Se detuvo. Miró. Volvió a mirar. Donde antes había estado la cerradura, ahora solo quedaba la madera lisa. Kael frunció el ceño. Se acercó. Pasó los dedos por el lugar exacto. Nada. Ni mecanismo. Ni magia. Ni sello. Ni siquiera el pequeño hueco donde había encajado la llave. Simplemente había desaparecido. La primera emoción fue miedo. Breve. Automático. La segunda fue furia. Mucho más conocida.
—Ares.
No gritó. No necesitó. La cinta roja apareció inmediatamente sobre su muñeca. Unos segundos después se escucharon pasos en el corredor. Ares apareció junto al marco. Se detuvo antes de entrar.
—¿Sí?
Kael señaló la puerta.
—¿Qué hiciste?
El dios miró. Después volvió hacia él.
—Quité la cerradura.
—Lo veo.
—Entonces...
Kael levantó una ceja. Ares cerró los ojos.
—Mala respuesta.
—Muchísimo.
El humor no alcanzó a suavizarlo. Kael volvió a señalar la puerta.
—¿Por qué?
Ares respiró.
—Porque no quiero que vuelva a existir nada en esta habitación que pueda confundirse con una forma de encerrarte.
Silencio. Kael se quedó inmóvil. Aquello no era lo que esperaba.
—La cerradura estaba de mi lado.
—Sí.
—Yo podía usarla.
—Sí.
—Tú no.
—No.
Kael entrecerró los ojos.
—Entonces no podía encerrarme.
Ares asintió.
—Lo sé.
—¿Y aun así la quitaste?
—Sí.
El joven cruzó los brazos.
—Eso no tiene sentido.
Ares hizo una mueca.
—Lo tiene para mí.
—Ese suele ser el problema.
El dios casi sonrió. No del todo.
—Puedo explicarlo.
—Adelante.
Ares permaneció fuera de la habitación. No cruzó el umbral. Aquello también era deliberado. Kael lo vio.
—Después de lo que hice —dijo el dios— pensé mucho en esta puerta. Demasiado.
Kael levantó una ceja.
—Eso es preocupante.
—Muchísimo.
El joven hizo una mueca. Ares continuó:
—Cuando construimos esta habitación, querías una cerradura que yo no pudiera abrir.
—Sí.
—Porque necesitabas saber que podías cerrar algo frente a mí.
Kael no respondió.
—Y lo entendí. O creí entenderlo. Pero después de encerrarte con magia, esa cerradura empezó a parecerme otra cosa.
Kael frunció el ceño.
—Qué.
Ares miró la madera lisa.
—Una prueba de que nunca terminaste de sentirte seguro conmigo.
Silencio. Eso dolió más de lo que Kael esperaba.
—No es culpa de la cerradura.
—No.
—Ni mía.
—No dije.
—Sonó.
El dios respiró.
—Es culpa mía que hayas necesitado tenerla.
Kael levantó lentamente los ojos. Ares continuó:
—Y después pensé que quizá estaba convirtiendo esa cerradura en símbolo demasiado cómodo. Como si pudiera decirme a mí mismo: «Kael tiene una puerta propia, entonces todo está bien».
Silencio. El joven entendió. Exactamente lo que había dicho antes sobre las cintas. No convertir una señal en garantía. Ares bajó la mirada.
—No quiero que esta habitación dependa de una cerradura para ser tuya.
Kael se quedó quieto.
—Quiero que sea tuya porque yo no entro sin permiso. Incluso si podría.
Golpe. Kael miró la puerta. Madera. Nada. Abierta. No bloqueada. El miedo inicial comenzó a cambiar.
—¿Entonces puedo pedir que la vuelvan a poner?
Ares levantó los ojos inmediatamente.
—Sí.
Kael quedó inmóvil.
—Sin discutir.
El dios hizo una mueca.
—Internamente discutiré muchísimo.
Kael casi sonrió.
—Pero.
—La pondré.
—¿Hoy?
—Si quieres.
—¿Ahora?
Ares respiró.
—Sí.
Silencio. El joven observó su rostro. No estaba mintiendo. Eso importó.
—Entonces por qué la quitaste sin preguntarme.
Ares cerró los ojos.
—Ah.
Kael cruzó los brazos con más fuerza.
—Exactamente.
—Porque sigo siendo idiota.
—Respuesta correcta.
—Muchísimo.
Esta vez Kael sí sonrió un poco. Ares abrió los ojos.
—Tienes razón.
—Lo sé.
—Debería haber preguntado.
—Sí.
—Quise hacer algo que pensé que te ayudaría y otra vez decidí solo.
Kael levantó una ceja.
—Menos grave.
—Pero mismo patrón.
—Exactamente.
El dios miró la puerta.
—Entonces. ¿Quieres que vuelva la cerradura?
Kael no respondió inmediatamente. Eso fue lo interesante. Hace unas semanas la respuesta habría sido instantánea. Sí. Naturalmente. La cerradura era seguridad. Control propio. Una frontera. Ahora.....Miró el umbral. Después a Ares.
—No sé.
El dios se quedó quieto.
—Está bien.
Kael levantó una ceja.
—No preguntes cada cinco minutos.
—No iba.
—Tu cara.
—Estoy aprendiendo.
El joven caminó hasta la puerta exterior. La abrió. Bosque. Nada. Después levantó una mano. Portal. Su dimensión violeta. Funcionaba. Otro. Orfanato. Otro. Biblioteca humana. Otro. Una playa gris. Todos abiertos. Ares permaneció fuera. No preguntó destinos. Kael cerró los círculos. Después volvió hacia la puerta interior.
—Ven.
Ares levantó una ceja.
—¿Puedo entrar?
—Acabo de decir ven.
El dios dio un paso. Después otro. Kael lo observó. Curioso. Ares cruzó el umbral. Nada ocurrió. Ninguna tensión inmediata. Eso también era nuevo. Kael se sentó sobre la cama. Ares permaneció de pie.
—Siéntate.
—Silla.
—Naturalmente.
El dios obedeció. Kael hizo una mueca.
—Podrías sentarte en otro lugar alguna vez.