El Último Poder Del Olimpo

El regreso que no era perdón

Kael volvió al castillo al sexto día.No porque hubiera perdonado a Ares. Eso era exactamente lo que quería dejar claro. Había pasado cinco días lejos, había regresado, había cenado con él, había reído, incluso había dormido otra vez bajo aquel techo. Pero ninguna de esas cosas significaba que la herida hubiera desaparecido.

Ares parecía saberlo. Y quizá por eso, cuando Kael apareció mediante un portal en la biblioteca aquella mañana, el dios no sonrió demasiado. Solo levantó la mirada del libro que fingía leer.

—Hola.

Kael cerró el portal detrás.

—Hola.

Silencio.

Las cintas aparecieron débilmente. Rojo sobre Kael. Violeta sobre Ares. Ninguno las miró. Eso también era nuevo.

—¿Desayunaste? —preguntó Ares.

Kael levantó una ceja.

—Sí.

—Bien.

—En el orfanato.

El dios hizo una mueca mínima. No celos. No exactamente. Algo parecido a tristeza. Kael lo vio.

—No hagas esa cara.

—No estoy haciendo nada.

—Tu cara sigue siendo parte de ti.

Ares soltó una pequeña risa.

—Eso es profundamente injusto.

Kael sonrió apenas. Después miró alrededor. La biblioteca seguía igual. Sus libros continuaban donde los había dejado. Nada movido. Nada revisado. Nada cambiado. El muchacho sintió una pequeña relajación en los hombros. No suficiente. Pero algo. Ares cerró el libro.

—¿Quieres estar solo?

Kael lo miró. La pregunta llegó sin drama. Sin miedo.

—No.

—Bien.

—Quiero hablar.

Ares se tensó. Ahí estaba. Kael lo notó.

—No necesariamente para discutir.

El dios levantó una ceja.

—Eso no tranquiliza.

—Tampoco era objetivo.

Ares hizo una mueca.

—Adelante.

Kael caminó hasta uno de los sillones. Se sentó. Ares permaneció donde estaba. Distancia. Correcto.

—Quiero aclarar algo.

—Bien.

El joven respiró.

—Volví.

Ares sostuvo su mirada.

—Sí.

—Pero no te perdoné todavía.

Silencio. El dios no bajó la mirada. No se defendió.

—Lo sé.

Kael levantó una ceja.

—¿De verdad?

—Sí.

—Porque los últimos días actuaste bastante normal.

Ares soltó una risa seca.

—¿Qué querías? ¿Que caminara por el castillo vestido de luto?

Kael casi sonrió.

—Sería dramático incluso para ti.

—Muchísimo.

El humor apareció. Pequeño. Después desapareció. Kael continuó:

—No quiero que interpretes mi regreso como absolución.

Ares asintió lentamente.

—No lo hago.

—Ni el abrazo.

—No.

—Ni la pequeña espada.

El dios miró hacia la mesa donde todavía permanecía aquel regalo.

—Tampoco.

Kael sostuvo sus ojos.

—Ni que duerma aquí otra vez algún día.

—No.

—Ni que te diga que te quiero.

Ares hizo una mueca. La frase tocó demasiado.

—No. Nada de eso borra lo que hice.

Silencio. Kael asintió.

—Bien.

Ares respiró.

—Entonces ¿qué significa que hayas vuelto?

Kael se quedó quieto. Buena pregunta. Real.

—Que todavía quiero esto.

Ares levantó ligeramente la cabeza. Kael señaló el espacio entre ambos.

—No igual. No como antes. Pero todavía quiero ver si podemos arreglarlo.

El dios no dijo nada.

—Eso es todo.

Ares tragó.

—Es bastante.

Kael hizo una mueca.

—No conviertas.

—No.

—Tu cara.

—Estoy intentando no parecer demasiado feliz.

—Fracaso.

Ares soltó una pequeña risa. El joven miró hacia una ventana.

—Hay algo que necesito de ti.

El dios se puso serio.

—Dime.

—No quiero disculpas todos los días.

Ares levantó una ceja.

—Qué.

—No quiero que cada conversación termine con «lo siento». No quiero que me mires como si estuvieras esperando que te castigue.

Ares hizo una mueca.

—No estoy esperando castigo.

Kael levantó una ceja.

—Mentirosa.

—Sigue sin corresponder.

—Ares.

El dios soltó aire.

—Un poco.

—Mucho.

—Muchísimo.

Kael sonrió.

—Eso.

Ares apoyó los antebrazos sobre las rodillas.

—Entonces qué quieres.

—Conducta distinta.

Silencio.

—No culpa eterna. No promesas. No grandes gestos.

Ares levantó una ceja.

—¿Nada dramático?

—Especialmente nada dramático.

—Cruel.

Kael ignoró.

—Quiero ver que no vuelves a hacerlo. Una vez. Después otra — El dios escuchó —Quiero comprobar que cuando tengas miedo, hablas.

—Intento.

—Que si te entra el impulso de bloquear un portal, no lo haces.

—Sí.

—Que si me voy tres días, no conviertes el cuarto en guerra.

Ares hizo una mueca.

—Eso será más difícil.

Kael levantó una ceja.

—Precisamente.

—Pero puedo.

—No dije que puedas. Dije que quiero ver si lo haces.

Ares sonrió sin humor.

—Eso es peor.

—Muchísimo.

Las cintas aparecieron un poco más intensas. Rojo. Violeta. Kael las miró.

—No significa perdón.

Ares respondió:

—Lo sé.

—Bien.

Pasaron varios minutos en silencio. Después Ares preguntó:

—¿Qué significa perdón para ti?

Kael levantó una ceja.

—No sé.

—Eso no ayuda.

—No todo tiene definición.

—Tú defines todo.

—No.

Ares sonrió.

—Muchísimo.

El joven hizo una mueca.

—Creo que perdonar no significa olvidar.

—Bien.

—Ni confiar igual que antes.

—Sí.

—Ni decir que estuvo bien.

Ares bajó la mirada.

—Eso seguro.

Kael pensó.

—Creo que significa que algún día recordaré y no sentiré ganas de abrir diez portales.

El dios levantó una ceja.

—Solo nueve.

Kael soltó una carcajada.

—Idiota.

—Destructor insoportable.

El humor volvió. Y esta vez permaneció un poco más. Después Kael se puso serio.

—También significa que no voy a utilizar aquello cada vez que discutamos.




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