La camisa estaba sobre el respaldo de una silla de la cocina. Negra. Mangas largas. Dos pequeñas líneas rojas bordeando el cuello. Claramente de Kael. Ares dejó la taza. Miró la prenda. Después hacia la puerta. Otra vez la camisa. La cocinera entró llevando fruta. El dios levantó una mano.
—Espera.
La mujer se detuvo.
—¿Mi señor?
Ares señaló la silla.
—Eso.
Ella miró.
—Una camisa.
—Lo sé.
—Entonces...
—¿Desde cuándo está ahí?
La cocinera parpadeó.
—Desde anoche, supongo.
—¿Supone?
—No controlo la ropa de Kael.
Ares cerró los ojos.
—Naturalmente.
La mujer dejó la bandeja.
—¿Quiere que la lleve a su habitación?
El dios abrió los ojos demasiado rápido.
—No.
Silencio. La cocinera levantó una ceja. Ares hizo una mueca.
—Quiero decir, no hace falta.
—Bien.
—Puede venir a buscarla.
—Naturalmente.
La mujer dio dos pasos. Ares volvió a mirar la camisa.
—Aunque...
La cocinera se detuvo otra vez.
—¿Sí?
—Quizá debería quedar.
Silencio.
—¿En la cocina?
Ares frunció el ceño.
—No.
—Entonces.
—Nada.
La mujer lo observó durante varios segundos. Después hizo lo que todos los habitantes inteligentes del castillo habían aprendido a hacer cuando Ares empezaba a mantener conversaciones absurdas con objetos relacionados con Kael. Se marchó.
Kael había dejado cosas antes. Muchísimas. Libros. Botas. Una chaqueta. Papeles llenos de anotaciones dimensionales. Una piedra violeta que Ares guardaba como si fuera reliquia sagrada aunque jamás admitiría semejante cosa. Pero aquello era distinto. La camisa no parecía algo dejado deliberadamente para demostrar que podía regresar. No era un regalo. No era una elección solemne. No era símbolo.
Simplemente estaba ahí. Olvidada. Y precisamente por eso Ares no conseguía apartar los ojos. Kael había olvidado una camisa en su castillo. Eso significaba que, durante algún momento de la noche anterior, había dejado de calcular. No había contado objetos. No había comprobado si llevaba consigo todo antes de marcharse. No había pensado: esto pertenece aquí, esto conmigo, esto debe regresar al orfanato, esto puede quedarse.
Solo había vivido. Y algo suyo había quedado atrás. Ares sonrió. Mal. Demasiado. La camisa permaneció completamente indiferente.
—No significa nada.
Silencio.
—Absolutamente nada.
La puerta se abrió. Kael apareció mediante portal directamente junto a la mesa. Ares se congeló. El joven llevaba pantalones negros, una camiseta roja y el cabello rubio ligeramente húmedo. Cerró el portal detrás de sí, tomó una rebanada de pan y después miró al dios.
—Tu cara.
Ares apartó inmediatamente la vista.
—Nada.
Kael mordió.
—Mentirosa.
—Sigue sin corresponder.
El joven levantó una ceja. Después vio la camisa. Se quedó quieto. Ares observó cada cambio en su expresión. Reconocimiento. Sorpresa. Después una mueca.
—Ah.
El dios intentó parecer casual.
—¿Ah?
Kael señaló.
—Mi camisa.
—Sí.
—La estaba buscando.
Golpe. Ares sintió una decepción absurda. Naturalmente iba a llevársela. Era su ropa.
¿Por qué no?
Kael caminó hacia la silla. Ares observó. El joven tomó la camisa. La miró. La dobló una vez. Después la dejó nuevamente sobre el respaldo. Silencio. Ares levantó lentamente los ojos. Kael tomó otra rebanada.
—La dejo.
El dios dejó de respirar.
—¿Qué?
—La camisa.
—Lo sé.
—La dejo aquí.
Ares permaneció inmóvil. Kael lo miró.
—No hagas.
—No estoy.
—Tu cara.
—No puedo controlar esto.
El joven soltó una pequeña risa.
—Es una camisa.
—Lo sé.
—Una.
—Sí.
—No significa mudanza.
Ares hizo una mueca.
—No dije.
—Lo pensaste.
—No.
Kael levantó una ceja. Ares cerró los ojos.
—Un poco.
—Muchísimo.
El dios abrió los ojos.
—No abuses.
Kael sonrió. La camisa quedó. Y con ella comenzó un problema completamente nuevo. Ares empezó a notarla cada vez que entraba en la cocina. La primera mañana permanecía sobre la silla. La segunda también. Al tercer día, Kael la movió a su habitación. Ares lo supo porque la silla quedó vacía. Se detuvo frente a ella. Miró. Nada. Sintió una punzada. Ridículo. La camisa era de Kael. Podía llevarla donde quisiera. Después entró en la biblioteca y la encontró sobre uno de los sillones. El alivio fue tan inmediato que Ares se odió un poco. Kael apareció detrás mediante portal.
—No.
Ares giró.
—Qué.
—Estás mirando.
—La silla.
—La camisa.
—Está sobre la silla.
—Entonces.
El dios cruzó los brazos.
—¿La vas a dejar ahí?
Kael levantó una ceja.
—¿Te molesta?
Ares abrió mucho los ojos.
—No.
Demasiado rápido. El joven sonrió.
—Entonces sí.
—No me molesta.
—Tu cara dice que quieres que se quede.
Ares hizo una mueca.
—Es tu camisa.
—Excelente observación.
—Kael.
El muchacho empezó a reír.
—Sí.
Pausa.
—La voy a dejar.
Silencio. Ares respiró.
—Bien.
Kael levantó una ceja.
—Eso fue muy pequeño.
—Estoy intentando.
—Muchísimo.
La camisa empezó a viajar por el castillo. No mediante portal. Simplemente porque Kael la usaba. Una mañana apareció con ella puesta durante el desayuno. Ares la vio. Y cometió el error de sonreír. Kael dejó el pan.