven regresó lentamente.

—Entonces.

El dios respiró.

—Dije no porque no sé cómo.

Kael se sentó otra vez.

—Empieza mal.

Ares abrió un ojo.

—Qué útil.

—Es un método.

El dios soltó una risa breve. Eso ayudó. Un poco. Ares tomó una copa. La sostuvo. No bebió.

—Yo amé a Afrodita mucho antes de convertirme en alguien capaz de decirlo sin sentir que estaba entregando un arma.

Kael escuchó. No interrumpió.

—Ella era...

El dios hizo una pausa. Buscando palabras.

—Luz.

Kael no mostró celos.

Eso importó.

—Donde llegaba todo parecía más fácil. Los demás dioses la miraban y pensaban en belleza. Yo no. Yo pensaba en movimiento. En libertad. En algo que nunca se quedaba quieto.

El joven bajó los ojos. Entendía demasiado.

—Nosotros fuimos caos desde el principio —continuó Ares— Discutíamos, nos separábamos, volvíamos, jurábamos no repetir errores y los repetíamos de una forma distinta.

Una sonrisa amarga apareció.

—Muy saludable.

Kael levantó una ceja.

—Suena familiar.

Ares lo miró. Silencio. Kael levantó ambas manos.

—No dije nada.

El dios soltó una pequeña carcajada.

—Un poco.

Después el humor murió.

—Yo era peor entonces.

Kael frunció ligeramente el ceño. Ares continuó:

—Más posesivo.

—Difícil imaginar.

—Muchísimo más.

El joven abrió mucho los ojos. Ares hizo una mueca.

—Sí.

—Eso es aterrador.

—Lo era.

Silencio.

—No soportaba que otros dioses la miraran. No soportaba que se fuera sin decirme. No soportaba no saber dónde estaba. Y ella odiaba sentir que cada decisión suya tenía que pasar por mí.

Kael observó las cintas. Rojo. Violeta. Todavía allí.

—Entonces peleaban por lo mismo que nosotros.

Ares cerró los ojos.

—Sí.

Kael no dijo nada. El dios abrió.

—Eso fue lo que me asustó cuando apareciste.

—Lo sé.

—No. No completamente.

Ares dejó la copa.

—Cuando dijiste que podías irte y que eso era parte de quererte libre....Escuché su voz.

Kael sintió una punzada. No enojo. Algo más triste.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.