Durante unos segundos permaneció inmóvil, todavía atrapado entre sueño y vigilia. La luz gris de la mañana entraba por la ventana. Su chaqueta negra y roja estaba sobre una silla. Dos libros permanecían abiertos sobre una mesa. Las botas que se había quitado la noche anterior seguían junto a la cama. Todo parecía normal. Y precisamente por eso algo estaba mal.
Kael se incorporó. El instinto llegó antes que el pensamiento. Levantó una mano. Portal. Nada. El joven parpadeó..Volvió a intentarlo. Una pequeña chispa violeta apareció delante de sus dedos, formó durante una fracción de segundo el borde circular de una abertura y desapareció. Kael se quedó completamente quieto.
—No.
Intentó otra vez. Nada. El sueño desapareció de inmediato. Bajó de la cama.
—No.
Esta vez utilizó más poder. El espacio frente a él se deformó. No abrió. Algo lo estaba bloqueando. Kael sintió cómo el corazón empezaba a golpearle con demasiada fuerza. Miró hacia la puerta exterior. La que Ares había construido especialmente para él. La salida al bosque. Corrió. La abrió. O intentó hacerlo.
La puerta no se movió. Silencio. Kael agarró el picaporte. Otra vez. Nada.
—No.
Un estremecimiento frío recorrió su espalda. No era una cerradura física. Lo sintió en cuanto puso la palma contra la madera. Magia. Una barrera. Divina. Kael retrocedió.
—No.
La habitación pareció reducirse de tamaño. No había cambiado. Las paredes continuaban exactamente donde siempre. La ventana. La cama. Los libros. La puerta. Pero de repente ya no eran una habitación. Eran límites. Kael respiró demasiado rápido. No. No podía. No otra vez. Sus ojos descendieron inmediatamente hacia las muñecas. Vacías. Nada. Después al cuello.
Nada. Dedos. Nada. No había marca. Pero había una barrera. Eso bastaba. Golpeó mentalmente el espacio. La pared tembló.
—¡ARES!
Nada. El joven sintió terror. No enojo todavía. Eso llegaría después. Primero fue miedo. El miedo del niño que había aprendido a abrir portales porque las puertas se cerraban desde fuera. El miedo del adolescente que había pasado años estudiando qué hacían los dioses con los destructores.
El miedo que nunca terminaba de desaparecer por mucho que Ares desmontara barreras, construyera salidas o prometiera que jamás utilizaría el sueño como oportunidad para marcarlo. Kael atacó la barrera. Una grieta violeta apareció sobre el aire. Desapareció.
—¡ARES!
Esta vez la voz recorrió todo el corredor. Y unos segundos después se escucharon pasos. Kael dejó de respirar. La puerta interior se abrió. Ares apareció. Sin armadura. Vestido de negro. Cabello rojo ligeramente desordenado. Expresión seria. Kael lo miró. El dios miró el espacio deformado delante de él. Después la puerta exterior. Después al joven. Silencio.
—Quítala.
Ares respiró.
—Kael.
—Quítala.
—Escúchame primero.
Aquello fue suficiente. El miedo se convirtió en furia.
—¿Fuiste tú?
Ares no respondió inmediatamente. Error. Kael retrocedió.
—Fuiste tú.
—Solo quería...
—¡FUISTE TÚ!
La pared detrás del dios se agrietó. Ares levantó las manos.
—No estás marcado.
Kael abrió mucho los ojos.
—¿CREES QUE ESO LO HACE MEJOR?
—No.
—¡CERRASTE MIS PORTALES!
—Temporalmente.
—¡CERRASTE LA PUERTA!
—Kael.
—¡ME ENCERRASTE!
El grito hizo vibrar las ventanas. Ares permaneció quieto. Y por primera vez comprendió que aquello era mucho peor de lo que había imaginado. La idea había nacido durante la noche. Ares había despertado después de soñar con Afrodita. Otra vez. La puerta. La espalda alejándose. La certeza de que no regresaría. Después había sentido el vínculo. Violeta. Kael dormía a unas habitaciones de distancia. Estaba allí.
Seguro. Cerca. Ares había permanecido sentado durante mucho tiempo. La verdad de la noche anterior seguía abierta dentro de él.
Te amo.
Había sido hermoso decirlo. También aterrador. Porque después de pronunciarlo, aquello que podía perder tenía nombre. Kael. Y la herida antigua hizo lo que siempre hacía. Buscó control. No completamente. Ares no había bajado a buscar el brazalete. No había tocado al muchacho. No había puesto ninguna joya sobre su cuerpo. Se había dicho que aquello demostraba cuánto había cambiado. Solo activaría una barrera unas horas.
Una. Para comprobar algo. Para saber cómo se sentiría despertar sabiendo que Kael seguía allí. Para descansar de la incertidumbre. No era una jaula. Eso se había dicho. Solo una mañana. No le haría daño. Después la quitaría. Kael quizá ni siquiera lo notaría. Aquella última parte debería haberle demostrado la gravedad de lo que estaba haciendo. No lo hizo. Hasta ahora. Hasta los ojos violetas abiertos de terror delante de él.
—Quítala —repitió Kael.
Ya no gritaba. Peor. La voz estaba baja. Ares tragó.
—Sí.
Levantó una mano. La barrera cayó inmediatamente. Kael lo sintió. El espacio se liberó. Un portal apareció detrás de él antes de que Ares pudiera decir nada más. Perfecto. Completo. Salida. Kael no lo atravesó todavía. Miró hacia la puerta exterior. La abrió. El bosque estaba allí. Libre. Después volvió hacia Ares. La furia empezó a reemplazar lentamente el miedo.
—¿Por qué?
El dios cerró los ojos.
—Me asusté.
Kael soltó una risa sin humor.
—No.
—Es verdad.
—No es suficiente.
—Lo sé.
—No.
El joven negó.
—No sabes.
Señaló la habitación.
—Todo esto. La puerta. Las barreras que quitaste. Cada vez que me dijiste que podía salir.