Por eso, cuando despertó y descubrió que Kael no había aparecido para desayunar, Ares apenas levantó la mirada hacia la puerta de la cocina. Una vez. Dos. Cinco.
La cocinera colocó frente a él una bandeja con pan recién hecho. Ares la observó.
—Demasiado.
La mujer levantó una ceja.
—¿El pan?
—Sí.
—Es la misma cantidad de siempre.
Ares miró la hogaza. Kael solía comer bastante más de lo que admitía.
—Entonces hoy sobra.
La cocinera entendió. No dijo nada. Eso fue misericordioso. Ares tomó una taza. Bebió. Miró otra vez la puerta. Nada.
—No estoy esperando.
La cocinera siguió ordenando platos.
—No dije nada, mi señor.
—Precisamente.
Ella decidió retirarse. Ares hizo una mueca. Kael se habría reído. Ese fue el primer problema. Habían pasado apenas dos días desde aquella mañana en que Ares había bloqueado los portales del muchacho. Dos días desde que Kael había despertado encerrado. Dos días desde aquella frase que todavía seguía clavada en algún lugar incómodo dentro del dios:
Si intentas encerrarme, me iré.
Kael había regresado después. Habían hablado. Había cenado allí. Las cintas seguían existiendo. Nada se había roto del todo. Pero tampoco había vuelto a ser igual. Ares lo sabía. Kael necesitaba comprobar puertas. Abría más portales. Dormía fuera algunas noches. Y el dios de la guerra había aceptado aquello sin discutir. Bueno.
Con cantidades heroicas de sufrimiento interno. Pero sin discutir. Por eso el primer día no hizo nada. No preguntó. No envió mensajeros. No buscó a Dámetor. No intentó utilizar el vínculo. No abrió ninguna barrera de rastreo. Nada. Ares estaba extraordinariamente orgulloso de sí mismo. Hasta que llegó la noche. La habitación de Kael estaba vacía. Ares no entró. Se quedó en el corredor.
La puerta interior permanecía ligeramente abierta. Desde allí podía verse la cama perfectamente ordenada, varios libros sobre una mesa, una chaqueta negra con detalles rojos colgada en una silla y una pequeña esfera de cristal violeta sobre el alféizar. Sus cosas seguían ahí. Eso debería haber sido tranquilizador. No lo fue. Afrodita también había dejado cosas. El pensamiento apareció tan rápido que Ares apretó los dientes.
—No.
Silencio.
—No es ella.
La frase ya se había convertido en una especie de ejercicio. Kael no es ella. Kael dijo que necesitaba libertad. No significa abandono. Kael se va. Kael vuelve. Ares apoyó una mano contra la pared.
—Va a volver.
No tenía garantía. Eso era precisamente el problema. Se obligó a alejarse. En realidad, Kael no tenía ninguna intención dramática. El primer día había regresado al orfanato. No porque estuviera huyendo de Ares. No exactamente. Había querido comprobar cómo se sentía estar allí después de pasar tanto tiempo en el castillo. La respuesta fue extraña. El edificio seguía igual.
Los mismos corredores gastados. Las mismas paredes húmedas. Las mismas ventanas pequeñas. La misma cocina donde todos hablaban demasiado alto porque había aprendido que en lugares pobres el ruido a veces llenaba lo que faltaba. Emil lo recibió con una expresión ofendida.
—Desapareciste.
Kael levantó una ceja.
—Estoy aquí.
—Eso no cambia que desapareciste.
—Técnicamente cambia bastante.
El niño le dio un golpe suave en el brazo.
—Idiota.
Kael sonrió.
—También te extrañé.
Emil abrió mucho los ojos. Kael se arrepintió inmediatamente.
—No hagas esa cara.
—¿Me extrañaste?
—Retiro.
—¡ME EXTRAÑASTE!
—Silencio.
Emil salió corriendo por el corredor.
—¡KAEL DIJO QUE ME EXTRAÑÓ!
—¡VOY A ABRIR UN PORTAL DEBAJO DE TI!
Una cuidadora gritó desde otra habitación:
—¡Nada de portales dentro del edificio!
Kael cerró los ojos.
—Perfecto.
Durmió allí esa noche. En su antigua cama. O intentó. El colchón seguía siendo demasiado delgado. La ventana dejaba pasar aire. El techo crujía. Nada había cambiado. Kael se acomodó de lado. Cerró los ojos. Cinco minutos. Nada. Diez. Nada. Pensó en la habitación del castillo. Más grande. Más cálida. La puerta exterior hacia el bosque. Los libros.
La manta oscura que Ares había comprado y después fingido no haber elegido personalmente porque, según él, «simplemente apareció en el inventario». Kael había sabido que mentía desde el primer segundo. Sonrió. Mal. No quería pensar en Ares. No porque estuviera enfadado. Bueno. Todavía un poco. Pero necesitaba saber algo.
¿Volvía porque realmente quería? ¿O porque había empezado a acostumbrarse demasiado?
La diferencia importaba. Se quedó mirando el techo. La cinta roja apareció débilmente sobre su mano. Kael hizo una mueca.
—No ayudes.
Nada.
Sintió algo. Leve. Inquietud. Ares. El joven cerró los ojos.
—Primer día.
No abriría portal. Todavía no. El segundo día fue peor para Ares. Mucho peor. Porque ya no podía fingir que Kael simplemente había dormido fuera. El desayuno llegó. No Kael. Mediodía. Nada. Tarde. Nada. Ares entrenó. Mal. Uno de sus soldados salió disparado varios metros después de recibir un golpe que debía ser suave. El hombre cayó sobre una colchoneta. Silencio..Ares bajó la espada.
—Eso fue demasiado.
El soldado, tumbado boca arriba, respondió:
—Un poco.
Ares cerró los ojos. Kael habría dicho muchísimo. Maldita sea.
—Terminamos.
Los hombres se dispersaron con una rapidez sospechosa. Ares permaneció solo. Podía preguntar a Dámetor. No. Eso sería buscar indirectamente. Podía consultar si Kael había estado en el castillo de Apolo. No. Podía simplemente ir al orfanato. Peor. Podía abrir tránsito divino hacia alguna de las dimensiones que conocía. No. El papel seguía guardado en su escritorio.